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CANDIDATO: SE BUSCA.

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Victoria Camps*. Tras la campaña de Obama a las elecciones de Estados Unidos, si la campaña se convirtió en un caso de política inspiradora en la era de la información, fue por su capacidad para generar emociones positivas (entusiasmo, confianza, esperanza) en amplio sector de la sociedad, conectando directamente con las personas al tiempo que con las organizaciones en redes y comunidades. Su campaña era en gran medida la de ellos.

Es evidente  que, más allá de la calidad política del candidato, más allá de la solidez de su programa, más allá de la ilusión de ver a un presidente negro en Estadios Unidos, en el caso de Obama se produjeron una empatía, una esperanza y un entusiasmo que le fallaron a la otra opción demócrata, Hillary Clinton, pese a contar en haber con más experiencias políticas y con la novedad nada trivial de poder llegar a la primera mujer presidenta del mismo país. El lenguaje emocional es importante no sola para la ética, lo es también especialmente para la política.

Los políticos no lo ignoran, lo han sabido siempre, y también los teóricos de la política. Lo supo Aristóteles cuando escribió la Retórica, entendiendo el arte de la elocuencia como la capacidad para mover voluntades para fines políticos. Sin esa capacidad de arrastre que tiene una comunicación de masas propician la circulación de mensajes más emotivos y pasionales.

Insisto en que subrayar la importancia de la emoción no implica contraponer la pasión a la razón, sino mostrar que la razón necesita de la pasión y ésta de aquélla. Pero la imbricación de ambas no es fácil. La pasión pura y desbocada es peligrosa en la vida del individuo y más aún en la de la colectividad. A su vez, la razón estricta y fría es ineficaz y carece de magnetismo para atraer a las personas hacia las causas que merecen algo de atención y un mínimo de entusiasmo colectivo.

Los sentimientos, en sí subjetivos, tienen una gran capacidad de impactar en el espacio público, cuando se expresan como vivencias compartidas que sirven a objetivos políticos. Los sentimientos, en la vida pública, son –ineludibles- y necesarios-, pero son, asimismo, -peligrosos. El primer paso para conjurar el peligro será contar en el sentir y el actuar colectivos.

Cada marco determina una lógica interna, un amanera de funcionar, excluye ciertos comportamientos, establece unas jerarquías entre los actores. Por lo que hace a las instituciones políticas y a la actividad política misma, también éstas se estructuran a partir de marcos específicos. Los marcos de  la actividad política, establecen qué los caracteriza y qué los distingue. Concretamente las diferencias que separan los marcos que contextualizan el discurso de la derecha conservadora de los de la izquierda progresista. Importa señalar que los marcos suelen ser inconscientes, no sabemos que están estructurando nuestro pensamiento. Configuran el sentir común de una sociedad. Cuando un partido político consigue que sus marcos dominen la esfera pública, hace que cambie de sentir común de los ciudadanos. Es lo que ha hecho la derecha (por lo menos en Estados Unidos) sin que la izquierda se diera cuenta ni hiciera nada por impedírselo. Los marcos, por su parte, son necesarios, porque sin ellos los hechos no dicen nada. Son los marcos los que dan sentido a los hechos.

En definitiva,  se propone una serie de trampas que la izquierda debería evitar. Una de ellas es la trampa del –tema específico-, pues no hay temas específicos de la izquierda o de la derecha, sino más bien maneras progresistas o conservadores de tratarlos. También son una trampa las encuestas, la –lista de propuestas-, como lo es el lenguaje técnico, el menosprecio del otro y las descalificaciones mutuas. Y es una gran trampa ese racionalismo que consiste en creer que –la razón es algo completamente consciente, verbalizado, lógico, universal y libre de emociones-. No solo es un trampa, sino que es falso, como se han ocupado de mostrar las ciencias cognitivas. En política casi todo es opinable, y, en cuestión de opiniones, las emociones preceden a las razones, es decir que, en primer lugar, escogemos al candidato, después, buscamos razones para votarle.

El-cerebro político- es emocional. Es emocional porque la gente quiere identificarse con sus candidatos, poder decir –me gusta-, -es como yo-, -no es un privilegiado-, -entiendo lo que me dice-. Ronald Reagan dominó como nadie la identificación emocional. Y, en general los republicanos en Estados Unidos dominan –el mercado de las emociones-, en tanto que los demócratas se han concentrado,

Los ciudadanos –quieren soluciones, pero también horizontes, sueños, proyectos. Medios y largos plazos para comprender el corto y asumir sus costes y sacrificios-. La cantinela habitual que utilizan los políticos para excusar un fracaso- no supimos explicar bien lo que hicimos- solo pone de manifiesto que estaban lejos de conocer lo que la gente esperaba oír o esperaba de ellos realmente. El reproche que el partido de la oposición suele hacerle sistemáticamente al gobierno –no hablan de lo que preocupa a la gente- viene a decir lo mismo. Los estudios realizados sobre lo que ocurre en el cerebro de las personas en las campañas electorales ponen de manifiesto que la parte central del cerebro se vuelva activa cuando la gente oye o ve algo relacionado con ellos mismos. Se activa en tal caso la –identificación- con el candidato, pero se desactiva cuando los discursos no coinciden para nada con los intereses del público. Si el córtex prefrontal del cerebro tiene dos circuitos, el –razonante- el – emocional-, los demócratas, apelan al circuito razonante, en tanto que los republicanos apelan al circuito emocional.

¿Cómo se apela al circuito emocional?: desintelectualizando los mensajes, que es lo que no sabe hacer la izquierda. Las campañas electorales de los demócratas no han sido buenas por demasiado racionales, ideológicas e intelectuales. Las declaraciones de intenciones abstractas no emocionan como lo hacen las situaciones concretas que se refieren a personas de carne y hueso, identificables. La mejor campaña es la que –cuenta historias- y desde su corazón-  no la que calcula sobre la base de encuestas o pretende convencer con cifras y estadísticas. Más aún, – la gente vota por el candidato que estimula los sentimientos correctos, no por el que presenta los mejores argumentos-. Por eso es importante para un partido – tener un relato-. ¿Qué es ser socialista? Hay que explicarlo no a partir de unos temas y razones –trabajadores, desigualdad, discriminación-, ni por medio de una lista de políticas, sino contando historias. Una narrativa que muestre plásticamente que uno está contra algo o defendiendo algo. Vivimos en la era de la imagen y las mentes se han acostumbrado a ello.

Las apelaciones a principios o derechos universales la mayoría de las veces sirve para acentuar enfrentamientos entre distintas fracciones políticas. Lo que deben hacer los demócratas es – personalizar el rostro de la inmoralidad, la hipocresía y la indiferencia ante el sufrimiento propias de los republicanos-. Ante un caso de eutanasia, como los que han dado recientemente en distintos países, un caso que suscita debate y demanda al político que tome posición, la pregunta pertinente no es si debe haber o no un derecho a morir, demasiado teórica e impersonal para que atraiga la atención, sino algo como esto: -¿Te hubiera gustado que hicieran contigo lo que hicieron?

Enquistarse en un lenguaje de ideas es hablar a la parte equivocada del cerebro. Las campañas se ganan más con las vísceras que con los temas.

 

Victoria Camps* preside la Fundación Victor Grífols i Lucas y el Comité de Bioética de España. Ha escrito diversos libros.


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