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EL MIEDO CONTRA LA BRONCA.

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Por: Luis Tonelli. Gobernar, decía ese gran filósofo político que fue Michael Oakeshott, consiste en mantenerse a flote “en un mar sin puerto adonde dirigirse, sin muelle adonde amarrar, sin límites e insondable en su profundidad”. Hay, por lo tanto, siempre un sentido de emergencia, de vivir el momento, que en la Argentina de las crisis permanente, se convierte en un Carpe Diem que no mira más allá que el presente inmediato.

Alberto Fernández, como presidente ocasional, encontró en la lucha contra el coronavirus, la posibilidad de consolidar una “conducción” (tan esencial en el peronismo) al asumirse como Comandante en Jefe de una Guerra contra un enemigo invisible, artero y letal. Si ese gran pensador de derecha venerado por la izquierda que fue Carl Schmitt decía que “Soberano es el que dicta el Estado de Excepción”, Alberto Fernández reformuló su diktum en un “Soberano es el que dicta el Estado de Cuarentena”. Y así lo hizo, decretándolo muy tempranamente.

Las cuarentenas totales, fueron el recurso in extremis que los países golpeados por la pandemia, habían echado a mano  cuando los muertos crecían exponencialmente. Los hospitales quedaban colapsados, muriendo aquellos enfermos graves que no podían conseguir camas de terapia intensiva (especialmente adultos mayores o personas con enfermedades graves previas). Otros países, que tuvieron más tiempo para actuar reaccionaron de otra manera: cuarentenas focalizadas, testeos masivos, seguimiento de infectados, aperturas condicionadas, segmentación territorial, etc. etc.

El Gobierno en cambio imponía la cuarentena total cuando había pocos muertos y pocos contagiados, en todo el país, donde los casos se debían fundamentalmente a personas que habían viajado (a los que inicialmente, solo se les pidió una declaración jurada de no estar enfermos que vaya a saber que se hizo con ella). Se tomaba así decisión draconiana de imponer un instrumento medieval, que no guardaba ninguna sofisticación técnica. Todos en sus casas y se acabó.

Cientos de ciudades no habían tenido ni tienen ni siquiera sospechosos de presentar síntomas de coronavirus. Sin embargo, también fueron obligados a cumplir con la cuarentena. El país se paralizaba en una decisión sin precedentes, en una economía que ya se mostraba exhausta desde 2012, año en que comenzaron a caerse nuestras exportaciones. Por algo, Kiciloff (ministro) había puesto el cepo. Por algo, el kirchnerismo perdió las elecciones Presidenciales. Por algo Macri luego tomó deuda.

La postura del Gobierno se hizo opinión mayoritaria y el Presidente fue así premiado en las encuestas. Como Alberto Fernández lo manifestó un tanto agriamente en la última conferencia de prensa: “no hay nada de que angustiarse, ni de temer”. Solo hay que tener miedo a enfermarse. Y que “la cuarentena durará todo lo que tenga que durar” (qué así como están las cosas hoy, parece ser solo cuando aparezca la vacuna (aunque se está dando una remisión un tanto misteriosa en Europa, que ojala se mantenga). La Grieta, que siempre está, reaparecía reformulada en un increíble y falso “Cuarentena o Muerte”.

Todos los países han tratado de enfrentar la pandemia de modo tal que su salida sea más fácil y que no condene a su economía a postergar su recuperación. Los gobernantes intuyen que se viene un mundo donde los países se van a cerrar sobre sus mismos, y quieren tener el músculo económico con cierta tonicidad para enfrentarlo. De allí las noticias crueles informando sobre niveles inéditos de desempleo y de cierre de empresas. El darwinismo de la hora demanda la supervivencia de los más aptos, para asegurarse la persistencia de la especie capitalista.

Pero mientras los gobiernos del mundo se desesperan por salir de la cuarentena, pareciera que el Gobierno argentino se desespera por mantenerla. Nunca el sistema hospitalario se vio siquiera amenazado de colapso. Si, había un obvio peligro de contagio masivo que, sin embargo, quedó soslayado inexplicablemente de las preocupaciones generales que se derivaban de la cuarentena. Los consignamos en esta columna hace tiempo: los barrios más pobres donde se hizo una cuarentena comunitaria, no estaban lo debidamente vigilados y controlados como para evitar que el virus entrara allí y contagiara a todos.

Cuando en todo el país se comienza a salir de la cuarentena, cuando ya se está agotando como recurso (por cansancio social y por las tremendas consecuencias económicas, AMBA los contagios, aumentan y las muertes aumentan, porque el virus ha llegado a los barrios populares.

Ante el brote en el barrio de emergencia Villa Azul, entre Quilmes y Avellaneda, el Gobernador Axel Kiciloff ha tomado la decisión de cercarlo con gendarmería. Pero el problema del contagio en las villas no es de “adentro hacia afuera”, sino de “afuera hacia adentro”. La cuestión era preservarlos del contagio y no encerrarlos a todos para que cada uno contagie a cada cual, cuando la villa entera es un grupo de riesgo dada las enfermedades preexistentes y la debilidad de salud intrínseca a su población.

Ahora el Ministro de Seguridad Bonaerense Sergio Berni dice “que esto es una explosión nuclear” y el Presidente afirma que “la pandemia dejó al descubierto la desigualdad en la que vivimos” (cuando parecería que los más de 1000 asentamientos en el conurbano ya bastaba como evidencia de ello).

Primero se los descuida, después se los estigmatiza, pero como los pobres son propiedad de peronismo, resulta que terminan siendo funcionales a la reedición penúltima de la Grieta, en la falsa dicotomía entre Salud y Economía. Y ante el descontento y la reanimación de la oposición, la utilización de ese recurso ancestral que es el Miedo, como forma de contrarrestar la creciente y natural bronca.


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