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El último viaje del señor Ngu | Internacional

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Tres cameruneses han muerto en México. Se ahogaron a 11.000 kilómetros de casa y a poco menos de 2.000 de su destino: Estados Unidos. Poco después de morir comenzaron a revelar verdades de dimensiones globales. Y no han parado desde entonces. Yo me encontré con su muerte casi por casualidad.

Recién había llegado a Tapachula, en el sureste mexicano, cuando supe que una lancha había volcado frente a las playas donde colindan los Estados de Chiapas y Oaxaca. A las 7.30 del 11 de octubre, un pescador observó ropas desperdigadas en una duna de playa desierta cerca de Puerto Arista, Chiapas, y alertó a rescatistas locales. Cuando llegaron, observaron un sendero de huellas que se extendía unos 400 metros tierra adentro. Allí encontraron el primer cuerpo, mal cubierto con hierba arrancada de raíz de esos montículos de arena.

La Marina mexicana y la Fiscalía de Chiapas llegaron poco después. Encontraron un documento de tránsito de Costa Rica, lo que sirvió para identificar al muerto: Emmanuel Cheo Ngu. 39 años. Procedente de Bamenda, Camerún.

De los arbustos que coronan las dunas emergieron ocho náufragos derrotados por el trauma del accidente, la sed y las picaduras de mosquitos y se entregaron a los agentes mexicanos. Siete hombres y una mujer. Cameruneses también. Fueron trasladados a un hospital cercano. “La mujer iba embarazada”, me contará dos días después Francisco Álvarez, uno de los rescatistas locales. “Todos venían ya muy golpeados”. Los coyotes los abandonaron.

Por la tarde, los pescadores encontraron otro cuerpo. Atabong Michael Atembe. 32 años. También de Camerún. El mar lo depositó casi en el mismo lugar: un pequeño banco de arena con espejos, casi espejismos de agua que dejan atrás las mareas altas; y dunas que al mediodía, contra el cielo azul, producen un paisaje del universo de Dalí.

Llegué allá tras media hora de viaje por la playa desierta, a bordo de una cuatrimoto conducida por un adolescente local que ofreció servir de guía.

Aún encontramos ropa tirada en la arena, única evidencia del naufragio. Apunté en mi libreta: un pantalón de mujer; dos vestidos; un calcetín café; una barra de jabón; un suéter; otro pantalón de mujer; una sandalia de plástico; un pantaloncito de niño junto a una camiseta negra de similar talla; una camiseta roja, de adulto; un paquete de Kotex; una bolsita de plástico llena de granos blancos como la sal gruesa, con indicaciones médicas en francés; un bote de jabón líquido; tres bragas: una roja, una rosada y una azul; un paquete de copos de algodón; un calcetín rosado; dos sostenes: uno negro y otro rosado; un par de bragas negras; un pantaloncito azul turquesa; dos jeans de talla infantil; una camiseta rosada junto a unos pantalones y una toalla del mismo color; un sostén malva; un par de jeans color ocre. Un suéter verde; una frazada con estampados de corazones en rojo y amarillo; una botella de plástico verde; una camiseta gris de niña y unos jeans volteados, rotos; una camiseta negra con estampados en blanco de la torre Eiffel; un jersey térmico infantil. Las autoridades mexicanas dijeron que todos los sobrevivientes son adultos. Pero esto fue lo que encontré.

El océano Pacífico escupió un tercer cuerpo en una playa cercana llamada Cachimbo, que pertenece ya a Oaxaca. Los pescadores lo encontraron al siguiente día. También un hombre. También camerunés.

¿Qué hacían allí, tan lejos de casa, unos africanos? ¿Dónde se habían embarcado?

Cuando llegué a Puerto Arista, llevaba un mes buscando la ruta marítima de los migrantes suponiendo que, si el Gobierno mexicano, que accedió a las presiones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha reforzado la frontera sur con miles de agentes de la Guardia Nacional, la migración por la costa debía haberse incrementado. El naufragio de los cameruneses parecía confirmar que, efectivamente, había tráfico humano por el mar. Pero eso fue casi al final del viaje que inicié cuatro semanas antes, buscando lanchas en las costas de Guatemala. Allá lo que encontré fue otra cosa.

