Inicio Opinión   AUTOCRITÍCA CONFIDENCIAL. | 7miradas

  AUTOCRITÍCA CONFIDENCIAL. | 7miradas

17 minuto leer
Comentarios desactivados en   AUTOCRITÍCA CONFIDENCIAL. | 7miradas
0

Quienes han conversado durante esta sorpresiva etapa política con las máximas autoridades oficiales- –incluyendo, claro está al propio Presidente- han encontrado atención y comprensión a sus observaciones no siempre positivas. La campaña encaminada por un conjunto variopinto de empresarios, opinadores públicos y dirigentes políticos afines que buscaron el relevo del jefe de Gabinete no tuvo el efecto deseado, ante todo por una razón simple: Peña es un reflejo Inspirador de Mauricio Macri. Aquí se reproducen fragmentos de un análisis que ha circulado discretamente en los círculos de poder. La renuncia del Ministro de Economía no ha sido lamentada no en el conjunto empresario ni en el interior del partido gobernante. Y tal vez por él mismo, tanto por el inoportuno tuteo de la renuncia como por su ausencia ante el cambio de mando.

El acceso de Macri al poder en diciembre de 2015 fue un hecho extraordinario, resultado de la concurrencia de múltiples factores.  Una situación especial de la sociedad argentina (hartazgo respecto del estilo de conducción kirchnerista, inconsistencias del discurso progresista, estancamiento económico, inflación persistente), fue interpretada de manera inteligente por el macrismo, que apareció como el cambio de la forma y en el momento en que la sociedad lo requirió, lo que le permitió superar el rechazo por muchos de los elementos que constituyen el ADN del PRO: una centro derecha liberal conservadora, un partido de minorías, de ricos.

El estilo macrista pareció al principio devolver a la Argentina al sendero de un país normal: normalización del mercado cambiario, normalización de las reuniones de gabinete, normalización de la relación del Presidente con los periodistas, normalización de las relaciones con el resto del mundo, normalización de la relación con el mercado internacional de capitales, normalización del comercio exterior, normalización del mercado local.  Pero empezó a alimentar una dinámica de poder especial de cerrazón.

La cerrazón, la desconfianza y la mezquindad impregnaron el gobierno, y lastimaron la relación con muchos actores clave de la política argentina, configurando un círculo vicioso de enajenación:

 

  1. La relación con los aliados, a los que pronto se marginó del centro de la escena, que se sintieron usados, no considerados, no valorados;
  2. La relación con el peronismo y, en general, con la oposición, a la que no se convocó, no se incluyó, no se involucró en los debates, aunque estaba servida en bandeja.
  3. La relación con los periodistas y los medios de comunicación, a los que se trató de antiguos y demodé, privilegiando en cambio la “comunicación directa” y las redes sociales.
  4. La relación con los empresarios, que midieron mezquinamente al gobierno y no confiaron, no apostaron.
  5. La relación con las estructuras burocráticas del Estado, a las que no se involucró, ni se las convocó, ni se las manejó, ni siquiera se las sometió; simplemente se las dejó de lado y se “gestionó” con estructuras paralelas.

 

Así el gobierno diseñó e implementó una operación de extorsión masiva a los actores moderados de la sociedad argentina: “somos nosotros o el kirchnerismo”.  Esta operación retroalimentó el círculo de desconfianza y profundizó la grieta.

 

La tecnocracia es otra forma de la cerrazón, la desconfianza y la mezquindad.  Cuando el otro político está afuera, no participa de la formulación de los problemas de política pública.  El poder dicta desde sí, desde su propia mirada, las soluciones “técnicas”, que excluyen la mirada del otro.  Se consideran buenas o válidas las soluciones que dicta el poder; las otras se descartan, por falsas o improcedentes.  Esta falta de empatía, de consideración con las ideas del otro, también generó mucho enojo y resentimiento en quienes fueron dejados de lado.

Los errores no forzados son parte de esta mecánica.  El gobierno pretendió mostrar su tolerancia para con los errores del “mejor equipo de los últimos 50 años” como una virtud, y que no se equivoca quien no hace.  Pero los errores no eran las fallas del hacer demasiado, sino los errores de la ingenua soberbia del tecnócrata, que no aprecia que la complejidad de relaciones de la realidad dobla como alambres los esquemas con los que suele operar.

