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Cuando cunde la desconfianza

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Por Luis Tonelli. Todos los gobiernos, en algún momento, pierden el sentido de la realidad. Pero en la Presidencia de Alberto Fernández, por el contrario, tenemos que preguntarnos si en algún momento se va a recuperar el sentido de la realidad.
Era un gobierno razonable hasta que con la cuarentena comenzó a cerrarse sobre sí mismo y a volver a las mejores tradiciones cristinistas de inventarse un relato, y pasar del cínismo de producirlo a la ingenuidad suicida de creérselo él mismo. Uno lo escucha al Presidente auto elogiando su gestión y no es que introduzca algún matiz polémico en sus dichos. Si no que directamente habla de otra Argentina solo presente en su imaginación.
Quizás, la estratagema discursiva ha sido la que exhibía el marxismo en su momento, que criticaba al capitalismo por lo que era pero lo comparaba con lo que la teoría decía que iba a ser el mundo comunista, no por las experiencias comunistas reales.
Así, el Presidente crítica al Gobierno pasado -al que obviamente se puede criticar y mucho, y habiendo recibido la crítica más dura que puede esperar un mandatario (no lograr su reelección) pero lo hace comparando ciertos números de la gestión anterior con declamaciones sobre la nueva perspectiva ideológica que tiene el gobierno. Así el Presidente habla de desempleo, pobreza, caída de la actividad industrial, etc. y le opone la nueva visión del gobierno contra el desempleo, contra la pobreza y dinamizadora de la actualidad. Como si a Macri le hubiera gustado crear pobreza, desempleo y recesión.
Claro, al Presidente se le escapa pequeño detalle en su comparación: la pandemia junto con la cuarentena han generado la peor crisis de la historia argentina. Y por malos que fueran los números de la administración Macri, jamás se van a parecer a los mejores números de, al menos, los que exhibe este primer año de Alberto Fernández. No se puede comparar una estangflación con un país directamente cerrado por meses (con solo esa maquina de producir dólares que es el campo, más o menos funcionando).
El PBI durante el gobierno de Macri se contrajo unos 5 puntos del que heredó cuando asumió (valga aclarar que la economía de CFK también estuvo en sus últimos años en recesión ya que por algo perdió las elecciones). Pero las proyecciones para este año estiman una caída del 12%, algunos de 15% y otros hasta hablan de la terrorífica cifra del 20% de caída del PBI.
Siempre se puede, sin embargo, echar mano a algún recurso argumentativo (como enseña Schopenahuer en el Arte de tener razón.) tal como “imaginate” lo que hubiera sido esto si Macrí ganaba la reelección, cosa que como contrafáctico que es, no existe y es de la misma naturaleza que exclamar “que pasaría si Alberto Fernández no estuviera condicionado por Cristina Fernández”. Si mi abuela y mi abuelo hubieran sido mis tíos, yo sería su sobrino y no su nieto. O sea, es hacer meras suposiciones que no significan nada.

Lo grave de todo esto no es, sin embargo, lo incorrecto de la comparación. Lo realmente preocupante es un gobierno que se duerme pensando que lo que hace está bien por definición, porque gobierna para los que “menos tienen” y la realidad muestra que, o toma las riendas de la situación, o una crisis económica aguda puede complementar el desastre de esta caída libre en todos los indicadores sociales y económicos.
Un ejemplo clarísimo de como este gobierno procede es la cuarentena. Pensó que con solo enunciarla temprano ya estaba todo resuelto. Que no era necesario testear. Que no era necesario pensar que sucedía si se extendía. Ahí estamos: teniendo los mismos muertos que tuvieron los países a los que los sorprendió la pandemia e instrumentaron la cuarentena tardíamente.
Pese a que Alberto Fernández habla de que el suyo es un gobierno distinto al que “gobernaba para esos pocos que compran dólares”, lo cierto es que pese a la caída de las importaciones, el cero turismo al exterior, y el default técnico, las reservas del Banco Central están sin poder de fuego ante una corrida contra el peso.
Y se han ido reduciendo no por la acción maligna de una elite, sino por la ventana de los 200 dólares mensuales que se pueden comprar (cifra que no le hace cosquillas a los que tienen dinero de verdad). Y esto sucede, si, por la desconfianza que se tiene en el futuro económico del país, actuando el gobierno de las mil maneras posibles para acentuar esa desconfianza.
El discurso populista contra los que tienen dinero, la insistencia del presidente en que no es el mérito el que produce éxito (ni mencionando allí el tema clave de la educación como la gran igualadora de oportunidades), la despreocupación por poner en marcha las actividades económicas, la vocación confiscatoria (en la permisividad frente a la toma de tierras, en el intento con Vicentín, y en la sustracción de un punto de la coparticipación para la CABA, número acordado con todas las provincias en el consenso fiscal que acordó Macri en su momento). Para peor, el gobierno ha perdido la calle, tanto con las protestas opositoras como la rebelión de la policía bonaerense, de la que han estado atrás algunos intendentes que resisten el avance de La Cámpora en sus distritos y la candidatura de ese personaje que es SuperBerni.
EL gobierno tiene que dejar de lado su demagogia irreal y producir un shock de confianza. Y el momento es ahora. Todavía, quizás, se esté a tiempo.

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