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EL MIEDO AL MIEDO. | 7 miradas

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“El miedo está siempre dispuesto a ver las cosas peores de lo que son”. Dice Tito Livio. No es propio de sabios tener miedo. El terror expulsa de mi ánimo toda sabiduría, escribe Cicerón en las Tusculanas, y Montaigne, al transcribirlo, rubrica la idea: De nada tengo más miedo que del miedo. Durante siglos, en efecto, el miedo se consideró propio de ignorantes y alimento de supersticiones. Ha sido el miedo el que ha creado a los dioses y nos ha hecho temer la muerte. Así lo creyeron Epicuro, Lucrecio y Séneca. De nuevo, pues, nos las hablemos con una emoción que refleja la debilidad humana. Reacción ante lo desconocido e incierto, el miedo turba la mente, produce pesar y tristeza, e impide enfrentarse al futuro con claridad y buen sentido. Aunque es cierto también que la realidad en la que estamos de hecho está llena de peligros  y que, si la condición humana es contingente, no puede ni debe desentenderse  de cuanto constituya una amena para su existencia. En este sentido, el  miedo es una emoción protectora, que impele a evitar el mal. Tenemos, pues, que aproximarnos a esa pasión viéndole las dos caras, la positiva o adecuada y la negativa o inadecuada. Habrá miedos irracionales provocados por suposiciones y creencias  carentes de fundamento. Será posible abordar esos miedos  desde nuestra capacidad para desactivarlos.También hay miedos racionales, propios de un espíritu realista e incluso sabio, capaz de aprovechar el temor que produce el mal para luchar contra él y vencerlo.

El mesurado Aristóteles  acepta que el miedo no es una emoción placentera  sino más bien “un cierto pesar o una turbación  nacidos de la imagen de que es inminente  un mal destructivo o penoso”. Pero, dado que los males  son reales y existen, es preciso sentir miedo  cuando acechan. Por eso, en la Retórica, el filósofo  recomienda provocar tal pasión en los oyentes y no despreciar un sentimiento que otros, en condiciones similares, también han tenido.

Y, por tanto, si dos hombres cualesquiera desean la Hobbes decidió hacer del miedo uno de los motivos del poder político. El otro motivo era el deseo o la ambición de poder, innato en cualquier individuo. Lo que ciertamente influyó fueron las turbulencias políticas  que tuvo que vivir y que le acompañaron desde que nació. Un ambiente  de guerra que le hizo escribir: “el miedo  y yo fuimos hermanos gemelos”. Aludía, al parto  prematuro de su madre, asustada por la eminente llegada de la Armada Invencible a las costas británicas. Es, pues, un sentimiento el que, en definitiva, lleva a Hobbes a idear ese artificio racional donde los haya que es el contrato social. El punto de partida es una concepción radicalmente negativa del ser humano (el hombre es un lobo para el hombre derivada del hecho de que todos los humanos son iguales  en cuanto a la capacidad de alcanzar los fines que se proponen.

“Y, por tanto, si dos hombres desean la misma cosa, sin que ambos puedan gozar al mismo tiempo de ella, deviene enemigos; y en su camino hacia su fin (que es principalmente su propia conservación, y a veces solo su delectación) se esfuerzan mutuamente en destruirse y subyugarse”.

Dicha situación crea inseguridad y  miedo a la muerte, a “la guerra de todo contra todos”, una guerra que nunca ha sido real, pero es percibida por la mente racional como posible. Una posibilidad, un temor, que es, en definitiva, el motivo de otra ficción: el contrato que explica y justifica el nacimiento del Estado  y el imperio de la ley. Así, Hobbes concluye uno de los capítulos nucleares de su Leviatán, con la afirmación siguiente:

“Las pasiones que inclinan a los hombres hacia la paz son el temor a la muerte, el deseo de aquellas cosas que son necesarias para una vida confortable, y la esperanza de obtenerlas por su industria, Y la razón sugiere adecuados artículos de paz sobre los cuales puede llevarse a los hombres al acuerdo. Estos artículos son aquellos que en otro sentido se llaman leyes de la naturaleza.”

