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Brexit: consecuencias económicas y la propagación del miedo

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Brexit: consecuencias económicas y la propagación del miedo

La propagación del miedo es un acto eminentemente político. La salida del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte de la Unión Europea es un caso más, un ejemplo burdo, carente de racionalidad y conocimientos técnicos.

La propagación del miedo es un acto eminentemente político. La salida del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte de la Unión Europea es un caso más, un ejemplo burdo, carente de racionalidad y conocimientos técnicos. En este sentido, una gran parte de los medios de comunicación más importantes del mundo señalaron el Brexit como el “derrumbe británico”; una especie de apocalipsis símil a la destrucción causada por una bomba atómica. Muy alejado de lo que es en realidad: una decisión política con puntuales consecuencias más vinculadas a la prospectiva estratégica, que a una novedosa cosmovisión de la vida.

Es necesario entonces aclarar que cada vez que se realiza algún tipo de política intra-sistémica, siempre habrá quienes sacan provecho de la situación y quienes pueden reacomodarse (en mayor o menor medida), como así también se encuentran aquellos que, inevitablemente, se encontrarán perjudicados o directamente desaparecerán. Y algunas cuestiones quedarán igual, con sectores y actores que solo vivenciarán cambios marginales. Por ende, es importante afirmar que el Brexit no ha sido para nada un acto revolucionario. No se terminan las clases sociales o la propiedad privada. No se juega el exterminio de una raza o una religión. No hay un cambio de paradigma tecnológico que modificará para siempre la forma de producción y consumo.

Para no hacer falsa futurología, y aunque es indebido metodológicamente tomar solo algunas variables de tinte económico, las mismas sirven para ilustrar una pequeña muestra de que, al menos en la transición hacia la reciente concreción de la salida de la UE, nada ha cambiado estructuralmente en el Reino Unido en los últimos años. Desde el año 2016 (cuando se decidió el Brexit) hasta el año 2019 – previo a la pandemia, ya que en el año 2020 la economía británica, como en la mayor parte del mundo, se vio fuertemente resentida -, la tasa de crecimiento promedio del PBI se mantuvo en torno al 1,5%, unas décimas menos que los años previos. La inflación promedio fue un poco mayor al 2%, mientras la desocupación se sostuvo en el 4%. Mismo la tasa de interés de referencia se incrementó solo algunas décimas – aunque siembre ubicada por debajo del 1% – con el objetivo de contener los incrementos de precios derivados de los estímulos monetarios y fiscales (en pos de contrabalancear el lógico resquemor de una parte del sector privado – tanto nacional como extranjero -, que ha retraído sus proyectos de inversión).

Siguiendo la misma línea y en pos de la estabilidad a futuro, el acuerdo implica que para los fabricantes británicos, a partir del reciente primero de Enero se mantenga el régimen libre de aranceles del mercado interior de la UE. Por supuesto, el gobierno británico tendrá que renegociar nuevos tratados bilaterales con gobiernos de todo el mundo, otrora incluidos en los acuerdos del bloque comunitario. No podemos negar que en mayor o menor medida, este halo de incertidumbre se traslade a la microeconomía. Es que más allá de la letra chica, las compañías evaluarán permanentemente la dinámica empírica de corto y mediano plazo: solo con el correr del tiempo podrán concluir si tendrán que hacer frente a escaladas tarifarias, si podrán acceder o conservar sus cuotas de mercado, o si podrán realizar operaciones transfronterizas bajo un sistema burocrático relativamente fluido.

En este aspecto y por las dudas, algunas compañías con fuerte presencia en Europa ya han comenzado a tomar medidas para protegerse. Un caso emblema es el de Coca-Cola European Partners, empresa que ha elegido a Países Bajos como sede administrativa tras el Brexit, con un discurso referido a la necesidad de mantener la Directiva sobre Transparencia dictaminada bajo la legislación de la UE. Otra empresa multinacional, Berkeley Energía, también ha comunicado que para la negociación de sus acciones dejará de instituirse en el Reino Unido para situar su sede central en España. Evidentemente, para muchas corporaciones, ante el nuevo reto a lo desconocido lo preferible es “cambiar, para que nada cambie”.

