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El día en que Brasil decidió gestionar el trato de país hegemónico

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Quienes intentan explicar el eslabón perdido entre el futuro político de Brasil y el de las mareas de creciente sesgo populista o izquierdista que en otros tiempos solían tomar como referencia al hoy inhallable liderazgo Occidental, deberían estudiar cómo hará el presidente electo Lula da Silva para cumplir con su exigente y compleja agenda.

En especial, cuando el proceso incluye la reinserción de su país en el mundo; la noción de congelar la negociación de acceso a la OCDE; ganar el status de país hegemónico (cualquiera sea el alcance de semejante galón o rito) y guardar equidistancia en sus vínculos con Estados Unidos, la Unión Europea y China.

Hasta el momento nadie dice saber cuán viable y costoso es el paquete que los dirigentes petistas (PT) se animarán a poner sobre la mesa para conseguir ese trato de los gobiernos y los foros e instituciones relevantes de diálogo, regulación (del comercio, los sistemas ecológicos y el cambio climático), seguridad y paz global; crédito, cooperación e integración del planeta.

Para responder a tal acertijo, es necesario confirmar que el paquete geo estratégico, económico y ambiental (el territorio amazónico) que Brasil se dispone a brindar como servicio global (global conmons) al planeta a fin de preservar (sin ceder soberanía) sus virtudes y propiedades naturales, la condición de pulmón y de sensible fuente de materias primas para industrias como la farmacéutica, bastará para recibir trato igualitario en lugares como el Grupo de los 7 (donde su gobierno solía ser un frecuente invitado).

Obviamente, sus interlocutores no sólo medirán el hecho geoestratégico, sino cuánto valor tangible supone incorporar a Brasil como país hegemónico en cada entidad o grupo de poder.

En su primer discurso poselectoral de San Pablo, el Presidente electo dio algunas pistas. Habló, con un guion pleno de consignas europeas, acerca de las bondades de ser una nación ambientalista y del compromiso de llevar a cero el proceso de desertificación de la Amazonia brasileña, una meta que, por olfato, nos induce a creer que el próximo gobierno ya discutió seductores ententes con la UE, los que parecen ir más allá del habitual y a veces polémico concepto de desarrollo sostenible.

Nadie aclaró si Lula quiso decir que su gobierno intenta prohibir totalmente la desertificación o irá por el concepto de lograr el cero neto como nivel de desertificación, una palabrita que cambia por completo el sentido, el alcance y la rigurosidad del compromiso.

Al zambullirnos en el qué pasa, es preciso recordar que el Partido de los Trabajadores (PT) y muchos protagonistas que en esta vez se acercaron a ese frente electoral, como los experimentados cuadros que se forjaron con la generación socialdemócrata de Fernando Henrique Cardoso, vieron con buenos ojos la idea de despolitizar las acciones de cooperación con América del Sur (donde la mayoría de los países son parte del Mercosur); resucitar la fuerte presencia hegemónica de Brasil en los foros globales y regionales; y el encuadre de volcar ese activismo a proyectos realistas de conectividad y desarrollo sostenible.

O sea, una hoja de ruta que apunta a desvincular el proceso de cooperación regional cono-sureña del pendular humor o reacción hepática de sus impredecibles gobernantes.

A principios de octubre Lula había anticipado, en Conferencia de Prensa, que esos habrían de ser los insumos de la plataforma que esperaba imponer si conseguía llegar, por tercera vez, a la Jefatura de Planalto (el Palacio presidencial; ver mi columna del 9/10/2022).

En este ciclo quedó claro que a los dirigentes petistas no los inunda de felicidad oír el romántico concepto de “almas gemelas” que acuñó y repite babosamente el titular de nuestra Casa Rosada.

Bajo ese techo analítico, nadie cree ver la llegada de un marco de cooperación o salvataje apto para diluir, por arte de magia, el caos económico y social de las naciones que viven pendientes de los guiños, señales o ayudas del más allá para encarar sus obligaciones terrenales en el más acá.

Pero, como diría Jorge Sábato, no todo es oscuro en la noche. A mediados de octubre Claudio Escribano, el legendario ex subdirector periodístico del diario La Nación (LN 15/10/2022), concibió un ensayo sobre la posverdad que identifica por su nombre a cada ingrediente de ese guiso intelectual y snob de efluvios parisinos (el vocabulario o los errores de esta columna no resultan imputables al talento de ese gran colega).

De esos grupos emergió la idea de ignorar el valor referencial de las verdades (algunos incluyen los hechos), bajo el supuesto de que éstas no tienen entidad y se pueden rechazar con otras construcciones humanas. Crearon, en síntesis, un magnífico jubileo para los que hoy abusan del arte de mentir en planos como la cultura o las políticas públicas.

Y esa vibra golpeó al cuarto poder con el feroz big bang de las redes sociales.

Sugestivamente, Escribano subrayó la existencia de tal escenario, pero eludió indicar los reflejos y cambios que será necesario montar para neutralizar ciertas prioridades y distorsiones originadas por los algoritmos, que hoy tienden a bloquear o moldear significativas porciones del factor humano en el cuarto poder.

De ahí que la prensa referencial sabe, o debería saber, que urge civilizar el conflicto que media entre los intereses de la libido humana y la genuina importancia de cada contenido, un terreno que no debería ser ganado por la doctrina monosilábica que practican las nuevas generaciones.

Julio Ramos, el inventor de Ámbito Financiero, hizo uso intensivo del “gustó” o “no gustó”, una modalidad que puede ser gratificante para quienes creen que fundamentar una opinión, o informar con calidad y método periodístico, puede ser una forma de ultraje a los derechos humanos.

La premisa básica de Escribano es que el periodismo tiene que ganar el interés del lector sin entregar la plaza a la deformante presencia de las redes sociales.

El ensayo también enumera los satánicos efectos del nuevo relato y aconseja descartar los textos amañados de la posverdad al difundir políticas públicas. Recordó que Aleksandr Dugin, uno de los más influyentes asesores del presidente Vladimir Putin, es el artesano de los relatos orientados a dar supuesta lógica y brillo a la bestial masacre que hoy genera la invasión rusa en Ucrania.

Estos hechos no hacen más fácil la tarea de los editores de grandes medios, quienes tienen la sensible carga de decidir cómo sigue este juego. Es la obligación de repreguntarse, con mayor intensidad, hasta dónde debe llegar la prioridad que se asigna al interés carnal del lector y hasta dónde es necesario persistir, con o sin subordinación a los ratings tecnológicos, en la noción de respetar la calidad e importancia del contenido editorial.

En otras palabras, hasta donde manda el algoritmo y hasta donde tendría que mandar la noción de taladrar en los temas que definen las instituciones y los juegos socio-políticos de la vida real.

Hoy el saber periodístico, o de los académicos formados a media máquina, no tienen oportuno acceso a los recónditos lugares donde ocurren los originales debates de punta para cotejar, con razonable democracia, el mercado de las ideas.

El primer cuello de botella de una academia de excelencia, es la baja intensidad de los programas de estudio y la falta de docentes adecuados para responder a cada exigencia.

Mucha de la sabiduría contemporánea no se aprende en la academia sino de los trabajos o debates con practitioners altamente sofisticados, como los que son baqueteados en la diplomacia de alto vuelo, la ingeniería atómica, espacial o en las ramas avanzadas de la inteligencia artificial. Atahualpa Yupanqui solía afirmar que “nadie puede largar afuera, aquello que no tiene adentro”.

Jorge Riaboi es diplomático y periodista.


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