Inicio Opinión NOTA: TIEMPO NUEVO | 7miradas

NOTA: TIEMPO NUEVO | 7miradas

 

La Argentina vive un Tiempo Nuevo. Este fenómeno protagonizado por el PRO no solo definió una sociedad con una visión distinta en sus reclamos y rechazos. Esa actitud eslabonó en el sistema otra visión más ajustada a lo que la sociedad. El radicalismo –con cinco provincias a su cargo suma a este tiempo nuevo. Más aún su convivencia con sus socios políticos ha producido una transfusión de ambos socios. El peronismo sigue con su conflicto interno, al que se suma la disgregación de la dirigencia de las fuerzas de Sergio Massa. Y los sectores más radicalizados van a la deriva entre los tumultos y presiones locales y el manto pontificio.

En torno a esta situación se desatan una serie de reflexiones escritas por hombres y mujeres de pensamiento. Desde Juan Carlos Torre a Rodrigo Zarazagay por citar unos cuantos nombres valiosos, Eduardo Fidanza, Hugo Moyano Matías Dewey, Candelaria Garay, Lucas Ronconi, etc, etc.

¿El gobierno está al tanto de este movimiento cultural? Quién sabe. Al menos se trata de un movimiento distante de las manos del poder.

Aquí viene un resumen que con su pluma sabia publicó Eduardo Fidanza en sus columnas de “La Nación”:

“La Argentina que el calor agobia, profundiza el desconcierto político y repite antiguas limitaciones económicas. Como ocurrió tanta veces, al menos en las encuestas, no hay indicios de un empeoramiento en la situación material, ni de un impacto de la inflación mayor que el registrado en los últimos meses. Los motivos que explicarían el retroceso del oficialismo deben buscarse en el manejo de la crisis que provocaron las reformas. Sin embargo, el déficit político de Macri posee un límite, también político: la desastrosa situación del peronismo, que no es alternativa. “

…Si la coalición gobernante atraviesa dificultades, el peronismo enfrenta un desaguisado de proporciones aún inestimables. La tragedia no es electoral, sino política y sociológica. En 1983 y 1985, ya había perdido el gobierno nacional y la provincia de Buenos Aires, quedando desarticulado, sin liderazgo y aparentemente sin perspectivas.

Esas similitudes con el presente no deben opacar, sin embargo, las amargas novedades con que se enfrenta ahora. En primer lugar, debe analizarse el significado del kirchnerismo tardío, que lejos de declinar se encamina a convertirse en un actor político relevante. Pero hay otras razones menos evidentes, aunque quizá decisivas: la fractura social de la base de votantes, la deficiente respuesta intelectual al cambio de época, la deriva sindical, el desplome del mito de la eficacia para gobernar, y las cada vez menos aceptadas prácticas de corrupción. Entre otras creencias, al peronismo lo justificó el equívoco mito de “roban pero hacen”. Si se derrumba la fama de eficacia, la corrupción deja de ser una viveza tolerada para convertirse en un robo inadmisible.

Vicente Palermo politólogo y presidente del Club Político Argentino, reflexiona:

Tenemos, así, un interesante contraste: Alfonsín se dispuso a pagar un elevado precio (la renuncia de Mazzorín) para evitar costos mayores en un caso e hizo lo opuesto en el otro: se resistió a entregar la cabeza de Grinspun, por mucho que este estuviera fallando en su gestión, seguro de que si lo hacía abría la puerta a un serio deterioro del poder presidencial. En ambos casos estuvo presente el liderazgo apropiado.

Pero se trata siempre de una lectura incierta, de conjeturas, de intuición política, lo que está detrás de las decisiones correctas. Estas nunca son técnicas, ni mucho menos obvias. Las conclusiones que se pueden alcanzar en relación al caso reciente, el del ministro Triaca, las puede sacar el lector. Todo indica que el actual presidente aplicó el diagnóstico “vienen por mí”: si concedo pierdo autoridad presidencial. Ojalá haya estado en lo cierto.

