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EL ADIÓS DE MIRÓ – 7miradas

 

A partir del 25 de octubre, Buenos Aires se dará el lujo de gozar la muestra del gran Miró “La experiencia de mirar” en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Son 59 obras -18 pinturas, 6 dibujos, 26 esculturas-, pertenecientes a la colección permanente del Museo Reina Sofía de Madrid.

La iniciativa se concreta después de que ambos museos firmasen, en 2016, un convenio de colaboración, La inversión argentina es de 700 mil euros, destinados a gastos de traslado de las obras, seguros y logística. Fueron solventados en parte por el Estado y otra por la Asociación Amigos del Museo.

Se exhibe la producción de sus últimos años, en los que creó sus obras más rupturistas, después de someterse a un proceso de definitiva introspección.  Durante las últimas dos décadas de su vida, Miró (Barcelona 1893 – Palma de Mallorca 1983) concretó un decisivo viraje en su técnica de trabajo, orientado a la simplificación máxima de las formas plásticas –en pintura y escultura-. Así alcanzó su mayor creación.

Las piezas que se verán expuestas datan de un período clave -1963 y 1983-, cuando el pintor expresó el aprendizaje de toda una vida, con un sentido de máxima libertad y dominio de los medios de expresión.

Miró concretó una renovación de su técnica que se materializó en la utilización de fondos y soportes, el enriquecimiento de los signos plásticos, y el abordaje de los grandes formatos.

“La década de 1960, con la que se inicia el recorrido cronológico de esta puesta, comienza cuando Miró, que había pasado un período de cierta inactividad pictórica, asiste a la revisión pública de su trayectoria, con motivo de la exposición monográfica de 1959 en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y la retrospectiva en París, a comienzos de 1962.  Ya a partir de 1956, cuando pudo reunir toda su obra en la casa- taller de Mallorca,  una obra guardada desde los años de la guerra).

Como resultado de esa visión, optó por un “un cambio esencial”.

El traslado al taller-vivienda que reúne, por primera vez en un mismo espacio, la totalidad de su obra  anterior, le permite revisar y redefinir. El resultado será romper la ruptura con la jerarquización de los signos artísticos.

Las pinturas y esculturas que pueden verse en Buenos Aires denotan entonces un lenguaje profundamente personal: el artista parte de un motivo casual o fortuito, que puede ser una mancha, una gota, una huella, un objeto encontrado o un elemento de la naturaleza, y recrea después la naturaleza y la figura humana.

Hay esculturas que unifican figura y cosmos y otras compuestas a partir de objetos tirados por la calle. Y figuras mitológicas en un impulso que aspira a representar también el despojamiento y el vacío.

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