I. LA NUBE EN LOS OJOS

Fui primero a Ocós; una oscura y abandonada esquina de Guatemala sobre el océano Pacífico, junto a la desembocadura del río Suchiate, que durante años ha sido nido de narcotraficantes y de coyotes.

Poco se sabe de este lugar, que además a casi nadie le importa. Ni los periodistas de la capital guatemalteca, ni los políticos, ni los fiscales, tienen información actualizada de lo que pasa allí. A ese lugar, me dijeron todos semanas antes, no se va. Es un municipio de acceso muy controlado al que no entra ni la Policía. ¿A qué ir? Eso es territorio de bananeras y de narcos. Allí no se va.

Pero si acaso se va, comprobé, uno cambia no solo de lugar sino también de tiempo. Uno retrocede 70 años hasta los tiempos de la todopoderosa United Fruit. Es como entrar, a través de un camino polvoso de 20 kilómetros, en una novela de Miguel Ángel Asturias: las bananeras, los empresarios, los peones, la miseria, el acaparamiento de los recursos naturales. Solo dos cosas parecen haber cambiado: que estas tierras ya no pertenecen a la todopoderosa United Fruit sino a todopoderosos terratenientes guatemaltecos; y que tienen por vecinos a narcotraficantes. Ocós es una novela de Asturias, pero con narco.

Entré con un campesino que hizo el viaje conmigo desde la Ciudad de Guatemala. Él es originario de La Blanca, una colección de rancherías y caseríos entre bananeras que hasta hace cinco años era parte de Ocós. Ahora es un municipio independiente. El pequeño casco urbano donde se asienta la nueva Alcaldía, que es el centro y lugar de encuentro de la comunidad, es uno de esos pueblos de calles que se cuentan con las manos, en los que la librería no vende libros sino cuadernos, lápices, reglas, compases y monografías de los próceres nacionales. El pueblo recibe al visitante con un letrero en el que se lee “Bienvenidos a La Blanca, capital del oro verde”. El oro verde es el banano, el producto que mueve la economía de toda esta región y que aquí raras veces alcanza el color amarillo.

La desembocadura del río Suchiate, entre México y Guatemala
La desembocadura del río Suchiate, entre México y Guatemala

Entre bananeras nos internamos y llegamos a la aldea de Chiquirines, hogar de unas cuantas familias de campesinos rodeada por las plantaciones, por lo que los pesticidas rociados por las avionetas de las bananeras caen sobre sus tejados, sobre sus patios, sobre sus animales, sobre sus cabezas.

En una de estas casas vive Narciso Dueñas. Es un hombre flaco pero macizo al que los aldeanos llaman don Chicho; un moreno de piel lustrosa y lisa que tiene 55 años, vividos todos aquí. Está sentado en una silla de plástico, sobre el piso de tierra apenas bordeado por ladrillos sobrepuestos que delimitan la entrada de su hogar, a escasos 15 kilómetros de México y a un siglo de historia de las capitales latinoamericanas. Junto a Chicho y su silla de plástico hay dos sacos rebosantes de olotes, los huesos secos del maíz. Son las sobras del consumo familiar, alimento para los cerdos, a la venta para quien necesite engordar a sus animales. A su lado derecho, su esposa Irma se sienta en un pedazo de tronco porque las dos sillas de plástico que poseen no alcanzan cuando hay invitados. Ahora tienen un poco de agua, dice ella, porque es la temporada de lluvias. Pero el pozo se seca en el largo verano de las latitudes tropicales que debe comenzar el próximo mes.

Don Chicho Dueñas dice que ya recuperó la vista, pero cuesta creerle. Busca mis ojos mientras habla y no siempre los encuentra. Aventura explicaciones alternativas: “Se me rompió la patita de mis lentes y por eso no puedo usarlos… La vista se me recupera poco a poco… No puedo leer, pero todo lo demás sí…”

Vivienda de don Chicho
Vivienda de don Chicho

La primera retina, la del ojo derecho, se le desprendió un día abrasador de 2016 mientras caminaba rociando pesticida, tanque a la espalda, entre matas de bananos, a más de 35 grados centígrados. Una semana después, se le desprendió la otra.