El kirchnerismo crepuscular supone un enigma sin precedentes para los peronistas. Cabe aquí una hipótesis: si se lo analiza a la luz de “Las 20 verdades”, el peronism                         o tuvo tres grandes desviaciones en su historia, después del 55: el montonerismo, el neoliberalismo de Menem y la interpretación radicalizada de la democracia de Cristina Kirchner. Los Montoneros y Menem fueron abatidos por dos tragedias: la dictadura militar y la crisis de principio de siglo.

Eso permitió a Cafiero y luego a Duhalde, dignos representantes del “peronismo-peronista”, regresar a la ortodoxia y promover los cambios necesarios. Por así decirlo, el requisito de la renovación fue la destrucción de los descarriados. Esta vez, es distinto: la desviación de Cristina se está institucionalizando con un fuerte liderazgo personal, 3 millones y medio de votos, casi 10 senadores y más de 60 diputados. No hay en los manuales del peronismo histórico instrucciones para lidiar con este fenómeno novedoso.

Pero aquí no terminan los contratiempos del movimiento creado por Perón. Por una parte, existen pruebas de una escisión sociológica en su base electoral, como se analizó en esta columna hace dos semanas. Por otra, ocurre un hecho menos advertido: el justicialismo carece de respuesta intelectual a la revolución de las costumbres provocada por la tecnología y tampoco pudo sostener su reputación de administrador eficaz. A eso debe sumarse la crisis del sindicalismo, que se ha convertido en una organización dislocada e ingenua. Dislocada, porque se autonomizó del peronismo sin una clara estrategia. E ingenua, porque muchos sindicalistas creen que se pueden seguir cometiendo crímenes como en los oscuros pasillos de los conventos medievales de Umberto Eco, en épocas de transparencia financiera y persecución del lavado de dinero con sofisticadas herramientas informáticas.

Con estos claros signos de decadencia, el peronismo estaría en riesgo de desaparecer si no fuera porque su principal rival se encuentra a su vez en un laberinto. A Macri lo abruman los dilemas. La reelección no parece compatible con enderezar en poco tiempo la economía irracional que heredó. La disyuntiva es cuánto hay que ajustar para no perder y cuánto habrá que perder por no ajustar. El conflicto entre las políticas monetaria y fiscal expresa esta contradicción no resuelta, que acaso anide en la cabeza del Presidente. Los combates de diciembre le mostraron con dramatismo la asfixia del desfiladero, que el triunfo electoral no pudo ensanchar.

Más allá de que a unos les guste y a otros no, existe una certeza en la historia electoral argentina: el conglomerado social de menores recursos, llámeselo pueblo, clase trabajadora, pobres o sectores populares, ha sido fiel al peronismo, apoyando sus distintas expresiones a lo largo de muchas elecciones. Con su fidelidad, este sector convirtió al movimiento creado por Perón en el principal actor del sistema desde la segunda mitad del siglo XX. Esa hegemonía se encuentra ahora amenazada, luego de dos derrotas sucesivas y de la pérdida de la nación y la provincia de Buenos Aires. Pero el resultado no es una novedad: 2017 repite 1985. Ese año, el radicalismo vencía al PJ por segunda vez, luego de arrebatarle el país y la provincia dos años antes. Ahora, como entonces, se especula con el ocaso del peronismo, que perdió el Estado y carece de un liderazgo indiscutido. Se sabe que sorteó la debacle en los ochenta, lo que se desconoce es qué sucederá ahora, cuando tal vez esté recibiendo uno de los mayores desafíos de su historia.

