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El mundo está mirando a Javier Milei

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En el exterior, muchos tomaron la desconcertante irrupción de Javier Milei por otro batacazo de la temida “ultraderecha” que últimamente se ha anotado triunfos electorales en Alemania, Italia, Suecia, los Países Bajos y, de resultar acertados algunos pronósticos, podría estar por lograr algunos aún mayores en Estados Unidos, donde Donald Trump está aumentando su ventaja sobre Joe Biden, y en Francia, donde según las encuestas de opinión es bien posible que Marine Le Pen suceda a Emmanuel Macron como inquilina del Palacio del Eliseo. 

No se equivocan por completo quienes piensan así, ya que, como los demás, Milei quisiera rebobinar la historia para reinstalar principios que imperaban en épocas pasadas que a su entender eran más felices, pero por ser tan distinta la situación en que se encuentra la Argentina, tiene muy poco en común con sus presuntos correligionarios de Europa y Estados Unidos cuyo auge se debe en buena medida a su voluntad de frenar “la invasión” de sus países por grandes multitudes de inmigrantes de culturas que son radicalmente distintas de las propias. Se trata de un tema que no le preocupa a Milei; tiene otras prioridades. Si bien a su modo es tan nacionalista como Trump y los europeos, sucede que aquí también lo son los militantes populistas e izquierdistas.

Además de querer cambiar por completo el disfuncional orden económico local que está generando cada vez más pobreza, Milei está resuelto a reubicar a la Argentina en el mapa diplomático del mundo. A diferencia de los kirchneristas, que privilegiaban los vínculos con los regímenes dictatoriales de Venezuela, Nicaragua, Cuba y, de manera menos ostentosa, Irán, Milei subraya su deseo de solidarizarse con las democracias occidentales, comenzando con Estados Unidos e Israel.

La canciller Diana Mondino comparte plenamente su visión del lugar de la Argentina en el mundo aunque, por razones evidentes, no le entusiasmó la propuesta electoralista de romper con la China nominalmente comunista y el Brasil de Lula por tratarse, bien que mal, de dos socios comerciales sumamente importantes. Sea como fuere, el Gobierno molestó a los chinos al optar por desvincularse de los “Brics”, una alianza anti-occidental impulsada por Pekín que acaba de incorporar a la belicosa teocracia iraní que, según la Justicia nacional, estuvo detrás del atentado mortífero contra la sede de la AMIA en julio de 1994 en que murieron 88 personas y fueron heridas más de 300.

El giro de la política exterior argentina se ha dado en un momento muy oportuno. Los líderes de los países comprometidos con el orden “con reglas” que desde hace tres cuartos de un siglo sostiene Estados Unidos, están buscando afanosamente amigos confiables en el resto del planeta.

Los necesitan. Al difundirse la sensación de que la superpotencia aún reinante es en verdad un tigre de papel que carece del poder militar preciso para desempeñar el papel que se atribuye -o, cuando menos, de la voluntad de usar lo que en teoría posee- , naciones calificadas de “autocracias”, encabezadas por China, están esforzándose por aprovechar la debilidad anímica que han detectado en Washington y las capitales europeas.

Impresionados por el éxito político y cultural en Estados Unidos, el Reino Unido y Australia del movimiento “woke”, según el cual los pueblos “blancos” son congénitamente racistas y sexistas y por lo tanto merecen ser colonizados por sus superiores morales, algunos se han convencido de que la civilización occidental ya se ha agotado y que no tardará en verse reemplazada por otra.

A juicio de tales personajes y de aquellos norteamericanos y europeos que se sienten angustiados por lo que está ocurriendo, el espectáculo suministrado por las muchedumbres inmensas que, en las calles de Londres, Nueva York, Paris y otras ciudades festejaban la matanza de jóvenes israelíes por los terroristas de Hamas, sirvió para confirmar que, no obstante su opulencia material y las novedades tecnológicas que sigue produciendo, el Occidente, víctima de sus contradicciones internas, está agonizando. También ha contribuido al optimismo que sienten los persuadidos de que el mundo está experimentando una transformación geopolítica irreversible el que las industrias armamentistas de Estados Unidos y Europa hayan sido incapaces de proveer a Ucrania de lo que necesitaría para derrotar a Rusia que, a pesar de tener una economía de dimensiones menores que la italiana, está produciendo más municiones que los occidentales.  