De la hobbesiana concepción de la política procede lo que Judith Shklar ha llamado “el liberalismo del miedo”. Lo que inspira la necesidad de la ley  es la crueldad y el miedo que la crueldad inspira, “incluso el miedo del miedo mismo”, eso que para Montaigne era la antítesis de la sabiduría. La prohibición de la crueldad y de la guerra se eleva, a principios universales, pues, aunque el temor es intrínseco a los seres vivos, el miedo sistemático  hace imposible la libertad. Hay que limitar la libertad para preservarlas. El miedo de que habla Hobbes es muy material, una expresión  de la actitud espontánea y  de todos los hombres de huir de la muerte.  El miedo a morir se constituye así en fundamento del poder soberano, despoja a los vivos  de parte del poder que les correspondía y, al mismo tiempo, los mantiene en una inseguridad permanente. El poder soberano se erige como protector, pero puede convertirse en fuente de temor, razón por la cual “toda victoria del poder podría configurarse como una clara y secreta victoria de la muerte, que hace las veces de resorte y de catalizador de los procesos políticos.

Se construye destruyendo  y dominando  porque ha partido  de la crueldad. El liberalismo del miedo empieza con el supuesto  de que el poder de gobernar es el poder de infligir miedo y crueldad y que ninguna dosis de benevolencia podrá jamás bastar para proteger  a una población sin armas contra ellos. O sea institucionaliza la sospecha, ya que solo una población desconfiada está en condiciones de velar por sus derechos, evitar el miedo y ser capaz  de elaborar sus propios proyectos, sean éstos modestos o grandes.

Spinoza no comparte una visión ambigua frente al miedo. Piensa que solo es causa de la tristeza, la pasión más desechable. El miedo, son sus palabras, “es tristeza inconstante que brota de la idea  de una cosa futura o pretérita, de cuya efectividad dudamos  de algún modo”. En ningún caso parece que le miedo se le muestra como un efecto conveniente para esa fuerza que impele al ser humano  y que no es tanto un afán de poseer, como en Hobbes, sino el “esfuerzo por perseverar en el ser”. El miedo nos entristece y, además, brota de una idea dudosa, incierta, que solo produce más incertidumbre  e inseguridad. Fiel a su máximo tan repetida de “no ridiculizar, no lamentar ni detestar, sino entender”, Spinoza piensa que el fin del Estado  “no es dormir a los hombres ni obligarles mediante el temor a someterse al derecho ajeno, sino, al contrario, liberar a cada uno del temor, a fin de que pueda vivir, en lo posible, en seguridad, es decir, a fin de que pueda gozar del mejor modo posible de su propio natural derecho de vivir  y de actuar sin prejuicio para sí ni para los demás”.

Es cierto que los hombres pocas veces viven bajo los dictados de la razón. Conviene tener en cuenta es que los hombres no son malvados por naturaleza, sino que “son malvados porque son desgraciados porque se sienten   dominados por  la tristeza que destruye  la alegría o el poder de existir  y que los arroja a menudo cada vez más bajo, atrapándolos en una espiral de destrucción  y autodestrucción”.

 

 

Miedo a la muerte

Hobbes instrumentalizó el miedo a la muerte para construir sobre tal pasión su filosofía política. Pero el miedo a la muerte tiene un componente más esencial, al margen del temor  a la guerra o la destrucción perpetrada por otros hombres. Solo la teología consigue hacer aceptable la realidad de la muerte. De las religiones nació la esperanza en un más allá redentor de los males  de este mundo. Epicuro se pregunta “¿Por qué temer a la muerte si mientras vivimos no estamos muertos y, una vez muertos, ya no somos?”

Entre las cosas que no dependen de nosotros, se encuentran las mayores causas del sufrimiento humano: el dolor, el envejecimiento y la muerte. ¿Qué ganamos preocupándonos y alimentando el temor  hacia algo que no podemos cambiar? “Si queréis no temer nada”, enseña Séneca, “pensad que todo es temible”.

Las emociones interesantes son las que predisponen a actuar de una forma u otra y las que permiten a su vez que el individuo se deje arrastrar más o menos por el poder de la emoción. Las emociones  pueden llegar a paralizar al individuo y frenar su capacidad de acción, como ocurre con la melancolía. Volviendo al miedo, uno no sabe si los pasos que oye tras de sí son los de un ladrón; no sabe si el avión llegará  a su destino sin problemas; no sabe si conseguirá pasar con éxito el examen.

