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CRONOTERAPIA.

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Luis Tonelli. Al estar en medio de la peor crisis de la historia argentina, hay algo peor que tomar una decisión equivocada: el no tomar ninguna decisión.

La política de la “no decisión” o bien sirve para favorecer al status quo, o bien para el “cuanto peor, mejor”, que no se sabe porque debería favorecer la situación de los argentinos, o siquiera, la del gobierno.

Inacción y parálisis que contagia al resto de la sociedad, abrumada y necesitada de un liderazgo que le lleve esperanza, tranquilidad, y especialmente la llene de energía para sobreponerse en este momento tan complicado.

Es un tanto difícil encontrar una explicación de lo que le sucede a un gobierno integrado con personas experimentadas y fogueadas en el manejo de la cosa pública y que cree que la cronoterapia, expresado en la máxima que “el tiempo todo lo cura”, es la mejor respuesta a semejante crisis perfecta. Las pocas decisiones que se toman llegan tarde y débiles. Como las recientes medidas anunciadas por el Ministro Guzmán. No es que ellas estén mal. El problema es que, a esta altura de las circunstancias, ellas llegan tarde y encima aparecen como insignificantes ante la magnitud de los problemas. Con peeling y masoterapia no tenemos siquiera para cómo empezar en remontar la gravosa situación en la que estamos -que dista un tanto de parecerse a un SPA-  y que así, solo tiene como prospecto seguro, su empeoramiento.

Un tema, que quedó planteado desde el anuncio de la misma fórmula presidencial del Frente de Todos, por la mismísima Hacedora de ella -por canal YOUTUBE- fue el de la conducción del peronismo en el poder, que se sabe es consustancial a esa fuerza que tiene en la verticalidad la única manera de canalizar la enorme vocación de poder de sus integrantes. De cómo se resolvería el problema esencial de una cabeza formal del poder y una real. Por supuesto analistas y periodistas nos dieron profusas y claras explicaciones de por qué la interacción entre Alberto Fernández y Cristina Fernández no conllevaría ninguna dificultad. Pero pareciera que no fueron leídas y escuchadas ni por Alberto ni por Cristina.

Ahora, la crisis misma, y no solo las necesidades de organicidad de los herederos de Perón, demanda un liderazgo (no por nada, la salida -y la entrada a las anteriores crisis argentinas en democracia- encontró a los herederos de Perón en el gobierno: 1989 y 2002). Pero esta vez, no ha emergido el Piloto de Tormentas. Alberto Fernández ilusionó al país en erigirse como tal cuando decretó la cuarentena temprana y total, cosa registrada por las encuestas -que fueron leídas con zozobra por la Guardia Imperial Camporista-.

Después, el Presidente entró en devaneos propios de un Logócrata, o sea, alguien que piensa que todo consiste en sostener lo dicho y aniquilar lo que se dice en contra de lo dicho. El Cuarentena o Muerte con que el Presidente y su grupo de infectólogos amonestaba a cualquier que manifestara dudas o simplemente preocupación se ha convertido en un Cuarentena y Muerte, frente al cual el Gobierno de los Fernández ha procedido como hacía López, el personaje de historieta de Altuna: escabulléndose por la primer puertita a mano para entrar en una realidad paralela donde todo está, por lo que expresan, muy bien y viento en popa.

Uno empieza a dudar si el discurso oficialista ya, más que estar dirigido a que la población no baje los brazos, o siquiera para manipularla cínicamente, es esa autodefensa sicológica típica, negadora de la realidad, en la que los únicos que se la creen son los que la exponen.

El truco que no se sabe si funcionó alguna vez, pero que ahora claramente no lo estaría haciendo, es el endilgarle todo mal al “neo liberalismo”, incluso como causal de la pandemia y peor que ella. Entelequia a la cual ahora se la presenta como excusa por las ineficiencias e inefectividades prácticas que ostenta el gobierno en una magnitud abrumadora. Una meritocracia de la mala praxis.

No se trata del bloqueo típico en el presidencialismo entre gobierno y oposición, sino del bloqueo típico en el que entra el peronismo cuando la cuestión de la conducción no está resuelta. Y no es solo entre Alberto Fernández y Cristina Fernández, sino que involucra a todo el resto de los protagonistas, exponentes de la biodiversidad peronista y afines: especialmente gobernadores y mini gobernadores (los intendentes del conurbano bonaerense), los sindicatos, los nuevos movimientos sociales, etc. , etc.

Los que descartaban que el Presidente iba a gobernar por tener en su mano la “lapicera”, ante la constatación que Alberto Fernández “no firma” creen que se trata de un mero problema de voluntad, que el Presidente no quiere, y por eso, ese vacío es llenado por su vicepresidenta. Pero como Alfonsín lo manifestó en el mensaje en el que adelantaba su entrega del poder, en frase de Carlos Nino, en política se trata de “querer”, pero también de “saber” y de “poder”.

Alberto Fernández ha sido más un político de profesión, y dentro de ellos, más un funcionario que un político de vocación. Y por otra parte, por algo fue elegido por alguien que si sabe algo es de administrar el poder. Como reza la primera máxima de la política “nunca nombres un delegado en el que no puedas nada delegar y que, especialmente, no puedas controlar”.

No hay peor cosa para el que manda que despertarse un día y constatar que en su jardín le han crecido sus enanos.

 


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