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El largo camino de las reliquias

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La Santa Corona de Espinas se exhibió en una ceremonia en la Catedral de Notre Dame en 2014 Fuente: Reuters


Es lo primero que se decidió salvar del incendio en la catedral parisina




A diferencia de la pesadez del estilo románico, cuyos edificios religiosos parecían presentarse como refugio contra el ataque del Mal, las nuevas catedrales del siglo XII ofrecían un reflejo del otro mundo.

Notre Dame

es el ejemplo más perfecto de esa insinuación del Paraíso. El historiador del arte Ernst Gombrich explicó con precisión esta singularidad: “Tan diáfana es la distribución de pórticos y ventanales, tan flexible y gracioso el trazado de las galerías, que nos olvidamos del peso de ese monte de piedra, que se eleva el conjunto de la estructura ante nuestros ojos como un espejismo”.





























Acaso por esa misma condición arquitectónica, es imposible no concebir Notre Dame como el recinto ideal para
las reliquias del Salvador: el trozo de madera de la Cruz, un clavo y la Santa Corona. Lo cierto, sin embargo, es que esos objetos de veneración no siempre estuvieron en ese lugar del que anteayer, aun antes de cualquier atención a las obras de arte también amenazadas (la Piedad del altar, por ejemplo, o la pintura
La conversión de Saulo, de Laurent de la Hyre). El camino por el que esas reliquias llegaron a la catedral es una historia en sí misma; un historia que tiene como protagonista a San Luis, antes Luis IX de Francia, y muy parisina Sainte-Chapelle, aunque en verdad hay también una prehistoria de esa historia.

Hacia el año 326, Santa Helena, madre del emperador Constantino, rescató restos de la Cruz. Más adelante, entre los siglos VI y VII, las reliquias se trasladaron a Constantinopla para protegerlas de las invasiones persas. Según explicó en estos días el arzobispo Patrick Chauvet, en 1238, Baduino II de Courtenay, el último emperador latino de Constantinopla, se encontraba “en grandes dificultades financieras y le propuso al rey de Francia Luis IX que se encargara de la corona de espinas”. El 10 de agosto de 1239 el rey recibió por fin las 22 reliquias, y el 19 de agosto, siempre según Chauvet, la “procesión llegó a París, el rey abandonó su atuendo real, se colocó una sencilla túnica y, descalzo, ayudado por su hermano, llevó la Santa Corona hasta Notre Dame de París”.






















Pero Nuestra Señora era entonces un destino provisorio. Hacía falta un cofre para esas joyas de la humillación. Ese cofre fue la Saint-Chapelle, con esos vitrales que recrean, con elipsis expresivas, las escenas bíblicas más emblemáticas. Allí estuvieron más de cinco siglos. La Revolución Francesa obligó a un traslado a la abadía de Saint Denis y después, con el Concordato de 1801 entre la Francia napoleónica y el Vaticano, la Corona y las demás reliquias llegaron a la Catedral el 10 de agosto de 1806.















Como en una carrera de postas, la Sainte-Chapelle, situada igual que Notre Dame en la Isla de la Cité y habitada por sus mismos principios arquitectónicos del gótico, legó su tesoro a la hermana mayor. El franciscano San Luis, que en 1270 murió de disentería en Túnez durante una cruzada insensata, estaría satisfecho de la celosa custodia de los únicos trofeos terrenales de los que acaso se sentía orgulloso.





















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