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LIBRO EL BUEN GOBIERNO

Pierre Rosanvallon: La primera parte de este interesante libro se dio a conocer el primero de junio en 7 mitradas, número 264. Aquí van otras reflexiones sobre la relación gobernados-gobernantes.

“En la era del predominio del Poder Ejecutivo la clave de la democracia está en las condiciones del control que sobre él ejerza la sociedad. La gran apuesta pasa a ser entonces la relación gobernados-gobernantes. El objetivo no puede ser el de un imposible autogobierno (en tanto que el ideal del pueblo legislador tiene sentido), puesto que la noción de gobierno presupone una distinción funcional entre gobernados y gobernantes. Es, antes bien, el de mantener esa relación en su estricto carácter funcional, definiendo las condiciones de una acción gubernamental que permitan su apropiación por los ciudadanos y no hagan de ella una instancia de dominación, expresión de un poder oligárquico separado de la sociedad. El problema es que la única respuesta actualmente dada a ese imperativo se limita a la elección de la cabeza del Ejecutivo. De ese modo solo se instaura una democracia de autorización: no se otorga otra cosa que un permiso para gobernar. Ni más ni menos. Lo cual no puede ser suficiente: ¿no vemos acaso en el mundo presidentes elegidos que distan mucho de comportarse como demócratas?

Si podemos considerar que, con ciertas condiciones, la elección es capaz de determinar adecuadamente la relación entre representanres y representados, no sucede lo mismo con la relación entre gobernados y gobernantes. La cuestión es esencial. El principio de la designación de un representante consistió históricamente en expresar una identidad o transmitir un mandato, cosas que podían cumplirse idealmente a través de la elección.

Se consideraba que esta, en efecto, era capaz de establecer al representante en su calidad y su funcionalidad intrínsecas, con la noción de permanencia que ese término implica. En tanto que la elección de un gobernante no hace sino legitimar su posición institucional y no le confiere ninguna calidad.

  1. 1. El “rendimiento democrático” de esa elección es, en tal sentido, inferior al de un representante. De ahí, en este caso, la imperiosa necesidad de prolongar la democracia de autorización con una democracia de ejercicio, cuyo objeto es determinar las cualidades esperadas de los gobernantes y las reglas que organizan sus relaciones con los gobernados. En la instauración de esa democracia se juega ahora lo esencial. Su ausencia, en efecto, es lo que permite que la elección de la cabeza del Ejecutivo abra el camino a un régimen iliberal y en ciertos casos hasta dictatorial. Nuestro presente abunda en ejemplos de esta naturaleza, cuya primera ilustración fue el cesarismo francés decimonónico. Las patologías mortíferas y destructivas de la democracia fueron en el siglo xx, con los totalitarismos, patologías de la representación. Se trataba entonces de poderes que, al encarnar a la perfección a la sociedad, pretendían haber superado las aporías estructurantes del sistema representativo y su carácter inacabado. Esa adecuación justificaba su absolutismo. Esas antiguas patologías subsisten aún hoy,sin duda. Pero las nuevas patologías del siglo XXI han cambiado de naturaleza. Derivan ahora de la restricción de la democracia gubernativa al mero procedimiento de autorización. Si hay enfermedad del presidencialismo, la hay en el sentido de esta atrofia.

De manera vacilante y muy general, lo que hoy se busca en sectores de la sociedad civil y en el mundo militante con la proclamación de un imperativo como el de la transparencia, el llamado a la construcción de una democracia en red e incluso la referencia a la noción de gobierno abierto, para utilizar algunas palabras que están en boca de todos y en todas las plumas. El presente trabajo propone, para ordenar esas aspiraciones y reflexiones, distinguir las cualidades requeridas de los gobernantes y las reglas organizadoras de la relación entre ellos y los gobernados. Reunidas, unas y otras forman los principios de una democracia de ejercicio como buen gobierno.