Pero en 2017, tras el moderado éxito electoral, en particular en la Provincia de Buenos Aires (donde Bullrich derrotó a Cristina Kirchner), el macrismo ideológico postuló que nos encontrábamos frente a un cambio de era en el comportamiento del electorado argentino, que ya no votaba más según viejas categorías (izquierda-derecha, status socioeconómico, partidocracia clásica, peronismo-antiperonismo, etc.), sino nítidamente por el futuro, el cambio, la frescura, etc.  Se convenció de dos cosas: primero, que poseía la clave de interpretación de este nuevo oráculo electoral de manera privilegiada, desapasionada, profesional, y directa; y segundo, que no necesitaba para interpelar al electorado con estos nuevos criterios a los viejos personajes, los viejos métodos, los viejos líderes de opinión, los viejos medios, las viejas plataformas, etc.  En definitiva, el macrismo ideológico eligió profundizar su cerrazón y enajenación del resto de la escena política argentina, confiando en que la sociedad elegiría seguir por esta senda.

Alentado por el nuevo espaldarazo electoral, el Gobierno decidió avanzar rápidamente en su “agenda de reformas”, concebidas todas ellas sin mediación con el resto de los actores políticos.  Y en un acto de innecesario e inconducente cinismo, convocó a “un amplio diálogo” que propios y extraños sabían positivamente que no significaba nada.

La crisis de abril de 2018, desatada por la remota devaluación turca, no mostró tan sólo la fragilidad del esquema financiero, monetario y cambiario pergeñado por Alfonso Prat Gay y Federico Sturzenegger.  Lo que se devaluó no fue sólo el peso artificialmente sobrevaluado, o las acciones argentinas infladas.  Lo que ocurrió fue que se desnudó el divorcio entre los actores centrales de la economía argentina y la conducción política; la falta confianza y por lo tanto el retaceo de apoyo de los actores económicos respecto del gobierno.

 

Así como pretendió haber reinventado las reglas de la dinámica electoral, el macrismo ideológico pretendió reescribir las reglas de manejo del poder.  El gabinete de ministros, que desde los tiempos del despotismo ilustrado, por lo menos, tiene el sentido de preservar el poder del líder político, fue convertido en un “equipo” de gerentes sin volumen político propio, sin representación, sin diálogo con los sectores a su cargo y muchas veces sin conocimiento de la cosa pública, debidos exclusivamente a sus jefes y (desde la salida de Prat Gay y Melconián) sin margen para el disenso.

En segundo lugar, no se calibró la enajenación sociocultural del gobierno.  El macrismo ideológico solía sorprenderse de que los pobres votaran a una abogada exitosa, rica, que usaba carteras caras.  Pero no supo nunca despegarse de su propio status de funcionarios, alejados del mundo; una elite tecnocrática, bienintencionada, que sabía-lo-que-había-que-hacer.

El componente sociocultural señalado permeó en la comunicación gubermanental hasta niveles insospechados.  El lema “haciendo lo que hay que hacer” transmitió, a partir de las crisis de 2018, que la tecnocracia macrista se consideraba depositaria del saber acerca de qué cosas había que hacer y qué cosas no, a despecho de cualquier observación o crítica externa y –como se comprobó en las PASO– de la sensación profunda del electorado de que tal vez había que hacer otra cosa.

El peronismo regresó por sus fueros porque la política macrista, al operar su decisión de extirpar al peronismo, agredió una identidad con todo lo que esa identidad tiene aparejado (intereses, reivindicaciones, propósitos, esperanzas, enojos, resentimientos).

El peronismo, como toda identidad histórica con tradición y vitalidad, nos guste o no, reconoce múltiples fuentes de articulación y representación que no se agotan, de ninguna manera, en su mera venalidad o el carácter primario de sus peores representantes.  Frente a cada problema, el peronismo, de manera más o menos orgánica, y más o menos correcta, más o menos formal, expresa cosas de la sociedad (intereses, reivindicaciones, propósitos, esperanzas, enojos, resentimientos) que no se ven desde fuera, que no se aprecian si no es a través de ese prisma de representación.

Frente a cada problema particular, tal vez la lección que tenemos que aprender es que no se puede prescindir del aporte concreto de los diferentes actores involucrados.  El gesto político de “borrar”, excluir actores es un error que no sólo genera un problema político (el resentimiento del excluido) sino que nos priva de su aporte a la formulación de los problemas.


Link de la Fuente

Cargue Artículos Más Relacionados
Cargue Más Por Mundo Político
  • UN AUGURIO. | 7miradas

    Andrés Oppenheimer es un corresponsal responsable y revelador de su principal fuente infor…
  • LA DEUDA PENDIENTE | 7miradas

    Los cíclicos trastornos de nuestra sociedad, como en un infinito torbellino, se repiten va…
  • MUNDO ARDIENTE. | 7miradas

    En Sudamérica, la cuenca del Amazonas arde. En África sectores de la sabana están en llama…
Cargue Más En Opinión
Comentarios cerrados

Mira además

Con la inauguración de obras, Los Telares celebró su 87° aniversario

Hoy 10:48 – Con un emotivo acto que convocó a toda a la comunidad la ciudad de Los T…