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El grito de la paz

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Es desde el de los niños de Siria que crecieron entre bombas a el de las mujeres que en Ucrania y Rusia ven morir a sus esposos en una guerra sin sentido.

El tiempo que nos toca transitar, con sus divisiones, conflictos, el lenguaje bélico y agresivo que se escucha en nuestras sociedades, parece acallar aquellos gritos de muchos miles de personas, de enteros pueblos que buscan desesperadamente la paz.

Es un grito al que se debe prestar atención, e incluso amplificar, porque es el grito de tantos niños que han crecido, como en Siria desde hace más de diez años, con el ruido de las bombas y de las armas.

Es el grito de tantas mujeres que en Ucrania y Rusia ven morir a sus esposos en una guerra sin sentido, que crea heridas terribles, en pueblos que eran hermanos. Es el grito de las poblaciones del Norte de Mozambique sumidas en la violencia terrorista que atrapa a los jóvenes que no ven un futuro para sus vidas.Y así resuena el grito de paz desde muchos otros países y regiones del mundo.

En el encuentro promovido en Roma por la Comunidad de Sant’Egidio, en la senda del “Espíritu de Asís”, la oración por la paz en la ciudad de San Francisco que en 1986 convocó el santo pontífice Juan Pablo II, más de 300 líderes mundiales de las religiones, intelectuales, jefes de Estado, como el francés Macron y el italiano Mattarella, políticos, exponentes de los movimientos populares, han querido levantar la voz de la paz, sus razones, y pedir el cese del fuego en los países ensangrentados por conflictos bélicos.

Pero también la guerra asume diferentes rostros, como por ejemplo el deterioro de los vínculos sociales, donde las personas a menudo devienen objeto de la trata y de la explotación sexual. En esta perspectiva se ha afirmado que la trata de personas debe ser considerado como delito de lesa humanidad.

La presencia del Papa Francisco en el sugestivo cuadro del Coliseo, ha reafirmado con fuerza que “El grito de la paz suele ser silenciado no sólo por la retórica de la guerra, sino también por la indiferencia. Lo silencia el odio que crece mientras se combate”.

De hecho la invocación por la paz no puede ser silenciada porque surge del corazón de las madres, está escrita en los rostros de los refugiados, de las familias que huyen, de los heridos o de los moribundos. Andrea Riccardi, iniciador de la Comunidad de Sant’Egidio, ha afirmado en la jornada inaugural del encuentro que “las religiones no se encierran en una burbuja como hacen muchas instituciones. Normalmente se quedan en el territorio y en las casas: la sinagoga, la iglesia, la mezquita, el templo. Por eso cuando se quiere humillar el alma de un pueblo, se destruyen sus lugares sagrados y se viola a sus mujeres”.

Los que han asistido al encuentro representaban millones de fieles y creyentes y sobre todo han sido “voceros” de todos aquellos que viven padecimientos, torturas, muertes por causas de las guerras. Un llamamiento final ha sido entregado por una sobreviviente de la Shoá, una mujer que ha vivido el horror de la guerra y la pérdida de todos sus ser queridos, a un grupo de jóvenes sellando simbólicamente esta transmisión urgente de una generación a otra del rechazo a la guerra como la solución de los conflictos.

Un pasaje del llamamiento final destaca: “Estamos ante una disyuntiva: ser la generación que deja morir el planeta y la humanidad, que acumula armas y comercia con ellas, pensando ilusoriamente que nos salvamos solos contra los demás, o ser la generación que crea nuevas maneras de convivir, que no invierte en armas, que logra abolir la guerra como herramienta para solucionar conflictos y pone fin a la anómala explotación de los recursos del planeta”.

La paz de los fuertes se debe construir todos los días, por esto el grito de paz retumbará también en nuestro país el próximo 21 de noviembre en el simbólico monasterio de Santa Catalina de Buenos Aires con los diferentes líderes religiosos. Queremos junto a muchos seguir elevando el Grito de la Paz.

Comunidad de Sant’Egidio

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