La hipótesis es que ese desafío proviene de la estrategia de fondo de Cambiemos: arrebatarle el voto de la clase baja, quebrando con una propuesta innovadora la adhesión secular de los pobres al peronismo. Si esto fuera así, deberían repensarse ciertas lecturas, que se extienden desde el PO hasta el kirchnerismo tardío. Por cierto, Macri no les saca a los ricos para darles a los pobres, pero tampoco expropia a los pobres para dárselo a los ricos. El modo en que el Gobierno invertirá los fondos que se ahorrará con la discutida reforma jubilatoria, descoloca a más de un populista clásico. El destino de esa plata será el postergado Gran Buenos Aires, donde se halla la aglomeración más grande de pobres del país. En el relato opositor, Cristina se presenta como el justiciero Robin-Hood y caracteriza a Macri como Hood-Robin, su antítesis, sin darse cuenta de que enfrenta a una rara avis, que se parece más a Robin-Robin: le quita a ancianos pobres, que votan poco y no pueden protestar, para dárselo a otros pobres -activos, jóvenes y demandantes- entendiendo que estos, con su apoyo, contribuirán a construir una nueva hegemonía.

Razones sociológicas, antes que políticas, avalan esa estrategia. Rodrigo Zarazaga, reconocido experto en la pobreza del GBA, y Juan Carlos Torre, uno de los más avezados estudiosos del peronismo, las desplegaron con particular lucidez…, Zarazaga esboza esta hipótesis: existe una fractura en las bases populares que afecta al voto peronista. En rigor, la escisión sería doble, lo que pone al movimiento peronista ante un abismo: arriba, entre sus dirigentes, y abajo, entre sus votantes tradicionales. La fractura social dibuja dos mundos ajenos y acaso enfrentados: el de los que tienen ocupación formal y un mayor horizonte aspiracional, y los que dependen de trabajos precarios y planes de asistencia. Es la formulación sociológica del crudo comentario que las empleadas domésticas les hacían a sus empleadores durante el kirchnerismo: “En mi barrio, somos dos grupos: los que nos levantamos temprano para ir a trabajar y los que viven de los planes”. Zarazaga afirma que trabajadores formales, que constituyen el núcleo del peronismo, empiezan a ser receptivos “al discurso meritocrático y luminoso de Pro y cometen el «sacrilegio» de votar a Cambiemos”.

El análisis de Torre está en la misma línea, pero avanza a conclusiones políticas. Afirma que la rotura en la base social dio lugar a dos reivindicaciones de distinta naturaleza, que el peronismo no logra conciliar: la de los sindicatos, que ejercen la defensa tradicional del derecho de los trabajadores formales, y la de los movimientos piqueteros, que representan a los informales y sus demandas desesperadas: planes sociales, bolsas de comida y empleos subsidiados. Torre arriesga que al peronismo le estaría llegando tardíamente el efecto que en 2001 se llevó puesto al polo no peronista. En ese trance, duda de que tenga capacidad política para suturar la fractura sociológica de su base, cuando Cambiemos ya sacó un tranco de ventaja.

Tal vez sea prematuro dar por destronado al peronismo, que se recuperó de tantas crisis. Capturar parte de su base electoral ya lo habían conseguido Alfonsín y De la Rúa. El problema es que fueron conquistas efímeras. Macri esgrime otras herramientas: un cambio cultural que su pequeño partido supo captar y aprovechar, lo cual es cierto e innovador. Y la aspiración a una economía racional y estable con política de ingresos, lo que es clásico, incierto y quizá contradictorio. En la Argentina, un país volátil e hiperbólico en pobreza y expectativas, la macroeconomía se lleva mal con la distribución. Hasta ahora esa incongruencia provocó periódicamente crisis severas, que condicionaron los cambios.

En ese contexto habrá que seguir analizando la estrategia de Cambiemos. 2018. Son nuevos indicios.

Link de la Fuente

Cargar Más Artículos Relacionados
Cargar más en Opinión
Los comentarios están cerrados.

Mira además

Cambiemos propone juzgar a los sindicalistas con la misma vara que a los funcionarios – Télam

Al día siguiente de la masiva protesta del camionero Hugo Moyano, legisladores del oficial…