Por ser tan desolador el panorama internacional desde el punto de vista de los defensores de la democracia liberal, ha sido una sorpresa muy grata la súbita aparición en la Argentina de un presidente claramente carismático que no vacila en afirmarse decidido a apoyar no sólo a Estados Unidos sino también a Israel en su lucha por sobrevivir en una parte del mundo dominada por musulmanes. Por mucho que les habrán inquietado sus excentricidades, como su relación al parecer mística con perros clonados y sus alusiones frecuentes a las “fuerzas del cielo”, no podrán sino esperar que alcance sus objetivos terrenales para que la Argentina deje de ser un problema financiero mayúsculo para convertirse en un país relativamente estable y próspero.

Fue por miedo a que la Argentina defaulteara una vez más, un desastre que a buen seguro tendría repercusiones nefastas para muchos otros países, que el Fondo Monetario Internacional desistió de caer en la tentación de romper con el gobierno de Alberto, Cristina y Sergio Massa. Sería de suponer, pues, que, presionado por Estados Unidos, los europeos y el Japón, el organismo adoptará una actitud mucho más positiva hacia el país de un presidente que está llevando a cabo un ajuste que es llamativamente más severo que el recomendado por sus propios técnicos.

Con todo, mucho más importante que la eventual reacción de Kristalina Georgieva y compañía frente al desafío planteado por la Argentina será la de los empresarios e inversores de los países ricos. Las dificultades crecientes de China, que se han visto agravadas por “la guerra fría” que está librando con Estados Unidos, y las perspectivas nada buenas del llamado “gran Oriente Medio” que se extiende desde Marruecos hasta Malasia, los están alentando a buscar oportunidades en zonas menos peligrosas. Así las cosas, de propagarse la idea de que, por fin, la Argentina ha elegido abandonar el populismo facilista que lo ha llevado a su condición actual para aplicar medidas parecidas a las que han brindado buenos resultados en los países que hoy en día conforman el mundo desarrollado, no extrañaría que muchos quisieran participar del eventual boom que preverían personas como Elon Musk que disponen de centenares de miles de millones de dólares. 

Milei insiste en que tendría que pasar mucho tiempo antes de que culmine el proyecto que ha hecho suyo; prevé que, después de “45 años”, la Argentina podría multiplicar por diez su producto bruto per cápita de suerte que seríamos “como Irlanda”. Lo que Milei no señaló es que los números rutilantes del “milagro” celta dependen de la presencia de las sedes contables de un puñado de gigantes tecnológicos estadounidenses que aprovechan las ventajas impositivas que Irlanda les ofrece para blanquear sus enormes ganancias globales, razón por la que hay economistas escépticos que creen que se trata de una burbuja que tarde o temprano estallará.

Aunque en opinión del presidente Milei la Argentina “volverá a ser el país más rico del mundo” -da por sentado que una vez lo fue- cuando él esté por cumplir 100 años, no puede sino esperar que el programa de reformas estructurales que ha puesto en marcha brinden buenos resultados dentro de muy poco. Por estoica que sea la gente, no tendría sentido pedirle esperar décadas antes de ver el fruto de sus labores. Sabe que, a menos que la inflación baje con rapidez después de un par de meses traumáticos y la mayoría tenga motivos concretos para creer que el modelo incipiente está produciendo beneficios, al Gobierno no le sería del todo fácil mantenerse en el poder. Tampoco lo sería que el país, que carece de recursos financieros propios, lograra salir de la crisis sin la ayuda de inversores externos dispuestos a arriesgarse apoyando con dinero contante y sonante a un presidente cuyas ideas dicen compartir.

El programa de Milei es de dos velocidades. En el corto plazo, está trabajando para que el país evite la hiperinflación que sigue amenazándolo; en el largo, entiende que tomaría mucho tiempo llevar a cabo una auténtica revolución cultural, o educativa, para preparar a la población para enfrentar los desafíos que le plantearía un mundo en que el destino de los pueblos dependerá principalmente de sus capacidades intelectuales. En este empeño, la experiencia de países orientales, en especial de Singapur, podría resultar más útil que la de Irlanda, ya que hace más de medio siglo el gran Lee Kuan Yew, con ideas bastante parecidas a las reivindicadas por Milei, se impuso la tarea de hacer de lo que era a su juicio “un pozo de miseria y degradación” un Estado moderno, próspero y libre de corrupción. Lee logró lo que se había propuesto; en treinta años, el ingreso per cápita de los singapurenses se multiplicó quince veces, mucho más que las diez veces en 45 años que prevé el profeta Milei. 

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