Por otro lado y tal como lo hemos mencionado, mientras existen los inciertos “grises”, también hay blancos y negros. Por ejemplo, la industria de pesca británica – con derechos de pesca que giran en torno a los 650 millones de euros al año -, ha sido claramente perjudicada en el acuerdo. En este aspecto, las flotas pesqueras de la UE tendrán un período de transición de cinco años y medio con acceso garantizado a las aguas del Reino Unido – solo se reducirán en una cuarta parte, mientras las cuotas británicas se incrementarán inversamente en la misma proporción -. A partir de 2026, el acceso dependerá de las negociaciones anuales entre las partes. Lo acordado lejos se encuentra del requerimiento de total preferencia que exigían las empresas británicas; pero claro, la pesca solo aporta el 0,04% del PBI británico.

Por el contrario, desde una prospectiva pro-positiva, el gobierno de Boris Johnson ha salido a jugar al mundo con sus mejores cartas. Es que para salir de la zona de confort, el paralizarse y quedarse en el “glorioso” pasado no solo es inútil, sino más bien es claramente contraproducente. No por nada la diplomacia británica ya firmó varios acuerdos comerciales pos-brexit – con especial énfasis en la promoción de su sector de servicios (principalmente financieros, cuyas exportaciones contribuyen con el 30% del PBI) – con Japón, Canadá, Suiza, Singapur y varios países de América Latina, encabezados por México y Chile. Por otro lado, también se encuentra negociando TLCs con Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda, entre otros. Hay un dato no menor: los acuerdos en preparación o concluidos, incluido el cerrado con la UE, representarían el 80% del comercio exterior británico para 2022. Como sostuvo la Ministra de comercio internacional, Liz Truss, “Ahora que la Gran Bretaña global ha regresado, es hora de que los fabricantes, los hombres y mujeres de acción, y los innovadores, nos ayuden a escribir nuestro capítulo más emocionante hasta la fecha”.

Además de ofrecer lo que saben y mejor tienen, su comprender de la dinámica del juego global implica que ya tienen una parte de la partida ganada. Y no es necesario ser thatcherista para darse cuenta que la globalización neoliberal sigue más viva que nunca, y los procesos de potenciación del capital y tercerización, entre otros ejes del proceso de acumulación, rigen los destinos de la competencia salvaje en cada rincón del planeta. No es extraño entonces el Reino Unido se convierta en una jurisdicción “preferencial”, libre de impuestos y regulaciones para las multinacionales extranjeras. Es que el gobierno de Johnson está planificando “puertos libres” o zonas francas para fomentar la actividad económica: un “Singapur en el Támesis”, una especie de paraíso fiscal enmarcado bajo un sector financiero ultra desregulado, que pueda convertir al Reino Unido en un potente y eximio rival de la UE.

Por supuesto, se encuentran aquellos detractores que sostienen que ello solo aumentará las ganancias de las multinacionales, utilizando mano de obra barata y poco calificada. Un golpe más a la clase trabajadora británica, que con el Brexit consumado ya perdió las más estrictas regulaciones laborales de la UE, las cuales incluían un máximo de 48 horas semanales de trabajo, beneficios de salud y seguridad, subsidios sociales, etc. Aunque en realidad no debería sorprendernos: sabemos que los trabajadores – en realidad el ser humano en general, sobre todo las mayorías golpeadas por décadas de estancamiento socio-económico -, es lo que menos importa en toda esta ecuación.

Por ello el planteo sobre las contribuciones de los inmigrantes – ya sea por trabajo o estudio – quedo relegado a un impiadoso proceso altamente burocrático y restrictivo. Donde en las discusiones políticas se han borrado de cuajo los beneficios que generan – consumo, pago de contribuciones -, y solo se quedaron con los perjuicios – competencia con mano de obra, sobre utilización del sistema educativo/de salud -. O mejor dicho, con los prejuicios. Es que “darle de comer” a la derecha conservadora, no es un tema menor en época de elecciones polarizadas hacia extremos que como vedettes, envuelven con discursivas atrayentes falsos nacionalismos centrados en la persona física y no la jurídica.