Esta obra explorará sus elementos constituyentes bajo dos rúbricas. La aprehensión de los principios que deben regir las relaciones de los gobernantes con los gobernados en democracia, en primer lugar. Destacaremos tres de ellos: la legibilidad, la responsabilidad y la responsividad (término que, mal que bien, traduce la noción de responsivenessen inglés). Estos principios esbozan los contornos de una democracia de apropiación. Su plasmación permitiría a los ciudadanos ejercer más directamente funciones democráticas que desde hace mucho ha acaparado en forma exclusiva el poder parlamentario. Los principios mencionados también dan todo su sentido al hecho de que el poder no sea una cosa sino una relación y, por lo tanto, de que son las características de esta las que definen la diferencia entre una situación de dominación y la de una simple distinción funcional, dentro de la cual puede desarrollarse una forma de apropiación ciudadana del poder. La determinación de las cualidades personales requeridas para ser un “buen gobernante”, a continuación. Cualidades que no se discernirán para trazar un retrato robot idealizado, superposición de todos los talentos y todas las virtudes, sino para considerar de manera más operativa las que son necesarias para el establecimiento de un lazo de confianza entre gobernantes y gobernados, y fundar así una democracia de confianza, definida la confianza como una de las “instituciones invisibles” cuya vitalidad ha cobrado una importancia decisiva en la era de la personalización de las democracias. Examinaremos principalmente dos de esas instituciones: la integridad y el hablar veraz.

Construcción de una democracia de confianza y construcción de una democracia de apropiación son las dos claves del progreso democrático en la era presidencial gobernante. Sin embargo, estos principios de buen gobierno no deben aplicarse solamente al Poder Ejecutivo en sus diferentes instancias. También están destinados a regir el conjunto de las instituciones no electivas que tienen una función de regulación (las autoridades independientes), las diversas categorías de magistraturas y todo el mundo de la función pública. Se trata, en efecto, de personas e instituciones que de una manera u otra ejercen un mando sobre los otros y, de tal modo, participan en los órganos gubernativos.

DECLIVE Y REDEFINICIÓN DE LOS PARTIDOS

Los partidos políticos fueron las organizaciones que tuvieron el papel protagónico en el funcionamiento del modelo parlamentario representativo de la democracia. Con la instauración del sufragio universal (masculino en primer lugar), contribuyeron a dar forma y canal a la expresión de las opiniones. Fueron una instancia de organización del “número”, como se decía en el siglo XIX. Lo hicieron sobre todo mediante la regulación de la competencia electoral, con un trabajo de selección de las candidaturas. En paralelo estructuraron la vida parlamentaria al dar origen a grupos disciplinados que, directamente o a través de los juegos de alianzas, permitían alcanzar mayorías. Con el ejercicio de esas dos funciones los partidos marcaron una ruptura con el viejo mundo de las redes de notables que regían la vida política y parlamentaria en la primera era del sufragio censitario o del sufragio en dos niveles.

Simultáneamente, los partidos se convirtieron de manera gradual en organizaciones de masas. Más allá de su funcionalidad electoral parlamentaria, tuvieron de ese modo un papel de representación social. Expresaron clases e ideologías, es decir intereses y visiones de la sociedad y de su devenir. Con ellos el sistema parlamentario representativo respetó plenamente su definición. Es cierto, su dimensión burocrática y jerárquica suscitó muy pronto vivas críticas.

