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EL PRESIDENTE DE LA CRISIS.

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Por: Luis Tonelli. “El presidente que huyó en helicóptero”; “El Presidente que hizo el papelón en el programa de Tinelli”; “El presidente que ordenó el estado de sitio en el que murieron decenas de compatriotas”; “El presidente de la siesta eterna”; “Ese lentísimo prescindente” (como lo bautizó un humorista). Esas imágenes son las que la mayoría de los argentinos que vivieron la brutal crisis del 2001 tienen de Fernando de la Rúa, quien, hasta el momento de hacerse cargo de la presidencia de la Nación en 1999, había exhibido una trayectoria impecable como legislador y como Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Fue su perfil de político austero, respetuoso de las instituciones, y de legislador responsable, inteligente y eficaz los que cimentaron su ascenso en la Presidencia. Naturalmente, su personalidad contrastó con la de su antecesor, Carlos Menem, y la campaña electoral se centró precisamente en machacar que el “uno a uno” se podía sostener si se evitaban los derroches de la “fiesta menemista”. De allí el famoso spot donde el mismo De la Rúa mirando a cámara declamaba en tono un tanto fastidiado “Dicen que soy aburrido. Aburrido!!. Será porque no ando en Ferraris…”. Un presidente serio, quizás el mejor formado académicamente para su puesto, para un país en serio.

La elección no fue ganada solamente por Fernando de la Rúa y su equipo de comunicación. La campaña de Eduardo Duhalde fue antigua, opaca, y no contó con el apoyo del presidente saliente, que auspició el adelanto de todas las elecciones importantes a gobernador, para que el candidato justicialista se quedara sin tracción electoral. Claramente, Menem prefería un triunfo de la ALIANZA para evitar ser jubilado por Duhalde, y así volver cuanto antes al poder.

Todas esas expectativas e ilusiones que surcaban la política de ese tiempo rápidamente se fueron resquebrajando. El primero en tomar contacto con las pésimas noticas que venían de la economía fue el equipo dirigido por José Luis Machinea días antes de asumir su Ministerio, cuando se hizo de los números concretos que dejaba la administración Menem. Con esas cifras, la convertibilidad estaba en peligro inminente de estallar. Dependía de reducir el déficit fiscal, pero mientras tanto, seguir endeudándose para sustentarlo y refinanciar los servicios de la deuda. La herramienta inflacionaria y la devaluatoria estaban fuera del alcance del ministro de economía. Y tampoco se podía abandonar graciosamente la Convertibilidad ya que no se disponía de los fondos necesarios para bancar su salida, sin sumar a los problemas contractuales que generaría el terminar con una economía dolarizada formalmente, la espiral devaluatoria e hiperinflacionaria.

El mantenimiento de la convertibilidad, que había sido la garantía para la victoria electoral, se convertía en un corset de acero que impedía al gobierno tomar las decisiones de política económica habituales para moderar el ajuste y ganar competitividad. El optimismo solo venía de Washington: tanto Stanley Fisher como Larry Summers, en el FMI y en el Tesoro de los EEUU respectivamente, apoyaban al gobierno  de la ALIANZA coincidiendo ambos en que “pronto la locomotora del consumo estadounidense haría que China demandara commodities y el aumento de ellas en precio y en demanda salvaría a la economía Argentina”. Cosa que sucedió, solo que dos años después de la crisis del 2001.

Fue este “juego imposible” económico el que aumentó las dificultades políticas de la coalición, y no al revés. A la difícil convivencia entre fuerzas políticas tan diferentes como el radicalismo y el FREPASO, se le sumaron el choque de personalidades tan opuestas como las de un extrovertido Chacho Álvarez y el Presidente de la Rúa, y también las diferencias ideológicas entre el líder de la UCR, Raúl Alfonsín y el delaruismo. Por otra parte, De la Rúa no era, hacia el interior del Gobierno, un presidente débil ni mucho menos. Pero su estilo parlamentario y cortesano, desconfiado y sutil, no servía claramente para enfrentar los momentos críticos que se iban desatando.

Todas esas desavenencias podrían haberse seguramente neutralizado y disimulado si la situación económica hubiera sido otra, pero la convertibilidad tenía como único motor de crecimiento a la inversión, y este se había apagado por las crecientes dudas sobre la vigencia de la convertibilidad.

El pistoletazo de gracia, no fueron las elecciones de medio término que no sirvieron siquiera para unificar al peronismo, que siguió dividido hasta que Néstor Kirchner se sacara de encima la sombra de Eduardo Duhalde en el 2005. El tiro del final vino de Washington, con el ascenso de los neocons de Bush Jr. y Cheney, y el reemplazo de Fisher por Anne Kruger en el FMI y de Summers por Paul O Neill en el Tesoro. La Argentina fue utilizada como señal hacia los demás países que no se le iba a seguir prestando para que esa plata fuera fugada -cosa que era cierta, pero que sin ese préstamo que bancaba la transición, todo volaba por el aire como sucedió-. Ni el prestigio de Domingo Cavallo pudo evitar que el país fuera sentenciado a muerte por el “moral hazard”

Por menos de 1500 millones de dólares, se empujó a la Argentina al abismo de una crisis fatal, de la que todavía el país no se ha recuperado. El contraste con el apoyo del Presidente Donald Trump al gobierno del Presidente Mauricio Macri no puede ser mayor. Trump presionó al FMI por un crédito inédito de 58.000 millones de dólares para la Argentina (casi 40 veces más de lo que necesitaba el gobierno de la ALIANZA para sobrevivir). Sin ese préstamo, fue evidente que la convertibilidad no podía sostenerse lo que generó la corrida bancaria para hacerse de los depósitos nominados en dólares, que obviamente los bancos no tenían. El corralito generó la furia en la clase media, y la falta de cash, por las limitaciones del retiro de pesos, la de la furia de quienes vivían en la economía en negro.

Este contexto de protesta social fue la señal para que la política de la violencia moviera sus fichas: los grupos de izquierda, los grupos de choque de los barones del conurbano, la policía que jugaba ya para los que sabían que vendrían. Dicen que el infierno ya no existe. Pero en esos últimos días del 2001, no solo el Presidente Fernando de la Rua, que en paz descanse, sino toda la Argentina, se hundió en el infierno real de la crisis.


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