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EL EFECTO PALACIO. | 7miradas

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Estas líneas se deben a un alto funcionario de la administración. Si no figura su nombre es por razones obvias: no es su situación la que inspira estas líneas sin la experiencia vivida durante el ejercicio de sus funciones.

Podemos denominar efecto palacio a la separación que opera entre el poder político (institucional, temporal), y el resto del mundo.  La relación del poder central con el resto del mundo y del mundo con el poder central nunca es de comunicación plena, de comprensión plena; pero cuando se desarrolla el efecto palacio, la relación se contamina y entrecorta.  En el efecto palacio, el gobernante se relaciona y se comunica con los cortesanos: una parte minúscula del resto del mundo, que se ofrece (interesadamente) como intermediaria para llevar al poder central percepciones sobre el resto del mundo, para traducir los problemas del mundo y ofrecer soluciones a los problemas del resto del mundo, adaptadas y formateadas para que el poder pueda tomar decisiones.

Los cortesanos son interesados porque, por supuesto, su trabajo implica alguna forma de participación del poder central.  Poderoso no es sólo el gobernante, sino también los cortesanos.

 

Entre el poder y los cortesanos se crea una dinámica palaciega, separada del resto del mundo.  Ni el resto del mundo puede comprender las intrigas del palacio (entre el poder y los cortesanos, aislados), ni las intrigas del palacio tienen relación directa con los problemas del resto del mundo (se reproducen entre los actores del palacio).  El mundo y el palacio no se comprenden ni implican.  Son mundos heterogéneos.

 

Gobernante (poder político central) – Palacio – Resto del mundo

Cortesanos traductores

 

De qué modo el poder central concibe al resto del mundo, se hace una idea de él, es una cuestión clave.  Una mirada inocente piensa que las cosas son como son, y el poder no tiene más que abrir los ojos y los oídos para entender lo que pasa en el mundo.  Las miradas más sofisticadas se enfocan sobre las preconcepciones ideológicas y las categorías a través de las cuales se enfocan los problemas del mundo, tanto desde el poder central cuanto de cualquier otro lugar en el mundo.  La teoría institucionalista puede hacer foco en las burocracias, una forma institucionalizada de los cortesanos.  Pero cuáles son realmente los problemas del resto del mundo (del conjunto o de cada actor particular) es otra cuestión.  Porque depende de quién los formule.

El gobernante toma decisiones sobre la base de su propia preconcepción de los problemas, desde el punto de vista del poder, son los problemas-para-el-poder.  Los cortesanos influyen en esta preconcepción.  El poder dicta, de arriba para abajo, cuáles son los problemas del mundo (del conjunto y de cada parte del mundo), y como el punto de partida es la propia preconcepción, influida por la concepción de los cortesanos, en este dictado hay más modalidades del propio poder y de su relación con los cortesanos que elementos reales, concretos del resto del mundo.

 

Percepción del mundo por parte del poder

Los problemas del mundo – Preconcepción de los problemas-para-el-poder

 

Pero en el resto del mundo hay, por supuesto, agentes.  Estos agentes, en la medida en que tienen cuotas de poder ellos también (cuotas de poder cuyas fuentes y temporalidad son más o menos diversas respecto de las del poder central), son actores que se traban en relaciones, alianzas o conflictos más o menos abiertos con el poder central, entre ellos, y también entre ellos respecto del poder central, al gobernante.  Los actores tienen su propia comprensión de sus problemas y los problemas del mundo.  Cada actor formula sus propios problemas, como también su propia comprensión de los problemas de los demás actores, para mejor comprender y proyectar su posición en el tablero.  Estos son los problemas-para-cada-actor.

 

Cada actor se enfrenta a la bajada, el dictado de los problemas-para-el-poder, que son más o menos diferentes de los problemas-para-cada-actor.  Que coincidiesen requeriría una comunicación perfecta entre el poder y los actores, un acuerdo ideológico y metodológico, una empatía absoluta entre el poder y los actores, etc.

 

El efecto palacio aumenta el hiato entre una y otra formulación de los problemas, aleja al gobernante de una mejor comprensión de los problemas-para-cada-actor.

 

El poder es heterogéneo respecto de la comunicación.  Al revés que en Habermas, que trata de inferir las formas del poder a partir de realidad pragmática de la comunicación, el poder aparece justamente allí donde se termina y no hay más comunicación, o donde no alcanza con la comunicación y hace falta algo diferente.  Tanto el ejercicio del poder cuanto la vocación y aptitud de comunicación entre los actores y respecto del poder central, definen sus límites mutuamente.  La formulación de los problemas no es ajena a esta relación de poder, y por el contrario, hay una forma de poder en cómo se formulan los problemas.

 

El efecto palacio parte de la separación objetiva entre el poder y el resto del mundo (el Estado y la Sociedad Civil), pero se desarrolla por muchas causas.  Una de estas causas es un ruido especial en la comunicación entre el poder central y el resto del mundo.  En ese ruido participan las preconcepciones del gobernante y el accionar distorsivo de los cortesanos, pero no se agota en estas cosas.  Entre el poder central y el resto del mundo siempre ocurre, en un punto, una obliteración de la comunicación y un ejercicio unilateral del poder.  Entre las potestades del gobernante está decidir cuándo se termina la comunicación y es momento de ejercer el poder.  El poder central empieza a enajenarse, a expresar el efecto palacio, cuando el ejercicio del poder opera de espaldas, sin conexión genuina con el resto del mundo.  Y, por supuesto, los cortesanos pueden retroalimentar, agravar esta dinámica.

Existe una fantasía vulgar respecto del poder, que lo conecta con el capricho.  Por supuesto, el poderoso puede operar en forma caprichosa, pero no puede sustentarse como poderoso siempre en el capricho.  Como el cauce de un canal, puede torcer el curso del agua siempre y cuanto contemple el propio poder y características del caudal de agua que intenta orientar.  Una curva demasiado pronunciada del canal no sólo no logra el cometido de dirigir el agua, sino que por el contrario la frena y desborda.  El poder del gobernante funciona en la medida en que se relaciona con los poderes fácticos respetando sus dinámicas propias, comprendiendo sus intereses, su propia concepción de los problemas, etc., por ende, muy lejos del capricho.


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