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Carrió y el tabú de denunciar corrupción hacia adentro: las cosas por su nombre

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La interna de la oposición también se puso al rojo vivo porque Lilita, con su habitual actitud punk, denunció a varios miembros de su alianza por acuerdos y hechos de corrupción. Cansada del ninguneo y la negación, Carrió decidió apoyar la decisión de la oposición unida en la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires para acabar con la concesión de las grúas prorrogada largamente por 21 años.

Esta escandalosa concesión que hace que con el acarreo de 9 autos puedan pagar el canon mensual establecido para mantener su concesión con el gobierno de la Ciudad, deja a toda la ciudadanía perpleja y enfurecida cada vez que escucha nuevamente el caso. Carrió con su decisión logra despertar a Larreta, pero sigue dejando convulsionada a la interna de Juntos.

Porque la oposición, tomando la lógica del oficialismo con su “ah pero Macri”, cree que porque Cristina está acorralada con las causas de corrupción, su alianza está libre de toda culpa y cargo de cualquier manejo espurio. Pareciera que está prohibido llamar a las cosas por su nombre y ordenar las denuncias hacia adentro de los espacios políticos para depurar la corrupción.

Elisa Carrió.

De la misma forma en que se disfrazan con otros nombres las desprolijidades propias, se cambian en los oficialismos también las formas en que nombran las malas noticias. En lugar de hablar de aumento tarifario se lo llama sintonía fina, reperfilamiento o actualización. Como la palabra “inflación” está prohibida nos dicen que se reacomodan los precios ante la realidad económica circundante. El crimen circundante que lleva la inseguridad a su límite es en boca de los gobernantes una sensación que se genera en los grupos mediáticos.

Pero por más que lo disfracen bajo otros nombres, las cosas están todavía ahí abajo escondidas para mostrar la realidad. A veces las podemos olvidar un poco, pero basta mencionar algunos nombres para recordar. José Ber Gelbard y Madanes en el año 1971 con el caso Aluar y la financiación de su monopolio en época de Lanusse. Delconte, el administrador de aduanas de Alfonsín, que fue condenado a 10 años por las causas del oro y de la aduana paralela.

Violencia simbólica política: la sobrerreacción que no soluciona

En la época de Menem tenemos casos resonantes cómo el del frigorífico Swift, la venta de armas a Croacia y Ecuador, la condena de María Julia Alsogaray por enriquecimiento ilícito. En época de De la Rúa la llamada «Ley Banelco». Y de la «década ganada» basta mencionar solamente a Felisa Miceli, Ricardo Jaime, el caso Skanska y el caso Ciccone y en la actualidad el proceso que está llevando adelante la justicia Diego Luciani y Sergio Mola con la causa Vialidad que pinta ser extremadamente grave por la denuncia planteada e histórica en sus montos y consecuencias.

Aunque parezcan todos olvidados, para quienes los vivieron en su momento, basta mencionar el título para recordarlos. Entonces nos engañamos y creemos que tenemos que elegir entre acostumbrarnos a que gane la viveza y la corrupción o fingir que es un asunto solamente del populismo.

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Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa.

Para la oposición es más cómodo dar por establecido que el populismo tiene el monopolio de la corrupción y la informalidad institucional del Estado que esta conlleva, que desquicia y borra los límites de los poderes del Estado, que hacerse cargo de los problemas que hay puertas adentro con algunos de sus miembros. Porque hay una serie de poderes fácticos (bancos, empresas, sindicatos, medios, etc) que en búsqueda de sus intereses operan en contra de la transparencia. La gente puede elegir hacerse la distraída, pero los políticos deberían sincerarse y ocuparse un poco más de administrar el Estado para todos en lugar de quedarse en la comodidad de sentirse con las manos atadas mientras cobran por quedarse así.

Pero los políticos pueden ocuparse más de la comunicación que de tener qué comunicar porque la gente está menos pendiente de lo que hacen que de lo que muestran en la tele o en las redes.

Un robot al poder

Debemos diferenciar a los honestos de los corruptos, al patriotismo frente al patrioterismo y el ser popular de ser populista. Para esto necesitamos poder llamar a las cosas por su nombre para hablar con claridad y saber qué cosas son verdad.

El hartazgo por la clase política convencional y tradicional nos muestra que es el momento de olvidarse de los grandes relatos con palabras altisonantes para comenzar a apostar por cuadros políticos técnicos, que llamen a las cosas por su nombre y tengan ganas de servir enfocados en restituir la confianza de todo el pueblo sin necesidad de medirlos solamente por su historia de militancia.

Ahora que la corrupción destruye la legitimidad política, resta imagen y mina la reputación internacional, la tarea es ser más técnicos en vez de sofistas.

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