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Carmelo, el facilitador

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Cuando la política argentina da visos de volver a encallar en la lógica de los antagonismos irreductibles regresan los ecos de fines del 2001 cuando nos quedamos sin pilotos de tormentas en medio de la tempestad y la democracia estuvo a punto de naufragar.

Hubo en esa ocasión un personaje que nos ayudó a salir de la catástrofe inminente. Había caído un presidente, la gente en las calles reclamaba “que se fueran todos”, y en ese contexto, a comienzos de 2002, a instancias de un diplomático español y con el auspicio de la Iglesia, comenzó a reunirse la Mesa de Diálogo Argentino.

Quienes trabajaron a su lado dicen que ese diplomático asumió un desafío “quijotesco”, construyó puentes, reunió a unos y otros, logró que se sentaran en una misma mesa y salieran de esa convocatoria con compromisos conjuntos. Aquella fue quizás una de las pocas y más exitosas experiencias de construcción de consensos en una Argentina siempre proclive a la discordia, el antagonismo y la trinchera.

El diplomático del que hablamos había llegado a la Argentina a mediados de 2001 como representante del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Apenas vio los alarmantes indicadores sociales y económicos del país, el aumento de la tensión política y la ausencia de diálogo entre los principales actores de la vida pública, sintió que algo debía hacer para evitar el derrumbe.

Con algo de pudor, sabiendo que se extralimitaba en sus funciones, le propuso al presidente Fernando de la Rúa activar una instancia de diálogo conjunta y transversal que evitara el abismo. “Sentía que no podía quedarme callado. Le dije algo que era inconveniente diplomáticamente y que no lo he hecho nunca en una presentación de cartas credenciales: ‘¿Por qué no poner en marcha algo que permita parar esto que se viene?’ Era junio del 2001″, recordó en una entrevista con Astrid Pikielny en La Nación en 2021.

No fue De la Rúa quien recogió la iniciativa del diplomático sino Eduardo Duhalde, después del explosivo final del gobierno de la Alianza. Hay que recordar que esa Mesa de Diálogo contribuyó a salir del marasmo e iniciar la recomposición del tejido social y político de la democracia.

En recompensa, el gobierno español lo designó luego embajador en la Argentina, país que llegó a conocer mucho y querer bien. Se llamaba Carmelo Angulo Barturén y falleció el 1° de diciembre pasado, a los 75 años. Su última aparición pública fue de manera virtual desde Madrid en ocasión del premio-homenaje a José Ignacio López -ex vocero de Raúl Alfonsín y vocero también del Diálogo Argentino- en el Congreso, el 1° de noviembre pasado.

Dijo allí: “Argentina necesita gentes capaces de generar armonía, respeto entre rivales y sentido de consenso en las políticas que afectan al ciudadano de a pie”. Su papel de facilitador adquiere hoy en el recuerdo y el ejemplo una renovada vigencia. También por el mensaje y la vacancia que deja.


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