Así, en Francia, ya en 1848 y con las primeras elecciones por sufragio universal, se elevaron voces para denunciar sus primeras expresiones balbuceantes (se trataba de los comités electorales que habían elaborado listas de candidatos): Con el cambio de siglo, el proceso lo instruirán con mayor rigor, y también severidad, numerosas plumas, particularmente en dos obras fundacionales de las ciencias políticas, La democracia y los partidos políticos, de Moisei Ostrogorski (1902), consagrada a los Estados Unidos y Gran Bretaña, y Los partidos políticos, de Robert Michels (1911), consagrada al Partido Socialdemócrata alemán. Esos trabajos mostraron cómo renacían mecánicamente, con los partidos, formas de aristocracia en la democracia. El primero pondría el acento en la constitución de los partidos como “máquinas” tendientes a autonomizarse en manos de profesionales, mientras que el segundo analizaría la manera en que estos últimos daban origen a un nuevo tipo de oligarquía. De ahí la existencia de sentimientos muy ambivalentes a su respecto. Pero a pesar de esos lastres y de las formas de dominación de los ciudadanos por aparatos que podían ser su resultante, variables según las agrupaciones, es cierto, con la disciplina comunista como ejemplo extremo del fenómeno, los partidos, al mismo tiempo, dieron sin lugar a dudas una voz, un rostro y un acceso al foro público a poblaciones antes apartadas de la vida política.

Esos partidos vivieron la erosión y luego la desaparición, a partir de la década de 1990, de esta última función representativa. Por dos razones. La primera, y la más evidente, obedeció al hecho de que la sociedad misma se tornó más opaca y hasta ilegible en ciertos aspectos, y por ende menos fácil de representar que una sociedad de clases de contornos y características bien definidos. Entramos, en efecto, a una nueva era, la del individualismo de la singularidad, marcada por la complejización y la heterogeneización del mundo social, al mismo tiempo que por el hecho de que en lo sucesivo los individuos están tan determinados por su historia personal como por su condición social. En ese sentido, representar la sociedad implica ahora describir las nuevas condiciones sociales, en la era de un capitalismo de innovación que ha sucedido al anterior capitalismo de organización, y, a la vez, explicar socialmente situaciones, pruebas, temores y expectativas que condicionan la vida de los individuos. La invisibilidad social se debe hoya esos dos órdenes de realidad. Los antiguos partidos tenían una capacidad representativa que podría calificarse de identitaria, por el hecho mismo de su carácter masivo. Ya no la tienen. Pero asimismo porque la representación de la sociedad ha cambiado de naturaleza en el nuevo mundo social. Para restituir la verdad de este en su complejidad, aquelladebe ahora tener una dimensión “narrativa” que los partidos no son capaces de asumir.

Al mismo tiempo, estos se han alejado del mundo vivido y su lenguaje resuena en el vacío, saturado de categorías y expresiones abstractas que ya no evocan lo que la gente vive sensiblemente. Las raíces sociológicas, podríamos decir, de esta nueva era de la mala representación se aprehenden ahora mejor. Otro factor, menos advertido y más importante para el objetivo de este trabajo, también hizo un vigoroso aporte al declive de los partidos: el deslizamiento de estos hacia la función gubernativa.

No se conciben como interfaces, intermediarios entre la sociedad y las instituciones políticas. Ante todo porque los parlamentos mismos ya no son instancias representativas ni el motor de la iniciativa y la elaboración de las leyes: en lo esencial, esta última tarea es ahora patrimonio exclusivo del Ejecutivo. Pero sobre todo debido al hecho de que la función principal de los parlamentos, en su expresión mayoritaria, consiste hoy en sostener a los gobiernos o criticarlos a la espera de ocupar su lugar, en el caso de los grupos de oposición constituidos en su seno. En consecuencia, los partidos se han vuelto elementos auxiliares de la actividad del Poder Ejecutivo, son ellos los que libran el combate para tratar de garantizar una legitimación continua al poder o, al contrario, mostrar el carácter nefasto de su política a fin de preparar su derrota en las próximas elecciones. De hecho, representan más la razón de los gobiernos ante los ciudadanos que a estos frente a aquellos. Más allá de los efectos de desociologización y burocratización de las estructuras partidarias, es el deslizamiento hacia el Ejecutivo el que explica que los responsables políticos estén cada vez más alejados de la sociedad y profesionalizados, convertidos en puros hombres y mujeres del aparato. Su “realidad” pasa a ser la del interior del mundo político, la vida de las tendencias internas, los congresos, las batallas de aparato que rigen las relaciones de fuerza de las que saldrán los gobernantes.

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