Es que la salida de la UE no va a implicar, al menos en el corto plazo y mediano plazo, un gran cambio cultural ni social; solo hay que contener las tensiones sociales derivadas de procesos económicos y sociales que han sido adversos y desgastantes a lo largo de los años. Para ello, nada mejor que haber alcanzado un “Brexit blando”, con fuerte impacto en el corazón de la ciudadanía británica. Y allí es donde el acuerdo por la frontera entre ambas Irlandas ha sido el corolario más álgido de la disputa puertas adentro del Reino, lo que demuestra donde se encuentra el verdadero foco económico y el control social: la no afectación del comercio y el evitar poner en riesgo los Acuerdos de Viernes Santo ha sido un activo de batalla en todo este proceso. En fin, todo tan lejano de aquel 1975, donde el 67% de los votantes británicos le dijo ‘sí’ a Europa.

Finalmente, es interesante destacar las palabras de Michel Barnier, responsable de las negociaciones con el Reino Unido por parte de la UE: “lo que cambia es que el país que nos deja estará solo, y nosotros seguiremos juntos”. La más relevante respuesta británica no ha sido económica, sino más bien geopolítica: el pasado mes de noviembre el ejecutivo garantizó una inversión adicional de dieciséis mil quinientos millones de Libras Esterlinas para las Fuerzas Armadas en los próximos cuatro años. El propio premier británico sostuvo que “el nuevo compromiso de gasto representa el mayor programa británico de inversión en defensa desde el final de la Guerra Fría”. Un número que incrementa en torno a 10% el presupuesto anual del Ministerio de Defensa y equivale al 2,2% del PBI (mayor al – pocas veces cumplido – 2% requerido por la OTAN para sus miembros), reafirmándose así como el país con mayor gasto militar de Europa, con un gasto en torno a los cincuenta mil millones de Euros.

Este fortalecimiento del gasto tecnológico-militar realza al Reino Unido en su deseo de aseverarse como una potencia estatal, el “volver a ser” aquel imperio con glorioso pasado y mezquino presente. Más aún, el potenciar el desarrollo de las Fuerzas Armadas es un factor clave – ya que siempre lo ha sido a lo largo de su historia – no solo para con la cohesión del ser nacional, sino también para que a través de las inversiones público-privadas en el sector de la defensa (incluido el gasto gubernamental, el rol de financiamiento del sector privado, el aporte de las universidades) se genere un factor dinamizador del motor económico endógeno – atractivo para con la creación de empleo de calidad, sobre todo en zonas remotas donde suele escasear -, siendo ello tan necesario para ayudar a minimizar los costos microeconómicos de la salida de la UE. En definitiva, podríamos decir que la política exterior británica es una especie de “copia” con matices similares al reposicionamiento global chino del último medio siglo, buscando también así recuperar la gloria perdida en algún momento de la historia.

Para concluir, podemos afirmar que detrás de la insistente “hecatombe del Reino Unido”, se encuentra entonces la manipulación mediática de los siempre activos intereses particulares de ciertas elites. Que en lugar de procesar el porqué y evaluar la forma de velar por el bienestar colectivo, enmascaran escenarios falsos en pos de sus egoístas objetivos de poder y riqueza. Es que podemos discutir ideológicamente su dudosa moralidad; lo que queda fuera de debate es que la sociedad como un todo sea engañada con información falsa y maliciosa. Por ello, más y mejor educación en ciencias sociales para todos, en conjunción con funcionarios que se encarguen de velar por el bien común – mera razón por la cual fueron elegidos -, debería ser el primer objetivo de un necesario cambio de paradigma social.

Y aquí también se debe hacer un llamado a aquellos políticos que se encuentren en la oposición, sea cual fuera la geografía o la razón en cuestión: deben trabajar honestamente por una sociedad más justa. Plantear rigurosos escenarios alternativos razonables o marcar errores u omisiones groseros, no significa utilizar al cuarto poder para generar alarma difundiendo mentiras, lo cual suele provocar asiduamente un enorme perjuicio en las anestesiadas mayorías. Porque aunque en épocas de ingente frugalidad “todo pasa”, en unos años la ‘no implosión’ del Reino Unido nos podrá sorprender; como así también nos terminará consternando, tardíamente pero con consecuencias más palpables, como llegamos a vivir en un mundo cada vez más violento e inequitativo.

(*) Economista y Doctor en Relaciones Internacionales. Autor del Libro “La Sociedad Anestesiada. El sistema económico global bajo la óptica ciudadana.”

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