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Caducó, la palabra clave de los asesinos

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Tras el asesinato Luciano Pertossi trastocó el crimen hacia la voz pasiva: “Caducó”, dijo de Fernando Baez Sosa.

Literalmente tecleó en su celular: “Estoy acá cerca donde está el pibe y están todos ahí a los gritos. Está la policía, llamaron a la ambulancia…caducó”.

Viene del latín “caducó”; “caducus”, que se cae, que está cayendo o también “que se transforma en cadáver”.

El lenguaje de los asesinos instala una semiótica elocuente. No fue asesinado según Pertossi; Baez Sosa “caducó”, “concluyó”. Se trató según la sintaxis criminal de una muerte natural, pero fue antinatural.

Luego, tres años después, el mismo Luciano Pertossi se levantó de su banquillo en el tribunal y afirmó “Yo no estaba ahí”. Y luego calló.

Se desterritorializó. Se desinstaló del sitio.

El liquidado por esa banda no fue asesinado por ellos, sino que dejó de ser, se esfumó, caducó según la “lógica” lógica de lo perecedero. Pero no fue así.

Le cortaron la vida. Hubo una acción concreta y activamente letal, mortal, fatal, que vaga por las oscuridades más inescrutables.

Pertossi se instaló en un No lugar.

¿Dónde estaba si no estaba allí? El acusado no respondió. “No se esfuercen en preguntar, no voy a responder” y volvió a sentarse.

Todo en la mente del perverso en este caso se vuelve fantasmal.

No está donde estaba y estaba en ningún lugar. Exhibe una lógica que no tiene actores carnales sino fantasmas, que no matan aunque matan y que no están aunque están.

No hay -hasta ahora- dolor visible, ni culpa ni arrepentimiento perceptible entre los acusados. Como si realmente no estuvieran presentes en la sala en la que se los juzga.

Todo alude a una disolución interior de la responsabilidad.

Ante las preguntas tras su irrupción oral, Pertossi insistió y cerró toda posibilidad de respuesta. “No se esfuercen, no voy a responder nada más”.

Asumió su irresponsabilidad -valga el oxímoron- no responde.

Y aquí hay una clave.

No hay respuestas. No se esfuercen.

Lo que ocurrió ocurrió. No fue realizado por personas, los golpes y las patadas fueron arrojados por entidades, como si no fueran humanos.

Todo fue gratuito: sin causa, y sin sentido. Es el absoluto sin sentido. Pegaban y mataron porque sí.

El crimen no brotó siquiera de la venganza de manos y pies exterminadores.

No se vengaron, fue aún más grave. Mataron porque sí, por el “hedonismo” de golpear, patear de percibir a la sangre brotando, y luego, un par de ellos, fueron a un McDonald’s. Nada. No hicieron nada según sus extrañas psiquis.

Hay algo más grave. No son tan extraños en rigor.

Hubo un tiempo en el que se sucedían los golpes de las chicas que se consideraban “populares” contra las así designadas “divinas”. Abundaban golpes, patadas, arañazos y sangre a raudales. ¿Por qué?

Por nada real. Porque sí, por nominaciones caprichosas y odios que brotaban inventando confrontaciones sin motivos.

Es el corazón de la violencia.

Escribió Edgar Allan Poe: “Me volví loco con largos intervalos de horrible cordura”.

Para no soportar la conciencia de quién está cuerdo, la locura puede ser el atajo deseado hacia la inconsciencia.

Pero la locura de los matadores de Fernando Báez Sosa y de muchos otros en análogas circunstancias, por supuesto, no los exime de la culpa. Es un artilugio para no soportar la luz que alumbra con la cordura y que vuelve tangible las atrocidades perpetradas. La locura es esa pretensión de matar sin matar activamente.

“Caducó”, dijo.

Es una locura que golpea y a traición. Es una insensatez en la que hay que pensar, porque hay más insensatos y violentos de los que suponemos. Porque los crímenes son cotidianos y porque algunos consideran que muchos criminales son víctimas y no victimarios.

A Fernando Báez Sosa lo liquidaron con entusiasmo, con frenesí, con fervor, con devoción por la sangre y por la destrucción, con ardor, con empeño. Pero toda esa ponzoñosa energía se encubre detrás de un procedimiento mental y maníaco, no lo matamos; caducó.

Como si las acciones perpetradas no existieran por decisión propia.

Es una inversión de todos los valores.

Matar es el primer mandamiento para los golpeadores fatídicos.

¿Cuántos respetan ese mandamiento en la Argentina, esa retorcida pasión por destruirlo todo? Hay algo en esa mañana de Villa Gesell que nos interpela a todos.

Dime qué crímenes se cometen y te diré en qué sociedad vives.

En la Argentina, suelen atacar a jóvenes en la madrugada.

Y así, el día no llega jamás.

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