Inicio Opinión CLIMA: LOS ACTIVISTAS

CLIMA: LOS ACTIVISTAS

13 minuto leer
Comentarios desactivados en CLIMA: LOS ACTIVISTAS
0

Daron Acemoglu*. El aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera provocan que las temperaturas de superficie promedio a nivel global aumentaran casi un 1°C en los últimos cien años. Para la comunidad científica estos cambios son consecuencia directa de la actividad humana. Es improbable que estemos en condiciones de reducir emisiones de GEI para frenar y revertir el calentamiento global.

Los costos de esta incapacidad –crecientes niveles de los océanos, desplazamiento masivo de la población, episodios de condiciones climáticas extremos frecuentes y propagación de nuevos males  infecciosos– son catastróficos, sin considerar los “riesgos de eventos excepcionales” verdaderamente apocalípticos. Muchos de los costos serán asumidos por los jóvenes de hoy.

En esta situación, ¿la “huelga escolar por el clima”, un movimiento internacional de estudiantes y activistas jóvenes, podría ser la solución? Sí y no. El mundo –particularmente Estados Unidos– necesita una llamada de atención. Hay que hacer añicos la sensación de confort –alentada por discursos engañosos sobre geoingeniería y otros remedios tecnológicos milagrosos–. Ofrecer respuestas sólidas ante los desafíos colectivos exige un compromiso por parte de los ciudadanos y de la sociedad civil.

La transformación social también exige nuevas leyes, normas e incentivos. Sin una legislación relevante, las empresas y los individuos no cambiarán su manera de actuar. Sin la aparición de nuevas normas, las empresas encontrarán maneras de evadir nuevas leyes. La legislación y las normas deben trabajar en tándem para establecer  incentivos de larga duración.

La indignación manifestada por los jóvenes activistas climáticos de hoy podría impulsar un cambio en las normas globales. Pero la ola actual de activismo tendrá que ser traducida en un movimiento político organizado que pueda rivalizar con el poder de la industria de los combustibles fósiles, quizá fusionándose con los partidos verdes existentes o tomando el control de estas agrupaciones. El desafío para los activistas es elevar las preocupaciones climáticas por las demás cuestiones, para que la gente apoye las políticas destinadas a reducir las emisiones de GEI sin importar sus prioridades económicas, sociales y culturales. Solo entonces podrá desplazarse el centro de gravedad político de la cuestión.

Tal como están las cosas, la mayor debilidad del movimiento juvenil actual es que no tiene una agenda coherente para descarbonizar la producción económica. De hecho, muchos activistas jóvenes consideran que los mercados y el crecimiento económico son parte del problema. Después de todo, la industria de combustibles fósiles durante mucho tiempo ha apelado a los principios del libre mercado cuando hacía lobby contra los impuestos y la regulación del carbono. Pero el mercado podría ser un arma poderosa para combatir el cambio climático. De hecho, no hay razón para pensar que el crecimiento económico deba ser una víctima de la acción climática. Un impuesto al carbono apropiadamente alto fijaría un precio predecible para el daño que las actividades económicas con altos niveles de emisiones de carbono infligen a la humanidad, alentando así a las empresas y a los hogares a abandonar las actividades que emiten carbono. Al indicar que el carbono es una amenaza ambiental importante, un impuesto cumpliría la función dual de alentar un cambio normativo. Si bien un impuesto alentará a las empresas a buscar fuentes de energía más limpias, no es suficiente para el desarrollo de tecnologías alternativas de bajo consumo de carbono. Así las cosas, los impuestos al carbono deberían estar complementados con “subsidios verdes” bien diseñados para las empresas y los investigadores que desarrollan tecnologías eólicas, solares y geotermales, y para aquellos que trabajan en nuevas maneras de limitar las emisiones de las tecnologías existentes.

Al igual que los impuestos al carbono, los subsidios verdes potencian el poder del mercado. No es casual que la mayoría de los principales avances tecnológicos del siglo XX –antibióticos, tecnología informática, internet, nanotecnología– provienen de gobiernos que lideraron y crearon mercados. Si bien la investigación y los subsidios financiados por el gobierno fueron instrumentales a la hora de crear los incentivos, poco se habría logrado sin el sector privado. Para ver cómo es un respaldo estatal sin un mecanismo de mercado robusto detrás, consideremos la desastrosa experiencia de la Unión Soviética en los años 1970 y 1980.

Los jóvenes activistas climáticos no deberán suponer que el futuro de la humanidad depende de interrumpir o recortar seriamente el crecimiento económico. Una transición a una economía de bajo consumo de carbono requerirá sacrificios. (Los argumentos de que un Nuevo Trato Verde puede reducir las emisiones y al mismo tiempo impulsar el empleo en el corto plazo no son creíbles). Pero en definitiva, el crecimiento económico se puede ver beneficiado por políticas verdes bien diseñadas. Las políticas destinadas a enfrentar el cambio climático tal vez no sean sostenibles en ausencia de crecimiento, teniendo en cuenta que las dificultades económicas pueden disminuir el respaldo público de reformas de amplio alcance.

El futuro del crecimiento no puede descansar en producir productos cada vez más manufacturados. Nuestra tarea es encontrar maneras mejores y más creativas, y que exijan menos recursos para satisfacer las diversas necesidades de más de siete mil millones de personas. Una vez que se haya concluido la transición a una economía más limpia, el crecimiento puede continuar sin agravar nuestra huella climática. Los activistas climáticos tienen razón de pujar para que exista un entendimiento compartido sobre la necesidad de encontrar mejores maneras de producir y consumir energía. Más precisamente aún, necesitamos que el crecimiento económico continúe –y no solo para mantener el respaldo político de una agenda de políticas verdes–. En un mundo donde más de mil millones de personas todavía viven en condiciones de extrema pobreza, y donde miles de millones más aspiran a un nivel de vida más alto, una promesa realista de crecimiento compartido será mucho más atractiva que los reclamos para que se frene el progreso económico. Tenemos con los activistas jóvenes de hoy una inmensa deuda por haber encendido la señal de alarma. Ahora, necesitamos convertir su entusiasmo en una fuerza política institucionalizada, y desarrollar un plan para una agenda económica potente, bien diseñada y productiva. Los mercados no tienen que interponerse en nuestro camino. Por el contrario, podrían ser un aliado poderoso.

*Profesor de Economía en el MIT. Autor de Por qué fracasan los países. Copyright Project-Syndicate.

Link de la Fuente

Cargue Artículos Más Relacionados
Cargue Más Por Mundo Político
  • Pecado capital

    Juan Grabois expresa sus ideas y las gira con una aspiración literaria y confesional en “L…
  • 16 años después

    Federico Pinedo arma su vida, que nunca será del todo privada en tanto la política es una …
  • Jugar en primera

    Bolsonaro, se considera aliado ideológico de Donald Trump. No es el caso por cierto del go…
Cargue Más En Opinión
Comentarios cerrados

Mira además

Avanza la pavimentación en el barrio Borges y proyectan nuevas obras para los vecinos

  Dando continuidad al plan de mejoramiento de la red vial urbana, ia Intendente de l…