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El imperdonable pecado de la vocera presidencial

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El dolor se sustrae a palabras pérfidas, trasciende la charlatanería. Hay palabras sí para el dolor, pero son alusiones que no terminan de expresarlo, cánticos a veces, poemas, plegarias, y un misterio que no puede ni debe rebajarse nunca a la ignominia del burdo esquematismo de la voluntad de poder.

Los sofismas más elementales se encuadran en esa geometría política hoy tan mentirosa; izquierda y derecha, que son falsas izquierdas y derechas, porque muchos de los que se dicen de izquierda inventaron ese escudo simplemente para robar. Y también muchos que se dicen de derecha solo por el oportunismo líquido de eventuales performances electorales exitosas.

La voz de la vocería presidencial enunciando que la derecha colocó las piedras de los muertos por Covid fue mejor descrita por el estoicismo sabio ante del dolor de Esteban Bullrich: “Esto me hizo sentir una mezcla de vergüenza ajena, tristeza y furia que es nueva para mí…”.

Fueron nueve segundos de los peores. Nueve segundos para pronunciar la aberración que condensa tantas tropelías y tantas irresponsabilidades, y tantas baratijas discursivas, y tanta impunidad sin vergüenza.

Sinvergüenzas.

En un punto esto no se va a superar. Quedará inscripto como el registro ubérrimo de la mezquindad más exigua, de la transgresión hacia los muertos que son nuestros, contrapuestos a las fiestas infantiloides pero por eso mismo más horrendas, que son de ustedes.

Los ritos funerarios populares han conjugado desde milenios los túmulos: la acumulación de piedras como la eternidad incólume frente a la fragilidad de la vida.

Los túmulos líticos (así los denomina la antropología) son una exhibición de respeto ante las lágrimas y de frente al infinito y al misterio.

Son un obituario mudo y profundo. Instauran en la yuxtaposición de esos objetos inanimados; las piedras, una reverencia ante los difuntos y una manifestación silente y trascendente frente a los que ya no están entre nosotros. Son una manifestación de arte funerario espontáneo y hacia la altura que nos aleja de la miserabilidad efímera de la politiquería y de la codicia pasajera de la ignorancia antropológica.

Pero los que partieron expulsados por la peste de algún modo están presentes en esas piedras, en ese homenaje ajeno al devenir hueco del demonio de las palabras perversas e imperdonables de los banales, de los tontos o de las tontas, cuyo único destino será el olvidable e inolvidable a la vez discurso de la maldad burocrática de los/las insensibles de toda insensibilidad.

La peste mató y mató por demás en la Argentina, por demoras rayanas en el delito del de los eslóganes de antaño, que perturbaron la llegada a tiempo de tantísimas vacunas por negocios turbios, por ineficiencia y por excusas tan añejas como la de la conspiración de los saqueadores de los territorios nacionales.




Las piedras que recuerdan a los muertos por el Covid, en un monumento de la Plaza de Mayo. Foto: Juan Manuel Foglia

Los saqueadores, los ladrones, están aquí, entre nosotros, aquí adentro. Se definen de izquierda y acusan a los deudos de pertenecer a la derecha.

¿Que mal hemos hecho a los Dioses todo para tolerar semejantes agravios, tan pero tan bajos y embarrados de avaricias distantes de todo sentimiento humano?

Con los muertos no se juega a la chabacanería política.

Salvo que quien juegue haya perdido el alma, que se vende a veces por rentas de toda especie.

¿La derecha? ¿Quien menciona ahora a la derecha, los privilegiados reaccionarios de usufructuar la propia inescrupulosidad para conservar sus beneficios?

¿Quién acusa de ser la derecha a los dolientes que somos todos?

¿O la dignidad de la muerte debe volverse vulnerable a la indignidad de los o de las miserables?

Esa frase de Gabriela Cerruti ,“la derecha colocó las piedras de los muertos”, refiere más al sarcófago de la mente de la enunciadora que a la exequias perennes de los que quebró el COVID.

Me ha pasado, alguien muy cercano partió partida por el COVID.

Y puedo asegurar que no era de derecha. Ni de izquierda.

Y nos pasó a todos, porque son los muertos de todos en un tiempo de vergüenza en donde los vivos tomaron vacunas para sí y robándolas carcajearon su descaro frente a todo el resto.

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