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Alberto 11 años después

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Por: Carlos Fara. Una situación de alta tensión bien manejada, no evita costos pero los amortigua. Una situación de positiva mal manejada se pierde de maximizar sus beneficios. Una situación de complejidad superlativa mal manejada puede terminar en desastre, aunque no automáticamente. Siempre se disparan reacciones frente al espanto que aminoran las tragedias. En el medio de la locura no se ven, pero existen.

Alberto llegó para administrar dos tensiones: la económica –dada la situación que recibió- y la política –dada la matriz variopinta del Frente de Todos y la novedosa alquimia electoral de Cristina. De movida, no iba a ser un gobierno fácil con un clima internacional no favorable por primera vez para un gobierno peronista desde 1983. De modo que se requería un expertise único para mantener el equilibrio adecuado.

Pero al doble frente se sumó la pandemia y el nivel de tensión se puso al rojo vivo. Si en el origen se requería cirugía experta, con COVID-19 directamente había que recurrir a toda la batería imaginable de herramientas administrativas, políticas y comunicacionales. Cualquier ser humano que viva en la Argentina sabe dos cosas: 1) el Estado funciona mal (pero por lo menos existe), y 2) la cultura organizacional colectiva es baja. Nos cuesta organizarnos y consensuar, en cualquier ámbito y circunstancia. Por eso, por ejemplo, que haya habido un vacunatorio VIP indigna pero no llama mucho la atención: “La Argentina no es un país muy serio, seguro que iba a pasar” nos dicen en algunos grupos focales.

El gobierno de Alberto no funciona bien colectivamente, más allá de lo acertado o no de sus medidas y de la auditoría que hace Cristina. Hasta los buenos funcionarios se las ven en figurillas para lucirse. Esto sorprende a muchos observadores porque suponían que si de algo sabía el presidente era de la administración del Estado. No significa que haya dejado de saberlo, obvio. El punto es que el tiempo pasa cada vez más velozmente y eso requiere una capacidad de adaptación mayúscula que no es poco habitual entre el común de los mortales.

Por experiencia personal sé que cuando un dirigente sale de la función ejecutiva por un largo plazo, cuando regresa no siempre logra sintonizar con el ritmo infernal de la política contemporánea. Mucho más aun en la picadora de carne vernácula. Algunos toman nota rápido y otros no. La falta de timing se le notó por ejemplo al ex ministro Ginés González.

Entre que Alberto dejó la Casa Rosada en 2008 y regresó en 2019, pasaron 11 años y medio. Mucho tiempo para el cargo mayor. En el medio pasaron muchas cosas. Por ejemplo, el deterioro económico y social del país, el fin del boom de los commodities, el estallido de las redes sociales, la aparición de Cambiemos, etc. Este Estado modelo 2020 funciona peor que el de hace 12 años atrás y es más caro. O sea, la peor de las combinaciones. La Argentina gasta mucho más hoy por una organización que no se puede financiar y sus prestaciones se deterioraron en calidad.

En ese marco, cayó la pandemia. Que el Estado no funcionaba del todo bien se sabía. Lo que era una incógnita era cómo iba a conducirlo Alberto con este esquema político sui generis, sin haber sido nunca jefe político. El resultado es “no positivo”. Las anécdotas que fluyen desde el propio oficialismo sobre la improvisación permanente ya son un lugar común. Las críticas al rol del jefe de gabinete no llaman la atención: para muchos hay que hacer un recambio en ese lugar. A eso se suma el miedo instalado desde la auditoría cristinista. Nadie está exento. Así es muy difícil un funcionamiento productivo.

Con semejante nivel de incertidumbre y en emergencia permanente por la pandemia, que se desarrollen políticas públicas estables y excluidas del escarnio político y mediático se vuelve una misión imposible. Así, hasta los mejores jugadores del mundo se desaprovechan con un mal esquema de juego.

Modificar las cosas severamente, si hubiese suficiente voluntad política, de todos modos es como intentar que un transatlántico gire 180 grados. En situación normal lleva mucho tiempo. En plena tormenta las olas lo pueden dar vuelta. Por eso es que el círculo rojo alberga pocas esperanzas sobre el devenir del gobierno. Hay que maniobrar mucho y bien, y no queda claro que el capitán del barco tenga la suficiente destreza.

La destreza se aprende manejando el barco, aunque parezca un contrasentido, ya que el tiempo de ejercicio en el simulador se extinguió. Cristina condiciona, sin duda y por qué no –ella interpela habitualmente- “quién tiene los votos?”. Alberto sabía esto desde el arranque. Cómo imaginaba que iba a ser la convivencia? Pensó alguna estrategia para los malos tiempos?

Demasiados interrogantes sin respuesta evidente.

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