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El trabajo no es cosa de chicos

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Rufina es una mujer de cabellos oscuros, andar cansado y mirada triste. Su documento acredita 51 años, pero sobre su cuerpo gastado por la faena prematura, y sus amargos recuerdos, parecen muchos más. Es de Neuquén donde siempre trabajó, porque lo de ella fue acatar órdenes desde niña y servir a otros.

“A los 8 empecé a trabajar con una familia puertas adentro. Fue decisión de mis padres que trabajara en una casa de familia. Empezaba a las 8 de la mañana y recuerdo que lo primero que hacía era llevar un cajoncito para subirme a él, prender la hornalla y calentar el desayuno. Terminaba a las 9 de la noche excepto que la familia tuviera invitados por lo que tenía que servir el café. A la escuela no fui nunca; nunca tuve niñez ni adolescencia: siempre fue trabajar. Recuerdo que no tuve nunca un juguete”.

Pasaron 43 años de este relato y, con cifras que indignan, la Argentina continúa perdiendo por varios cuerpos su lucha contra la erradicación del trabajo infantil. Es más, dolorosamente, en los últimos años el porcentaje creció: el último informe del equipo del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia (del Observatorio de la Deuda Social de la UCA) dado a conocer el jueves pasado, da cuenta de que el 12% de los chicos de 5 a 17 años que trabajaba en 2017 pasó a 15,5% en 2018.

Otra forma de decirlo: hoy en la Argentina 763.500 niños y niñas de entre 5 y 15 años realizan actividades productivas, según los datos de la Encuesta de actividades de niñas, niños y adolescentes (EANNA).

Este miércoles es el Día Mundial contra el trabajo infantil, y el de Rufina es un caso en miles, una diminuta y filosa muestra de una estadística abrumadora. Por ello, la OIT decidió su conmemoración arropando la estadística con realidad, y a la frialdad numérica la acobijó con las calorías que da el sentimiento del relato: compiló bajo la campaña “100 años, 100 voces” testimonios de cien conciudadanos de cada una de nuestras 24 provincias.

El trabajo de campo, estará acompañado de obras originales referidas al trabajo infantil realizadas por el artista plástico Felipe González, llevó más de dos meses de ejecución y se puede ver en www.ilo.org/100voces.

“Hablar de trabajo infantil es hablar de una vulneración masiva de derechos; entre otras cosas, el trabajo infantil te formatea porque te hace sentir responsable del sostén económico familiar”, repasa el recorrido para Mundo Gremial, Gustavo Ponce, psicólogo y funcionario de la OIT especializado en la lucha contra este flagelo mundial.

Sigue: “El aporte de esta campaña de que el trabajo infantil no es producto de la situación actual te invita a pensar el tema desde una perspectiva histórica. Basta con leer a José Ingenieros, en sus escritos de 1919, para entender que el trabajo infantil es algo que persiste. De algún modo debemos promover una pregunta en la gente que cree que no está tan mal. Esa certeza es la que nos impide ver los daños que provoca el trabajo infantil. Eso es lo que debemos romper”.

La génesis de la campaña la cuenta Ponce: “Pensamos en 100 pensando en tener 100 voces; y de ahí surgió 100 años de que se creó la OIT, 100 voces. Desechamos pensar en una consultora que contratara a alguien que tocara el timbre casa por casa por todo el país y recurrimos a personas que conocen el territorio. Fue así que hicimos una red en la que trabajó el Gobieno nacional, provinciales, sindicatos como UATRE, CTERA que aportó con maestros rurales, de Trabajadoras de Casas particulares y Ladrilleros. También ayudaron otros aliados como el INTA y empresas citrícolas, como en el caso de Tucumán. ONG´s y personas que están involucradas con esta temática”.

La tristeza contenida, la carencia de juego y las lágrimas de estos 100 protagonistas al recordar aquella niñez paradójicamente huérfana de infancia y de recreos fueron un denominador común en todos ellos.

He aquí otros relatos..

“No conocí el jugar, nunca jugué. A los seis años ya me ocupaba de buscar leña y agua en el río”, dice Hugo, salteño y ahora cercano a los 40 años. A los 15, junto a sus hermanos, comenzó a trabajar en el tabaco.

Alicia, boliviana, afincada en Buenos Aires, cuenta con la voz quebrada: “A los 9 años trabajé; ayudé a mi madre; a los 12 años trabajé por la necesidad. Terminé la escuela y luego me fui a trabajar de empleadita; lejos de mis padres y aunque me trataban bien era muy triste. Solo era trabajar de doméstica y acá en Argentina empecé a trabajar con la verdura. Yo hubiera querido ser doctora; ahora le digo a mis nenas que estudien y no que sean como yo. Ahora estamos en Argentina y también es triste estar en otro país”.

Teófilo Cruz (70), de Jujuy, aporta su testimonio: “Limpiaba acequias cuando debía tener 15 años. Me crié con mi tía abuela Margarita Cruz de González, en Pampa Blanca. Con el tiempo me llevan a Salta para luego volver a mi pueblo: hice un poco de secundario pero no sé si terminé y mi padre me dijo que para comprar cosas necesitaba que yo trabajara; por lo que terminé haciendo limpieza”.

Con fortaleza de haber atravesado una vida dura, Antonela, de Mendoza, comparte: “Empecé a vivir con mi abuela a los 9 años y las dos fuimos las primeras en trabajar en el basural. El basural creció y empezamos a trabajar juntando cartón, ropa y vidrio y todo material que pudiéramos vender a Mendoza. Recuerdo que lo hacíamos todo el tiempo, ya sea en invierno o verano”.

Con su historia, Enrique, de Misiones, nos acerca el dolor de haber perdido su niñez: “Mi papá araba y a los 7 años empecé a sacar los yuyos que el arado dejaba. Desde aquel día y hasta el día de hoy seguí trabajando. Se juntaba algodón y si no había se juntaba maíz y cuando no había esos trabajos carpíamos. Mi papá era pobre y él salía a hacer changas y nosotros trabajábamos. A los 8 años carpiendo el tábajo me picó una yarará y casi muero porque no había médico en el pueblo. En caballo fuimos a la casa del viejito que era conocedor y me salvó; ya había salvado muchas vidas. A los 10 años empecé a arar yo”.




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