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EL PAIS MARCHITO

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Ferdinand Amunchásteguy. En esta suerte de recreo que pareció darnos  la pandemia, regresó la costumbre de encontrarse los amigos alrededor de las mesas de un café, agotando la filosofía con ideas triviales. En una de ellas se introdujo, casi sin proponérselo,  el tema de la fé, y uno de los menos avispados sorprendió al grupo indicando que la muerte es una cuestión de fe, ya que sin haberla experimentado todos sabemos que ella ocurrirá.
Entre la sorpresa y la profundidad, el grupo buscó contrariar al expositor, diciendo que a diario vemos morir personas por lo que en realidad lo que tenemos no es fe sino conocimiento. Nuevamente nos sorprendió el hasta ese momento desvaído participante, que retrucó diciendo que eso era para los demás, pero en lo personal también sabíamos de nuestra muerte que no había ocurrido.
Obviamente siguió el silencio y rápidamente la conversación se trasladó a temas menos  trascendentes y más amables para una mesa de esas características. Sin embargo, quedó flotando en el aire ese concepto que luego, se trasladó a los Estados. Mueren los países? La historia como único soporte nos dice que sí.

En la antigüedad Persas, Griegos y Romanos sin perjuicios de sus elevadas culturas,  vieron desplazados sus imperios y concluida su influencia, la Primera Guerra Mundial terminó con el Imperio de los Habsburgo y creó decenas de nuevos territorios, lo que repitió la guerra fría; así que puede decirse que los países también mueren, e igual que las personas,  cuando su momento  va llegando a presentan los  que anuncian su final.
Así, poco a poco desaparece la fe, que se transforma en la realidad agobiante que precede al óbito. Esos síntomas, comienzan a advertirse cuando las instituciones se relajan y pierden el respeto social, cuando el grupo ya no espera de sus dirigentes una respuesta adecuada, cuando no cree en la justicia para reconocer sus derechos, cuando no recibe la educación o la salud que necesita, o  sufre las angustias del hambre y la miseria; cuando esto sucede,  el individuo descubre que no necesita de la presencia del Estado y este, lentamente, se desvanece hasta ser innecesario.


La Argentina de hoy se acerca peligrosamente a esos extremos. La presencia en las calles de grupos demandantes de derechos, muestran a las claras la existencia de una democracia directa, que no necesita, ni quiere, tener representantes y reclama, sin límites, lo que cree le corresponde.
Nadie quiere recurrir a la Justicia para que le asegure el bienestar que la Constitución les auguraba,  sólo atinan a exigirlo tomando las  calles y enfrentando a los que creen inmerecidamente favorecidos. Mal diagnóstico si no se corrige prontamente, si los Poderes políticos no ocupan su lugar y dan aquello para lo que la ley los estableció,  las gentes les arrebataran eso y más, incluso,  lo que no les corresponda.
Con una despreocupación alarmante, las peleas políticas abandonan el terreno en el que deberían actuar para embrollarse en discusiones mínimas que solo exponen sus diferencias internas y sus ambiciones personales, la justicia a su vez se encuentra jaqueada por uno de sus peores momentos en orden a su credibilidad.
Mientras una fiscal anticorrupción  es desplazada de su cargo y el ex gobernador condenado continúa representando al país como embajador, pocas son las expectativas de supervivencia para un Estado que languidece,  sumido en la mediocridad de quienes deben conducirlo y que, en apariencia, no están capacitados para ello.
La ausencia de ámbitos en los que se piense un futuro para este país, marca el destino al que habrá de arribarse, pobre en ideas y gentes, alejado del país que supimos ser y sin ningún peso a pesar de las riquezas que se poseen y que seguramente sólo serán aprovechadas coyunturalmente por quienes nos gobiernen, carentes de un plan maestro que recupere para nosotros,  el bienestar general que en 1853 estaba al alcance de la mano y en 1880 era casi una realidad.
El presente nos sorprende entre los  países menos favorecidos, con escaso poder relativo y con instituciones  agotadas en sus funciones, degradadas a los ojos de quienes deberían defenderlas y alejadas de aquellos a quienes deberían servir. Solo nos resta la esperanza de que las nuevas generaciones asuman el compromiso de volver grande la Nación que ha dejado de ser pensada hace demasiado tiempo.


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