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Línea Maginot, proeza inútil y falsa seguridad

REALPOLITIK I 17 de julio de 2016
Por SABINO MOSTACCIO

Acabada la primera guerra mundial, tras los acuerdos de paz de Versalles y mientras que los franceses digerían la enorme sangría que les había producido el conflicto con sus secuelas de muerte y destrucción (más de un millón de muertos y el 20 por ciento de su territorio arrasado por los combates, con enormes pérdidas económicas), la preocupación principal de sus gobernantes fue evitar una nueva agresión desde el este. Aparte de las duras condiciones impuestas a su vecina Alemania, para desmantelar su poderío bélico, surgió en el seno de la política francesa la preocupación por reforzar las fronteras. Es así como en los años 20 el ministro de Guerra Andre Maginot impulsó la construcción de un cinturón de fortificaciones alrededor de la frontera franco-germana, las cuales deberían ser lo suficientemente robustas para repeler cualquier futuro avance enemigo.

Se planeó y edificó una cadena de fuertes guarnecidos por miles de soldados, dotados de artillería pesada, con campos minados y trincheras a su alrededor, y alambradas guarnecidas por centenares de nidos de ametralladoras para barrer la infantería enemiga. Por último, se levantaron algunos aeródromos y se instaló artillería antiaérea y antitanque. La construcción de tal dispositivo terminó hacia 1935, en un momento crítico para Europa.

Mussolini celebraba diez años de poder casi absoluto en Italia, Stalin había consolidado su poder autocrático en la URSS y Adolf Hitler acababa de llegar al poder en Alemania hacía dos años, repudiiando el Tratado de Versalles y reiniciando el rearme alemán. Replicó en el valle del Rin la Línea Maginot, levantando su contracara teutona, la Línea Sigfrido. Otros países europeos empezaron a imitar esta política de fortificaciones, en especial Bélgica y Finlandia. Pero la guerra civil española demostró un nuevo tipo de guerra. Una guerra móvil, rápida y de maniobras con alta concentración de poder aéreo y de tanques, que experimentaban los nuevos estrategas nazis que apoyaban al bando nacional.

Pero no se darían por enterados los franceses, confiando en la superioridad de su línea de defensa, que se extendía desde la frontera con Bélgica hasta la frontera suiza.

El ataque alemán en 1940, con su guerra relámpago ya exitosamente experimentada en suelo español, apabulló a los franceses y probó la inutilidad de su Línea Maginot, ya que los alemanes la rodearon por el bosque de las Ardenas, tomando a los defensores franceses por sorpresa, y sus aliados italiano atacaron desde los Alpes, donde los franceses estaban casi desguarnecidos (aunque la falta de experiencia de los generales de Mussolini permitió a las tropas de frontera francesas repeler el ataque italiano inicial).

Ocupada Francia, gran parte de la línea se desmanteló pero otros fuertes fueron reutilizados por los alemanes en 1944 para tratar de frenar el avance aliado hacía el Rin y siendo un verdadero tormento estas fortificaciones para las tropas estadounidenses, hasta que el general George Patton pudo bordearlas. La Línea Sigfrido no corrió mejor suerte y los aliados la destrozaron para continuar su avance al Rin.

En el este no tuvieron mejor suerte las fortificaciones alemanas, que salvo en Silesia, actual Polonia, no pudieron frenar al ejército Rojo soviético en su ataque a Berlín. Tras la guerra, la mayoría de estas fortificaciones (como otras construidas en Italia por los alemanes), fueron desmanteladas, aunque muchos de sus restos se ven hoy en el pasaje europeo y como informales museos y testigos mudos de otras épocas de furor guerrero. (www.REALPOLITIK.com.ar

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