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LA FUERZA Y LA IDEA

Por Jorge Alberto Iragui: En la Grecia Clásica los procedimientos para la indagación de la verdad reconocían dos modos: la consulta a los dioses y los ordenamientos judiciales. En Edipo Rey, por citar un caso emblemático, vemos estos dos modos de manera clara (la pregunta al oráculo y la sentencia de Creonte); sobre esto se ha servido Michel Foucault en sus clases del College de France para el superlativo análisis que nos brindó en su célebre cátedra de Historia de los Sistemas de Pensamiento. Allí Foucault desmenuzó las relaciones entre Gobierno y Verdad que inspiran estas líneas.

Claro está que las sociedades contemporáneas han perdido, desde hace tiempo, el primero de los modos citados. Ya no consultamos a los dioses para determinar un asesinato, una estafa o un hecho de corrupción. Sin embargo, hemos reemplazado a los dioses por pequeños oráculos, fundamentalmente del orden mediático. Si reescribiéramos la tragedia de Edipo, nuevos Tiresias nos asistirían hoy en la búsqueda de la verdad. Periodistas, deportistas, pseudo-artistas, y la insondable figura de moda, el “panelista”, nos relatan desde las pantallas su verdad, sin la pretensión de construcción de “la” verdad, casi podríamos decir sin ninguna pretensión.

Delfos

Cabe recordar, por otra parte, que en el inicio de la tradición filosófica occidental, la política era una tarea subordinada ontológicamente al pensamiento. Más aún, había que ocuparse de los asuntos públicos sólo para que no entorpezcan el buen transcurrir de aquello que era sí esencial al hombre: el pensar, la cuestión del ente en tanto ente. Varios siglos más tarde y luego de múltiples variantes en la relación entre el pensar y la política, Marx modifica de raíz esta cuestión cuando sostiene que la filosofía hasta ese momento sólo se había ocupado de comprender la realidad, cuando en verdad lo que debe proponerse es transformarla. La praxis es, para Marx, la realización del pensar filosófico.

Se impone entonces la pregunta: ¿en qué momento de la tradición nos encontramos? Desde la condena a Sócrates por introducir falsos dioses y corromper a los jóvenes, la filosofía ha vivido varios fracasos en sus intentos de influir en la vida política. Hegel dictaminó, quizás en un intento de saldar la cuestión, que la filosofía es la época expresada en conceptos, esto es, las cosas suceden y el pensar las explica. Todo rastro de influencia parece haber desaparecido aquí. Pongámoslo en términos simples: ¿El que sabe, sabe también lo que es bueno para los hombres?

De entre todas las aventuras sucedidas en la relación entre pensar y hacer, la posición de los intelectuales frente al nacionalsocialismo es el hecho paradigmático del siglo XX. Creo pertinente incorporar a la discusión un texto poco conocido del filósofo judío Emmanuel Lévinas. Poco tiempo después de la llegada de Hitler al poder, en 1934, Lévinas escribe un artículo que lleva por título “Algunas reflexiones sobre la filosofía del hitlerismo”. Allí sostiene que “la expansión de una fuerza presenta una estructura totalmente distinta a la de la propagación de una idea”.

Quien ejerce la fuerza nunca se separa de ella, su sentido está atado a la identificación con quien la ejerce, en cambio al propagar una idea, su autor la convierte en el acto en un patrimonio común, quien la adopta, se la apropia y se construye así una “comunidad de maestros”, para usar la expresión del propio Lévinas.

En resumen, los dioses han huido, los procedimientos judiciales se han degradado hasta su transformación en mero espectáculo y la filosofía se debate entre la inmunidad del pensar abstracto y la justificación artificiosa de lo existente. Queda todo por hacer.

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