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Cuando se habla de ingobernabilidad

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Por: Luis Tonelli. Una de las “grandes” contribuciones de la ciencia política al habla cotidiana de los argentinos -y me permito decir al sentido común global- ha sido el concepto de “gobernabilidad”, hoy utilizado por todos. A tal punto que acabo de cortar una conversación telefónica con mi Tia Nacha que me preguntó si el Presidente Fernández no estaba enfrentando la amenaza de ingobernabilidad.

Como buena madrina de politólogo, mi tía dio en el clavo. Es difícil medir la gobernabilidad que ostenta un Presidente. ¿Cuándo podemos hablar que un gobierno está efectivamente gobernando a una sociedad? ¿Cuándo hay calma chicha política? -lo cual puede ser un indicador que renuncia mansamente a luchar contra el status quo- o a la inversa, ¿cuando estalla el conflicto?.

Giovanni Sartori habla en su Teoría de la Democracia de la diferencia entre democracia gobernada (por los intereses particulares) y democracia gobernante (que se impone frente a la particularidad desde su encarnación de una voluntad popular).

Dado la dificultad para dar cuenta objetivamente de estos criterios de demarcación “normativos”, se opta por medir la falta de gobernabilidad, o sea la ingobernabilidad, que no es lo mismo que hablar de gobernabilidad democrática pero que sin dudas hace a un aspecto decisivo de ella: la estabilidad de un gobierno.

Afortunadamente hemos dejado atrás la constatación que los problemas que enfrentaba un gobierno civil se convertían en una crisis del régimen anunciándose ya la ruptura democrática y la instauración de un régimen autoritario. Hoy, lo que tenemos, como hace años precisó Leonardo Morlino, son crisis en el régimen y no crisis del régimen democrático -a pesar de ciertos augurios tenebrosos de algunos políticos argentinos-.

Y pareciera insinuarse una tendencia que también es constatable en la evolución de otras crisis: a la incertidumbre le sigue la ingobernabilidad. La presidencia Fernández (al cuadrado) ha cumplido llenar con esmero la primera fase de esa evolución. La incertidumbre causada por la pandemia del COVID 19, virus del que sigue sabiéndose poco, parece haber querido contra restarse con la producción inaudita de más incertidumbre (por eso, quizás, de que la mejor manera de esconder un elefante es entre medio de 100 elefantes. ¡Eso sí, cuidate hermano de la estampida de los paquidermos!).

A la incertidumbre de la pandemia, se le agregó la incertidumbre económica, la incertidumbre de la cuarentena o no cuarentena (que así adquiere caracteres cuánticos, como el Gato de Shroedinger -que puede estar tanto vivo o muerto), la incertidumbre política (manda el Presidente o la vice Presidenta) y asi en cada ámbito que uno examine más o menos de cerca. No es de extrañar entonces que se manifiesten algunos indicadores de ingobernabilidad: manifestaciones, conflicto con los otros poderes, radicalización del discurso político. Etc., etc.

Pero lo realmente preocupante, es que algunos de estos conflictos no son ajenos a la misma fuerza política que hoy gobierna, el Peronismo. O sea, no se trata de conflictos con un poder exterior, al que se busca doblegar en un intento de consolidar una “democracia gobernante” en los conceptos de

Sartori. Si no, las primeras manifestaciones de un disenso interno que es la causal más grave de la profundización de una crisis de gobernabilidad.

Obviamente, el gobierno -mostrando no su hilacha, sino su grotesca costura hecha con hilo sisal- hace uso del manual del buen alumno cristinista y quiere convertir esos problemas en la sempiterna lucha del Pueblo contra el malvado neo-liberalismo.

Sin embargo, del grave conflicto suscitado en el heartland kirchnerista que es el conurbano con una fuerza estatal, y nada menos su policía, emana un tufillo que suena a interna entre los intendentes por un lado y La Cámpora por el otro. Cuando al Partido del Orden -del que es heredero el peronismo-, le ganan la calle, es por un conflicto interno, no externo. Máxime cuando el Partido de la Libertad expresado hoy por Juntos por el Cambio, no tuvo que sufrir semejantes zozobras a nivel conflicto político.

Y ahora, el gobierno enfrenta un conflagración tanto por él iniciada, como por el agravada que es el STOP que le ha puesto la Corte Suprema de Justicia a su domesticación oficialista. Cuestión tematizada como fracaso por el mismo gobierno que salió a desautorizar la iniciativa del Presidente de la Corte, Carlos Rosencrantz, para luego manifestar su sorpresa y desilusión por la aceptación unánime del per saltun de los Supremos “en on” a través del Viceministro de Justicia, Juan Martín Mena -expresándose así la trastocación de los valores en un país donde ser vice es más que ser titular.

Falta el fallo sobre la cuestión específica del traslado de los jueces y ahí saldrá pato o gallareta, como dice el refrán popular, pero lo que importa es la parada de manos de la corte a su domesticación oficialista. Con el detalle que no hay que perder, y que está en sintonía con la idea de conflicto interno a la coalición gobernante: que la corte exhibe una mayoría peronista en sus Jueces Supremos Juan Carlos Maqueda, Ricardo Lorenzetti y Horacio Rosatti, con indudables lazos con los gobernadores del Justicialismo.

Son las primeras escaramuzas, pero que al darse en un gobierno que parece confiar en que la cronoterapia del dejar hacer, dejar pasar todo lo cura -cuando, en realidad, todo lo agrava- no deja de ser muy preocupante.

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