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El operativo agotador, cambiante y riesgoso que sacó a los chicos de la cueva

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Los buzos debieron maniobrar en condiciones imposibles para abrirse camino entre corrientes turbulentas Fuente: Reuters



MAE SAI, Tailandia.- Por increíble e improbable que podía parecer, la mayoría de
los rescates salieron maravillosamente. Pero en el undécimo viaje, para salvar a uno de los últimos
chicos del equipo de fútbol que estuvo atrapado 18 días en la cueva del norte de


Tailandia
, algo salió peligrosamente mal.








Los rescatistas
que estaban en una cámara subterránea sintieron un tirón en la soga, señal de que alguno de los 12 chicos o su entrenador emergería de un momento a otro de los túneles inundados.

“Seguí pescando”, fue la señal de los rescatistas, según recuerda Charles Hodges, el mayor de la Fuerza Aérea de Estados Unidos a cargo del equipo de rescate norteamericano en el lugar. Pasaron 90 minutos.



Mientras los rescatistas esperaban ansiosamente, al buzo que conducía por ese laberinto sumergido al undécimo chico se le escapó de la mano la soga que servía de guía. Con una visibilidad cercana a cero, tuvo que volver atrás, adentrándose en la cueva, tanteando para encontrar la soga, antes de retomar el rescate.





Al final, el sobreviviente fue sacado a salvo. Fue un momento aterrador en lo que era el rescate sorprendentemente fácil de un grupo de chicos que había sobrevivido lamiendo agua de las paredes de las cuevas.

“Estábamos ante los ojos del mundo, no podíamos fallar”, dice Kaew, un marine tailandés que mueve la cabeza con incredulidad por lo bien que salieron los rescates. “Creo que no teníamos otra opción”.



El personal y los oficiales militares detallaron un rescate ensamblado a partir de una amalgama de músculos y mentes de todo el mundo: participaron 10.000 personas, incluidos 2000 soldados y 200 buzos.



Se necesitaron capullos plásticos, camillas flotantes y una soga-guía que les sirvió a los chicos y al entrenador para evitar las salientes de las rocas. Los chicos habían quedado varados en un promontorio rocoso a casi dos kilómetros bajo tierra. Extraerlos implicó recorrer largos trechos bajo el agua a muy baja temperatura y mantenerlos sumergidos durante 40 minutos cada vez. Para evitar los ataques de pánico, hubo que administrarles ansiolíticos.

Pero el principal requisito para sacar a salvo a ese equipo de chicos de entre 11 y 16 años y a su entrenador fue el coraje, según relatan los funcionarios y los buzos presentes.



“No sé de ningún otro rescate que haya puesto en tal peligro y durante tanto tiempo al rescatado y al rescatista, salvo tal vez los bomberos que ingresaron a las Torres Gemelas sabiendo que el edificio estaba en llamas y que iba a colapsar”, dice el mayor Hodges.

En la profundidad de la cueva, el agua estaba tan fría que a los buzos tailandeses les castañeteaban los dientes, mientras hacían turnos de 12 horas cada uno. A falta de equipo adecuado, los marines pegaron linternas a sus improvisados cascos.

Al décimo día, el 2 de julio, con poca esperanza ya de encontrar otra cosa que cuerpos sin vida, un par de buzos británicos que trabajaba para extender la red de sogas-guías emergió cerca de una estrecha saliente de roca. Y ahí, de repente, vieron a 13 personas raquíticas en medio de la oscuridad. Los Jabalíes se habían quedado sin comida y sin luz, pero habían sobrevivido lamiendo el agua condensada en las paredes.

Estaban ahí desde el 23 de junio, cuando fueron de excursión a Tham Luang después de dejar sus bicicletas y sus botines de fútbol. Llevaban torta para celebrar el cumpleaños de uno de ellos. Pero la lluvia los sorprendió y anegó el pasadizo por donde habían entrado.

La alegría del hallazgo pronto se convirtió en ansiedad. El capitán Anand Surawan, subcomandante de los marines tailandeses que dirigía el centro de operaciones en Tham Luang, dejó entrever que tal vez deberían permanecer cuatro meses en la cueva, hasta el final de la temporada de monzones.

Cuatro días después del hallazgo de los chicos, Saman, un exmarine que se ofreció como voluntario,
murió mientras colocaba tanques de oxígeno de repuesto a lo largo de la ruta subacuática. “Estoy muy orgulloso de él”, dice el padre de Saman, Wichai Gunan. “Mi hijo es un héroe que hizo todo lo que pudo para ayudar a esos chicos”.

Pasados los días, los rescatistas estaban ansiosos por ponerse a trabajar. El operativo cambiaba al ritmo de otras variables: el agua, el aire, el barro, y hasta la condición física y psicológica de los chicos. Luego se decidió que cada chico fuese metido en un capullo de plástico flexible, llamado Sked, una camilla de rescate habitual entre el equipamiento de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

“Tenían que acostarse cómodamente ahí y nada más”, concluye el mayor Hodges.


Traducción de Jaime Arrambide











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