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EL TIC PERONISTA | 7 miradas

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Vicente Palermo.*  He leído estos días que los peronistas son malos perdedores. También que esa actitud recalcitrante no es compatible con la democracia. Esta vez, esas impresiones fueron suscitadas por las reacciones de los partidarios del Frente de Todos, que bien podríamos llamar “todistas”, ante la muy contundente derrota sufrida en las recientes elecciones de término medio.

Pero esta tesitura tan rígida tiene, en el peronismo, mucha historia, no se puede endilgar así como así al kirchnerismo. La tendencia peronista a soportar mal las derrotas, y sus causas, proviene de muy atrás.

Los todistas reaccionaron mal frente a la derrota, dijeron muchos disparates (como ese de ganar perdiendo y perder ganando) y anunciaron su decisión de festejar el triunfo.

Se reunieron el 17 de noviembre, para los peronistas el Día de la Militancia; podrían haber festejado esa conmemoración, como dijo Dolina, qué tiene de malo festejar que estamos reunidos, que estamos juntos.

Pero no; anunciaron expresamente su intención de festejar un triunfo electoral. Y lo hicieron. Con hipérboles, pero lo hicieron. “El triunfo no es vencer sino nunca darse por vencido”, sostuvo el Presidente en una mala citación de Almafuerte.

Los todistas, entonces, no saben aceptar la derrota, dícese. Pero los todistas no han nacido de un repollo. Son peronistas y estamos hablando aquí de un tic peronista. No es bueno que sean malos perdedores y les cueste aceptar una derrota, aunque no creo que ese defecto sea incompatible con la democracia. Lo que hay que saber aceptar son las reglas de juego, y es cierto que hay reglas informales, de valor normativo, que forman parte del cemento con el que se construye el edificio democrático.

Pero lo que me importa aquí es el porqué de este tic tan marcado e, históricamente, tan peronista. Porque malos perdedores hay en todas partes: explicar la extravagante reacción de esos días, diciendo que los K son malos perdedores, parece muy superficial. ¿Por qué son malos perdedores?

Porque los peronistas, por definición, no pueden perder. Una derrota electoral – puramente numérica – es una anomalía que debe ser denunciada. Aunque cínicos hay en todas partes, en general los peronistas no mienten cuando culpan a “los medios hegemónicos” de esas anomalías, o endilgan la responsabilidad a cualquier clase de intereses oscuros o al maléfico arte del engaño.

Hay un fondo de sinceridad en lo que nos parece a muchos un despropósito. Si el peronismo sufre una derrota electoral es la nación la que está siendo derrotada y ¿cómo la nación podría derrotarse a sí misma? Esto sólo puede ser explicado por lo anómalo: los medios, los intereses oscuros, el engaño, los sectores sociales (¡cambiantes al arbitrio peronista!) “anti nacionales”. El peronismo constituye una totalidad: la totalidad de lo que puede ser considerado legítimamente el pueblo. Hasta ahora no ha conseguido romper amarras de ese fondeadero (míticamente, la plaza de octubre de 1945).

El todo – no en vano el presente tic peronista se llama “frente de todos” – no puede ser menoscabado por una parte. Un parte que, si no pertenece al todo, no es completamente legítima, no integra de modo pleno y justo la nación, aunque circunstancial y mañosamente consiga una victoria electoral.

Las elecciones – como lo fueron, de hecho, durante el peronismo clásico – son en esencia confirmaciones: confirman el pacto de lealtad entre Perón y las masas, entre el peronismo y sus acólitos. Hasta 1955, el gobierno peronista realmente aspiró a transformar el todo electoral en el único todo legítimo, el todo justicialista.

En los 70, Perón se apartó bastante de esta pulsión unanimista, pero lo hizo ambiguamente, y esa concepción de irrelevancia del juego representativo continuó presente. Reconoció adversarios (sobre una base particularista), pero al mismo tiempo estableció que todos los argentinos portábamos una segunda naturaleza justicialista.

En 1983, sólo una pequeña minoría del peronismo organizado reconoció que el PJ era responsable de su derrota. La inmensa mayoría le negó al partido triunfante (repudiablemente “socialdemócrata”) cualquier legitimidad nacional y popular.

Menem es una excepción, pero justamente esta excepción constituye un problema, porque el grado de ajenidad que han logrado los peronistas en relación a Menem es asombroso. De los K mejor ni hablar, basta con recordar el bastón presidencial. Con Fernández la lógica todista es impecable: en 2015 se dejaron engañar (por las sirenas del campo antinacional), votaron mal, y ahora estamos pagando la pesada herencia que ese error hizo posible.

Pero cuando el peronismo triunfe todo volverá a la normalidad de las urnas que están más allá del juego representativo, son puramente confirmatorias.

Asombra la facilidad con que se asimilan estos tics de la pragmática peronista. Alberto Fernández, sin ir más lejos, entró ya madurito al peronismo; sin embargo, los incorporó a la perfección. No estoy seguro de que valga la pena discutir hoy de este tema con muchos K; pero sí creo que es indispensable intentar hacerlo con muchísimos peronistas.

Necesitamos recuperar la convivencia pluralista que hemos descuidado y para eso no sirve la retórica vacía, sirve discutir, oír y ser oídos, argumentar, criticar y ser criticados.

 

Palermo es escritor, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid Y fundador del Club Político Argentino. Es además Investigador principal del Conicet,.  Ha dictado cursos en universidades de Argentina, Brasil, España y Uruguay. .Recibió la beca Guggenheim en 2006, el premio al mejor libro del año de Latin American Studies Association en 2009 y el Premio Konex de Platino 2016 en Humanidades, en la disciplina Ciencias Políticas. Escribe artículos para distintos medios gráficos.


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