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El G-7, un foro que pierde influencia y empieza a reflejar un mundo de ayer

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El grupo encarna un orden planetario caduco, en el que tiene menos peso económico y está atravesado por el populismo

PARÍS.- Para muchos, es la crónica de un no acontecimiento anunciado. Nunca el G-7 pareció tan obsoleto como en esta nueva edición, en Biarritz. Esa reunión que reposa sobre la hegemonía de las potencias occidentales y su apego a valores comunes -democracia, economía de mercado y respeto del derecho internacional- encarna un orden planetario perimido: un mundo ahora atravesado por fuerzas populistas y nacionalistas, al que se han sumado otros actores de igual importancia.

































A imagen del Hôtel du Palais que lo acoge este fin de semana, el G-7 encarna el discreto encanto de un mundo anacrónico. Un mundo muy “setentoso”, donde sus miembros totalizaban 70% del PBI mundial y decidían ampliamente los destinos del planeta. Esos siete países -Francia, Alemania, Estados Unidos, Italia, Japón, Gran Bretaña y Canadá- hoy solo generan el 40% de la riqueza mundial. Dos de ellos, Italia y Canadá, ocupan sillas que podrían haber cedido ahora a China y la India, mucho más poderosos económicamente.

Pero más que el retroceso económico de los miembros del G-7, que al fin y al cabo no es nuevo, lo que más preocupa este año es el avance del populismo y el nacionalismo en la mitad de sus miembros -Estados Unidos, Gran Bretaña e Italia-, así como la debilidad política de sus líderes.

























Entre los siete dirigentes presentes en Biarritz, tres están en una delicada situación: la canciller alemana, Angela Merkel, prepara su retiro de la vida política; el premier Giuseppe Conte asegura en este momento el interinato del poder en Italia, y el premier canadiense, Justin Trudeau, está empantanado en un escándalo de corrupción en su gabinete que compromete su chance de victoria en las elecciones legislativas de octubre.

















Los tres están demasiado frágiles como para aportar algún apoyo al presidente francés, Emmanuel Macron, sobre cuestiones esenciales como el clima, el Brexit o la lucha fiscal contra los gigantes de internet. Tampoco se puede esperar demasiado del premier británico, Boris Johnson, o del presidente norteamericano, Donald Trump, que sienten un desprecio manifiesto por las cumbres multilaterales y se preocupan, sobre todo, por sus intereses comunes.

Es verdad, el mundo bipolar parecía mucho más simple en 1975, cuando el presidente francés Valéry Giscard d’Estaing reunió por primera vez en Rambouillet al G-7 -el cual no incluía a Canadá- “para analizar los temas importantes del planeta, con toda franqueza y sin protocolo, en un ambiente distendido”. Y siguió así incluso hasta comienzos de este siglo, cuando la realidad internacional se definía en pocas palabras: una potencia norteamericana indiscutible, la mundialización como horizonte absoluto y la creencia en “el fin de la historia”.


















Incertidumbre

Veinte años después, la ola populista y las tensiones internacionales colocan al planeta frente a un futuro de incertidumbre. La Europa de la Liga, del Brexit y del grupo de Visegrado tiene dificultades para avanzar. La “
America First” de Trump brutaliza los intercambios comerciales, y fragiliza el acuerdo sobre el clima y todo el sistema multilateral. En todos los continentes, las “democraturas” pisotean los antiguos valores.









Todo eso, con fondo de economía globalizada, eficaz para algunos, injusta para muchos, y que parece haber perdido sus principios: tasas de interés negativas, creación monetaria sin inflación, desempleo masivo, beneficios mal repartidos y el sentimiento creciente -sobre todo en los jóvenes- de una explotación insostenible de los recursos terrestres.

El popular “que se vayan todos” expresa el rechazo a esos desórdenes. Se nutre de la cólera suscitada por el aumento de las desigualdades, el miedo al progreso técnico y a la mundialización. En todas partes la confianza desapareció: en las elites, los representantes políticos, la ciencia, los cuerpos intermediarios e incluso en el futuro.









En otras palabras, el orden financiero liberal, nacido en Bretton Woods en 1944, basado en el libre comercio, la supremacía del dólar y las instituciones internacionales -FMI, Banco Mundial, OMC- parece a punto de desaparecer. Poco importa a sus detractores que haya permitido a cientos de millones de personas salir de la pobreza. Sus excesos, así como sus fracasos, consiguieron desacreditarlo.

Incapaz de renovarse, el G-7 pareció ignorar hasta ahora esos profundos cambios. Ese exclusivo club de potencias occidentales ignoró hasta hoy a China, que, aunque representa el modelo más acabado de régimen totalitario, se convirtió en la segunda economía mundial. ¿Y qué decir de la India? La mal llamada “democracia más grande del mundo”, cuyo PBI de 2,59 billones de dólares superó el año pasado al de Francia (2,58 billones).









Desde hace años, las cumbres anuales del G-7 son objeto de críticas. No solo por aquellos que ven, equivocadamente, el “consejo de administración” del capitalismo globalizado. También son cuestionadas desde adentro, por los que piensan que el formato, inventado en otro tiempo, está totalmente perimido. El resurgimiento del G-20 durante la crisis financiera de 2008 creó un marco más representativo, aunque tan poco propicio como el primero para la toma de decisiones concretas.

Cada año, el país responsable de recibir al G-7 resiste a la necesidad de reformar, negándose a perder la parte de “gloria” que representa la organización de un acontecimiento de esa envergadura. El único esfuerzo de renovación fue la inclusión de Rusia en 1997, agregada por su influencia política y no por su peso económico. La experiencia terminó, sin embargo, de la peor manera, cuando el país fue expulsado en 2014, después de la anexión de Crimea.

Desde hace tres años, después de la elección de Trump, el G-7 empezó además a atravesar una crisis moral. El “interruptor en jefe” del mundo libre, del cual debería ser líder indiscutido, decidió dejar de jugar en equipo. Su actitud del año pasado en Canadá, cuando retiró su firma del comunicado final duramente negociado, marcó el fin del escaso nivel de compromiso que conservaba el grupo.

Todo tiene, sin embargo, un aspecto positivo. En este caso, tanto el G-7 como el G-20, instancias informales, paralelas al universo inmóvil de la ONU, aún son ocasiones en las que los dirigentes del planeta “se pueden hablar”. Y eso ya es bastante.














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