Lo incierto

Lo incierto, en general, produce miedo. No es una simple indecisión lo que siente  la persona. No es que no sepa qué camino debe tomar. Quien teme que le siga un ladrón trata de esquivarlo, huir o pedir socorro a un guardia; quien siente miedo de no superar un examen intentará estudiar más o no se presentará una prueba; el miedo a volar conduce a buscar alternativas.

La incertidumbre que alimenta al miedo es otra prueba de la vulnerabilidad característica del ser humano. La acción motivada por el miedo tratará de evitar o superar ese estado de debilidad y de indefensión. Uno puede controlar más o menos el motivo del miedo, aunque no es lo mismo controlar una tormenta que el resultado de un examen. En cualquier caso, el miedo incita al individuo a tomar medidas para que lo que percibe como un peligro o una amenaza deje de serlo. En la evolución de las especies, parece que el miedo tuvo un papel esencial para desarrollar ciertas habilidades, como la capacidad de volar y la huida. El estado  de miedo es un experimento evolutivo complejo, seguramente universal entre los mamíferos, una concentración de la atención.  Gracias al  miedo, hemos aprendido a huir del peligro y a enfrentarlos a las amenazas.

La incertidumbre que caracteriza a lo que  motiva el miedo puede estar justificada  o no. Muchas fobias parecen incluso desmentir el carácter del miedo, porque en el fondo de ellas no hay nada incierto que pueda ser verificable o refutable. ¿Qué incertidumbre está en la base del temor a los espacios cerrado, por ejemplo, o del miedo a las arañas? Las fobias y otros medios más radicales, como el miedo al dolor o el miedo a la muerte. Sabe que va a sentir dolor o que va a morir. Lo sabe, no lo pone en duda. El claustrofóbico también sabe que los espacios cerrados y pequeños le producen pánico. Puede saber incluso que el miedo es infundado, que se basa en una creencia insostenible, pero ello no hace que el miedo desaparezca.

Las emociones son demasiado complejas para someterse a las clasificaciones. Las emociones  vienen provocadas por algún tipo de agente, por una realidad que motiva en el individuo una o varias reacciones típicas del sentimiento del miedo. No son las palpitaciones las que provocan el sentimiento de temor, sino la sospecha de que tengo  que enfrentarme a una situación difícil.

El control del miedo

La incertidumbre que está en el origen del miedo muestra la vulnerabilidad del sujeto, la cual es a su vez explica las dificultades de éste para llegar a controlar la emoción. Los estoicos se liberan del miedo a través del  convencimiento de que o bien todo era igualmente temible o que en realidad nada lo era. Hobbes se aprovechó del miedo intrínseco a la vida  humana <<en estado de naturaleza>>, para fundamentar el poder político y la obligación de obedecer al Estado. Spinoza, por su parte, proponía la transmutación de la inseguridad propia del estado de miedo a una seguridad propia del estado de miedo  a una seguridad propia del estado de miedo a una seguridad desactivando cualquier atisbo de superstición o engaño. Respecto a Aristóteles, la propuesta del término medio como criterio de virtud insta a evitar tanto la temeridad como la cobardía, dos actitudes desmesuradas que debe tratar de evitar el hombre valiente. Ni el que lo tome todo y no se atreve a embarcarse en ninguna empresa que merezca  la pena ni el que no teme nada y está dispuesto a arriesgar su vida por causas nimias son ejemplos de personas virtuosas que  han aprendido a controlar el miedo.

Es correcto decir que el sujeto no es responsable de las emociones que tiene, que en principio son incontrolables, lo cual, sin embargo, no es contradictorio con la afirmación de que el sujeto puede llegar a dominar y razonar sus emociones utilizándolas en un sentido o en otro sin dejarse simplemente arrastrar. Una cierta pasividad no está reñida con la posibilidad de que el sujeto desempeñe un papel activo para controlar sus afectos. Volviendo al miedo, el sujeto que se siente atemorizado  no puede evitar la causa del miedo. Podrá evitar que ese agente actúe sobre él.


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