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El pacto democrático, entre la autoamnistía y la Justicia

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El año que viene festejaremos cuarenta años de democracia ininterrumpida. También se cumplirán veinte años de la asunción de Nestor Kirchner y la organización de una nueva versión del peronismo.

En vísperas de esos dos aniversarios la vicepresidenta Cristina Fernández está lanzada a una persecución. Más que con la justicia su gesta se destina a destruir un orden legal. La imagen de sus alegatos evoca al capitán del Pequod, el barco que perseguía a Moby Dick. El capitán Ahab es empujado por un deseo incontrolable de destrucción que no puede aliviar sus cicatrices.

En sus argumentos la vicepresidenta naturaliza la idea de que todo es política y que toda política conlleva una porción importante de corrupción. En esa lógica todos los poderes estarían igualados.

La democracia fue insuficiente para comer, curar y educar. Las leyes de acumulación de riqueza no fueron de la mano de la distribución del poder. Sin embargo, tuvo un logro que es valiosísimo. Lo más cercano a lo sagrado que pudimos construir.

El pacto democrático se basó en alejarnos del contrato abyecto de la dictadura militar. Una alianza de banda cuyos lazos de sangre asumían que quiénes no pertenecían a sus dictámenes y creencias podían ser deshumanizados: los otros eran cosas.

La dictadura escenificó como la aplicación del poder sin ley es asesino. Y esa imagen congeló durante mucho tiempo cualquier tipo de aplicación de una autoridad más legitima que limite, reprima lo que debe reprimirse y habilite lo que debe disfrutarse.

El poder es democrático, y por ende ordenador, cuando se priva de ser absoluto.

Lo absoluto enloquece. Lo evidencian los hechos de violencia política que impregnaron la vida durante un largo período de nuestra historia. El proceso militar del 76, que fundamentalmente desorganizó profundamente la vida comunitaria de la Argentina con su perversión. También las imágenes de personas empuñando un arma a la cara de nuestra vicepresidenta.

La lucha de las madres y familiares de las víctimas de la dictadura, cuyo dolor lacerante buscaba el castigo del crimen, sin que haya habido una acción de venganza sino un proceso judicial fue el inicio de un contrato que sigue vigente pero amenazado.

Si decidimos ratificarlo en las próximas elecciones el anhelo debiera ser de una mejor justicia favoreciendo la institucionalidad. Por ejemplo, respetando honestamente la composición del consejo de la magistratura (que asume el carácter político en la conformación del poder judicial).

Celebremos nuevamente ese pacto que vuelva a alejarnos del pacto perverso y que esa demanda sea extensible a todos los poderes. Que aquellos que aspiren a poseer más poder asuman la mayor responsabilidad que esto conlleva. No es una cuestión que pesa sobre las personas en particular sino en cada uno como integrantes de ese pacto. Eso es la igualdad ante la ley.

Melville dice en su novela: “Ahora en su fuero interno, Ahab tuvo una visión fugaz de esto, a saber, todos mis medios son sensatos, mi motivo y mis objetivos locos”.

Cristina es una política con capacidades técnicamente correctas y sin embargo sus argumentos son moralmente inaceptables. Pareciera que alguien debiera ayudarla a cuidarse de sí misma y también de su destructividad para con quienes no comparten sus aspiraciones.

El desprecio que su defensa y ella misma hicieron de los argumentos jurídicos y las pruebas presentadas por la fiscalía le hacen un daño inmenso a lo que ella representa por los cargos que ha ocupado y lo que simboliza. Esa imagen la acerca a los oscuros integrantes de las Juntas que ignoraban la competencia de la justicia ordinaria. Eso es inadmisible en el sistema que hemos construido luego de tantos horrores y sufrimientos.

Si efectivamente queremos continuar alejándonos de las luchas fratricidas como lo hemos hechos en estos casi cuarenta años debemos evitar la autoamnistía y debemos fomentar un funcionamiento con mejores herramientas legales que aseguren castigo ante lo que consensuamos son delitos.

Esa premisa debe ser clara y aquellos que quieran ratificar el pacto democrático deben suscribir. La dirigencia de todos los sectores debiera expedirse y someterse a esa premisa.

Aun así, dado que el voto es una herramienta insustituible, esa demanda debe ser anudada en un liderazgo. Es la manera para que se exprese: La construcción de un actor social que le de poder a esa petición. Una mayoría que empuje un deseo de ley que serene las ansias de totalidad que anidan en los sujetos y en las sociedades.

Se verá si eso se expresa en Juntos por el Cambio o en el Peronismo.

O si en su afán de desmentir las pruebas, Cristina, lleva a su partido y a la convivencia social a un naufragio.

Alejandro Razé es médico psicoanalista y ensayista.


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