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El supremacismo blanco, la amenaza que crece con el impulso de lobos solitarios

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La masacre en Nueva Zelanda es la última señal del violento avance del fenómeno; sin un líder, los extremistas encuentran cohesión en las redes sociales



PARÍS.- Mezquitas, sinagogas, iglesias, templos y hasta estadios deportivos… En los últimos ocho años, en todos los continentes, los supremacistas blancos eligieron una y otra vez los mismos objetivos para disparar, bombardear y sembrar el miedo.































La matanza de anteayer

en dos mezquitas de la ciudad neozelandesa de Christchurch, que dejó 50 muertos, es la última de una cantidad de ataques que van desde

Estados Unidos

hasta

Europa

y

Oceanía

, y están motivados por la convicción de que la raza blanca está en peligro. La amenaza que sienten esos lobos solitarios de la sinrazón incluye a judíos, musulmanes, inmigrantes, refugiados, feministas y líderes políticos. Los atacantes no forman parte de un grupo organizado de supremacistas. Sin embargo, abrevan en la misma propaganda racista global, pródiga en las redes. Y el responsable de un ataque casi siempre hace referencia a los mismos nombres de asesinos que lo precedieron.

Ese nacionalismo blanco planetario predica un ideal “europeo” imaginario, carece de liderazgo y muestra el ejemplo mediante esos individuos que actúan en forma independiente, fuera de toda organización. El último ejemplo es justamente Brenton Tarrant, el australiano de 28 años que atacó en Christchurch, quien explicó en un manifiesto que pretendía “aplastar la inmigración” y vengar los atentados perpetrados en Europa.















Impasible, esposado y vestido con el uniforme blanco de los detenidos, ese exprofesor de
fitness apareció brevemente ante la prensa después de su inculpación dibujando el círculo de “OK” con la mano derecha. Ese gesto, que se logra uniendo el pulgar con el índice, se ha convertido en el símbolo mundial de los adeptos de la supremacía blanca.















Viéndolo era casi imposible no pensar en otros supremacistas blancos que lo precedieron. Como Anders Breivik, que asesinó a 77 personas en Noruega en 2011, o Dylann Roof, autor de la muerte de nueve negros en una iglesia de Charleston en 2015. Como Tarrant, también publicaron mensajes en las redes sociales exponiendo los mismos motivos que los llevaron a matar.

Presentes en los cinco continentes, los nacionalistas y los supremacistas blancos, así como los extremistas de derecha, representan para muchos especialistas la amenaza más seria que deberán enfrentar las democracias en el futuro inmediato. Todos esos movimientos desestructurados, se desarrollan tanto en Europa como en Estados Unidos a la velocidad de la luz.








El nacionalismo blanco nació en los años 1930 y 1940, de la mano de fascistas y neonazis. Desde entonces, su mensaje feroz y certero, destinado a crear un sentimiento de superioridad en individuos frágiles y marginalizados, sigue provocando estragos. Setenta años después, el concepto de “genocidio blanco” -la idea de que la inmigración no blanca o las relaciones mestizas que resultan en hijos multirraciales representa una amenaza genocida a los blancos en el mundo- fue inventado por un estadounidense supremacista blanco llamado David Lane.








Responsable del asesinato de un locutor judío en 1984, Lane escribió el “Manifiesto del genocidio blanco” mientras estaba en prisión para explicar que la integración racial es un eufemismo de genocidio. Más tarde acortó su manifiesto de tres páginas a 14 palabras: “Debemos garantizar la existencia de nuestra gente y el futuro de los niños blancos”. Tres décadas después, el término “genocidio blanco” es el
hashtag más popular utilizado por los nacionalistas blancos en Twitter.

Porque, a pesar de las diferencias, tanto los nacionalistas blancos como de los supremacistas -algunos son antimusulmanes, otros antisemitas, unos capitalistas y otros no-, todos coinciden actualmente en rechazar la inmigración.








“La idea de la pérdida de identidad es central en el fenómeno del nacionalismo blanco”, señala el especialista francés Jean-Yves Camus. “Las consecuencias de la globalización, que deja en el camino a toda esa gente que no consigue seguir el ritmo, sumadas a la sensación de que un tsunami inmigratorio terminará por despojarla de su propia cultura, explica el odio al extranjero”, precisa.

Maestros en el arte de la manipulación, los dirigentes populistas de todos los continentes se han lanzado sin recato a explotar esos temores atávicos de sus propios pueblos. En todo caso, aun cuando sus enemigos suelen ser diferentes, los reclamos y métodos utilizados por supremacistas blancos y jihadistas radicales tienen enormes semejanzas.

Desde hace décadas, los terroristas de cualquier ideología buscaron llamar la atención y persistieron en verse a sí mismos como grupos perseguidos, necesitados de protección. La novedad del siglo XXI es la utilización de una nueva tecnología que permite movilizar simpatías, optimizar la propaganda e incitar ataques.

También es común a todos los terroristas el teatro de la violencia; eso que los anarquistas del siglo XIX llamaban “propaganda por el hecho”. Violencia es una parte del objetivo, pero solo una parte. En 1975, el académico norteamericano Brian Michael Jenkins observaba que “el terrorista quiere mucha gente mirando, no mucha gente muerta”.

Hoy, los militantes islamistas y los supremacistas blancos parecen preferir mucha gente muerta. Pero incluso así, el objetivo nunca es solo matar a alguien, sino transmitir un mensaje. Eso fue lo que sucedió el 11 de Septiembre cuando Al-Qaeda atacó las Torres Gemelas de Nueva York y cuando Estado Islámico decapitó ante las cámaras al periodista norteamericano James Foley. Eso es lo que buscó Tarrant, igual que todos los otros lobos solitarios supremacistas blancos antes que él. Al invocar una “invasión” de inmigrantes que terminará con la raza blanca y declarar en línea su intención de vengarse, Tarrant quiso convencer a todos aquellos que piensan como él de tomar las riendas de la situación y lanzarse a la batalla del exterminio.

“Tarrant, como otros terroristas se ve a sí mismo como aquel que protege a su grupo cuando los demás no están dispuestos a hacerlo”, dice Alexander Meleagrou-Hitchens, director de investigación del Programa sobre Extremismo de la George Washington University. Y concluye: “El problema es que el poder simbólico de las matanzas se está apoderando de todo candidato a terrorista. Y ese es un desafío difícil de combatir”.




















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