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EL BIEN Y EL MAL

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Victoria Camps ¿Por qué es tan difícil que la ley moral dirija efectivamente nuestras vidas? ¿Por qué, entre las numerosas razones que condicionan la conducta, las razones éticas cuentan tan poco? Hay una respuesta sencilla y rápida a estas preguntas y es la siguiente: no basta conocer bien, hay que desearlo; no basta conocer el mal, hay que despreciarlo. Si la respuesta no es equivocada, de ella se deduce que el deseo y el desprecio, el gusto y el disgusto son tan esenciales para la formación de la personalidad moral como lo es la destreza en el razonamiento.

Emociones en la ética: Las emociones son los móviles de la acción, pero también pueden paralizarla. Hay emociones que nos incitan a actuar, otras nos llevan a escondernos o a huir de la realidad. Todas las emociones pueden ser útiles y contribuir al bienestar de las personas que las experimenta, para lo cual hay que conocerlas y aprender a gobernarlas. Es posible hacerlo, porque las emociones, al igual que otras expresiones humanas, se construyen socialmente.

Es el contexto social el que señala a tener vergüenza o no tenerla, el que sienta las bases de la confianza, el que indica qué hay que temer o en que hay que confiar, el que propicia o distrae de la compasión. Cambiamos de mentalidad o de opinión porque han cambiado también nuestros sentimientos. Así se explica el progreso hacia la no discriminación de todos aquellos que, porque eran vistos como diferentes, provocaron durante mucho tiempo disgusto y rechazo.

El gobierno de las emociones es el cometido de la ética. Fue visto así desde antiguo, desde que los griegos, y en especial Aristóteles, entendieron que la ética consistía en la formación del carácter (ethos) de la persona.

Los deberes y los derechos vinieron luego, con la Modernidad y el individualismo que los primeros derechos trajeron consigo. Los griegos no hablaban de deberes, sino de virtudes o del conjunto de cualidades que debía adquirir la persona para lograr la excelencia.

No especularon mucho sobre el fundamento de la ética ni perdieron demasiado el tiempo en preguntarse por qué hay que ser moral. Les preocuparon más qué actitudes eran más favorables para convivir en la ciudad y cuáles contribuían a entorpecer la vida en común. Los sentimientos no siempre ordenados, debían ser administrados por la facultad racional. Administrados no suprimidos, ya que el carácter, la manera de ser de la persona se traducía en disposiciones que para ser efectivas, debían seguir teniendo un componente emotivo. La educación moral está destinada a hacer de cada uno un ser justo, prudente, magnánimo, temperante, valiente. O sea una persona habituada a manifestar su capacidad para la justicia, la prudencia, la generosidad o la valentía, sintiendo esos valores como algo propio, incorporando a su manera de ser.

Desde hace unos años, acuciado por el desarrollo de la psicología, el lenguaje de las emociones se impuso en todos los campos. De ahí que la ética se fuera entendiendo más y más como el dominio y la erradicación de las pasiones.

El discurso actual sobre las emociones pretende corregir esa tendencia y distanciarse del racionalismo hegemónico. La moralidad no se reduce solo a una especie de clasificación de acciones como buenas o malas. Es también una sensibilidad de acuerdo con la cual uno siente atracción hacia lo que está bien y repulsión hacia lo que está mal.

También la ética es una inteligencia emocional. Llevar una vida correcta, conducirse bien en la vida, saber discernir, significan no solo tener un intelecto bien amueblado, sino sentir las emociones adecuadas en cada caso. Si el sentimiento falta, la norma o el deber se muestran como algo externo a la persona, vinculado a una obligación. La persona equitativa no es la que paga impuestos para evitar la inspección de Hacienda y la multa que le caerá si no desembolsa lo debido, sino la que se identifica con el imperativo moral de que es bueno redistribuir la riqueza.

La amenaza de sanción en caso de incumplimiento ayudan y contribuyen a la formación moral; no consiguen una formación íntegra y duradera. El individuo tiende a escapar de la norma si no la ha convertido en parte de sí mismo, si no llega a habituarse a ella porque la siente como la norma adecuada. Las emociones no solo son algo que nos ocurre sin provocarlo ni quererlo, sino que pueden acabar siendo parte esencial del carácter moral. De esta forma, la ética o la moral deben entenderse no solo como la realización de unas cuantas acciones buenas, sino como la formación de un alma sensible.

 

Victoria Camps preside la Fundación Victor Grífols i Lucas y el Comité de Bioética de España. Ha escrito diversos libros.


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