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EL PRESIDENTE DE LA CUARENTENA

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Por: Luis Tonelli. Será por la prosapia militar de su fundador, será por su cultura política (repleta de palabras como “conducción”, “verticalismo”, “orga”, “cuadro”) lo cierto es que el hábitat natural del peronismo son las crisis. Esos momentos donde se impone la decisión, la urgencia, la excepción. También las arbitrariedades, las trapisondas e injusticias y traiciones varias. Todo queda disimulado por el “estado de necesidad”. Y el decisionismo, decisor requiere. Así que las crisis para el peronismo, es lo que son las internas en el radicalismo: formas distintas de resolver la cuestión de quien manda.

Claro que hay que hacer una etiología de las crisis. Una cosa es asumir una vez que ella ha dejado tierra arrasada, como en 1989, o en el 2001, o sea con el abismo a las espaldas, el país barato y devaluado. Y otra cosa es hacerlo como lo hizo Alberto Fernández. Con una crisis larvada, en la que se inscribió la derrota del intento reeleccionista de Mauricio Macri, pero con un traspaso de poder ejemplar que no le permitía utilizar la emergencia como expediente de gobierno (como tampoco lo hizo Macri, especialmente porque se negó a dar malas noticias).

A eso hay que sumarle lo más importante: su carácter de Presidente delegado de la Vicepresidenta y mujer fuerte del régimen, Cristina Fernández de Kirchner -una política que le saca varios cuerpos al resto de competidores-. En los primeros meses de gobierno, abundaron interpretaciones de todo pelaje sobre la relación entre el poder formal y el poder real. Algunas decían que Fernández (A) reunía a ambos, y que la vicepresidenta se había resignado a tocar la campanita del Senado. Otros hablaban de los Dos Papas (o el Papa y la Papisa), emulando la presente situación en el Vaticano. Por último, los más desconfiados y antikirchneristas consideraban que Fernández (A) continuaba siendo el Jefe de Gabinete de Fernández (C), ya quien le venía de perillas que él tuviera que ocuparse de la difícil situación económica. Con un Fernández (A) desgastado en una segunda fase de gobierno comenzarían a gravitar los “chicos” de la Cámpora, que ya no son ningunos nenes, y conocen como pocos la orografía del poder. Estas tres interpretaciones en simultaneo daban cuenta de que el peronismo sufría un problema de identidad, ya que esta se construye a partir del fenómeno de la conducción y si había algo que no quedaba claro era quien conducía.

Sin crisis no había urgencia y, sin urgencia, no había decisionismo. Y el presidente actuó en consecuencia y nos dijo en su primer mensaje que su programa de gobierno era el recuperar el Consenso de 1983, que en algún momento habíamos extraviado del. Mientras, a su lado, CFK trataba de pispiar de que venían las palabras del Presidente, Fernández (A) mencionó en su discurso más veces a Alfonsín que a Perón, y muchas más veces a Kirchner que a su viuda, ahí de cuerpo presente (sencillamente porque no la nombró).

Esos primeros meses de gobierno quedaron dedicados, casi por completo, a un tema que, sin embargo, sigue abierto, y no sabemos por cuanto tiempo va a seguir abierto, que es el de la Deuda, a tal punto que hoy estamos en Default. Pero entonces Fortuna (o infortunio) hizo su aparición -cosa que ahora queda chic llamarla “Cisne Negro”-, y una    pandemia recorre el mundo, la pandemia del COVID-19 alimentando el contador de víctimas en vivo  y en directo -o en muerto y en directo- televisivo. El miedo y la incertidumbre se han apoderado casi del mundo entero, quedando en evidencia lo poco preparado que estaban los gobiernos para enfrentar una situación epidémica que de cisne negro no tenía nada.

Fernández (A) tenía su crisis. Y que crisis, hermane!. La crisis perfecta!. Si el ilustre compañero inicial de ruta del nazismo, Carl Schmitt, ahora venerado por la izquierda laclausiana, decía que “Soberano es quien impone el Estado de Excepción”, Fernández (A) sería ahora Soberano al imponer el Estado de Cuarentena. Rápidamente, se presentó en sociedad como el Comandante en Jefe de los Ejércitos en la Guerra contra el virus, y consecuentemente, formó un Estado Mayor de médicos especialistas en infecciones, y algún que otro epidemiólogo.

Pero Fernández no se contentó con esto (y ahí se abren de nuevo las discusiones de la medida en que es Presidente formal y real) ya que, al unísono de anunciar la cuarentena, a ese “enemigo” invisible y silencioso -demasiado silencioso- que es el coronavirus le agenció un “socio” en su enemistad con la sociedad. Ellos serían los que muy tempranamente, más que ser anticuarentena, comenzaron a manifestar sus preocupaciones por una Economía, qué si ya venía mal, no hacía falta demasiada imaginación para considerar que iba a esta peor, mucho peor. Con consecuencias peores que el virus maledetto.

Y más aún, Fernández, (A) sentenció cual bula papal que no había nada de que angustiarse porque el Presidente/Gobierno/Estado (que en el peronismo sabemos que es todo uno) se iba a hacer cargo en el confinamiento a divinis en los domicilios particulares. Para eso está “dale y que te dale” con la maquinita, única forma de financiar el gasto público que significaba la ayuda (y que pese a todo, es una de las más magras del planeta, que casí podría decirse “neo-liberal” , aunque en realidad, no lo sea por ideología, sino por crisis -como todos los programas llamados neo liberales, bah. Argentina dedica 2 puntitos de su PBI, mientras que EEUU, con ese esperpento que es Donald Trump dedica el 20 % y del PBI de EEUU. Para no ir más lejos, Chile dedica a la ayuda para mantener el coma 4 de la economía tres veces el porcentaje del PBI que gastamos nosotros.

El Gobierno, con o sin intención, ha generado una Grieta, que es muy peligrosa, pero queda naturalizada por la pandemia: la Grieta entre la solidaridad y la ambición, entre el Estado que te cuida y el mercado que te desampara, entre lo comunitario y lo individualista, entre la Ciencia y la ignorancia, entre lo bueno y lo malo. En suma, entre la Vida o la Muerte. Lo que sirve para obturar cualquier crítica, por constructiva sea ella, equiparando la demanda de testeos masivos a la marcha de los sicóticos terraplanistas, antivacunas y antisemitas en el Obelisco.

En síntesis, el gobierno no sabe, no puede y no quiere salir de la cuarentena en AMBA y otras ciudades muy densas en población, cosa en las que coinciden sus Intendentes, porque su poder y popularidad lo tienen por algo tan importante como haber planchado a niveles mínimos las muertes por el virus (el sistema hospitalario funciona tan bien, que no se ve por ahora que el virus sea “antidemocrático” y mate a más pobres que a ricos).

Sin embargo, no somos Nueva Zelanda, que ya se liberó del virus, sino que ahora las barriadas pobres funcionan como el reservorio pandémico sobre el cual se asienta la necesidad de una “cuarentena eterna”. Cosa que es imposible y dispara las peores de las incertidumbres: el no saber hasta cuándo puede durar esto, y lo peor, no saber que puede suceder luego.


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