“Yo era bueno para tirar herbicida”, dice ahora mirando al frente, adonde no estoy. “Tirábamos 10, 15 toneles. ‘Hay que avanzar más’, me decían. ‘Hay que avanzar más. Hay que avanzar más’. Tomaba pastillas para la fiebre y el dolor porque no podía dejar de trabajar. En la empacadora también trabajaba con el cloro. Y se me desprendió la retina. Me mandaron a cortar la fruta hasta que se me terminó de desprender y ya no miré más. Le dije al patrón que ya no veía y él vio la nube en mi ojo y me mandó con un doctor que él conocía en la ciudad. Pero el doctor me cobró. La empresa nunca pagó mi seguro social aunque me descontaba la cuota todos los meses. El doctor me dijo que había perdido el ojo por trabajar tanto tiempo con los químicos. Tuvimos que vender los animales y sacar lo poquito que teníamos para que me operaran. Ahora ya puedo ver”, dice. Pero cuesta creerle.

La familia vende animales que cría Irma; olotes y las hamacas que Chicho teje a la velocidad que su ceguera le permite. Cuando perdió sus dos ojos ya no pudo trabajar. Su hijo dejó los estudios de enfermería y ofreció sus brazos a las bananeras. Es joven y suficientemente fuerte para cargar las pencas, rociar herbicida, hacer bordas o empacar la fruta. Para avanzar más. La empresa para la que laboraba su padre no lo quiso contratar. Trabaja en lo que encuentra: a destajo en parcelas ajenas. A veces saca dos días, a veces tres. A veces nada. El joven lo que quiere es irse de Guatemala. Agarrar para el norte. Aquí no parece haber alternativas para la miseria. “Aquí la gente come más de lo que gana”, dice Irma. Y aquí la gente no come mucho.

Chicho dice que ya ni siquiera puede mantener sus parcelas para consumo propio porque las bananeras han desviado los ríos, secado las pampas y colocado bordas y diques, de manera que en verano acaparan toda el agua y en invierno inundan todo a su alrededor. No solo lo dice él. Lo dicen cientos de demandas y testimonios en toda la Guatemala rural, del Pacífico al Caribe. De las costas a las selvas.

Chicho me lleva al patio trasero de su casa, donde unas gallinas corren entre monte y lodo. Escucho las avionetas sobre nosotros rociando insecticida. Al final del patio, el límite de su propiedad marcado con palos es pared de una borda: un canal de más de dos metros de altura y otros dos de ancho que rodea toda la propiedad de enfrente: la bananera. Allí, a dos metros de distancia de su casa. La plantación en la que Chicho perdió la vista. Desde aquí vemos decenas de aspersores tirando agua sin parar entre las matas de las que cuelgan pencas del oro verde que, en un proceso perfectamente calculado, mutará su color mientras viaja hasta alcanzar un perfecto amarillo banana en los anaqueles de fruta de mercados y supermercados de Nueva York, Nueva Orleans, San Francisco, Los Ángeles y Chicago. Don Chicho observa los aspersores distribuyendo el agua que a él le falta. El agua de los ríos desviada para alimentar a las plantas. “Yo cavé mi tumba en esas bananeras”, dice.

Hace apenas tres años, el Ministerio de Medio Ambiente de Guatemala denunció que, solo en la costa sur, más de 50 ríos fueron desviados por empresas agroindustriales dedicadas al cultivo de caña, palma africana y bananas. En la zona de Ocós, como en toda Guatemala, los dos grandes emporios de la industria agrícola son el Grupo Hame, de la familia Molina, y Banasa, de la familia Bolaños. Ambos tienen como clientes a las grandes empresas estadounidenses de distribución de fruta: Chiquita, Dole y Del Monte. Ambos grupos son receptores de generosas exenciones fiscales y cultivan, además del banano, palma africana, caña de azúcar, hule y café.

En esta esquina de la costa sur, los campos de banana son vecinos de los grandes palmares. Hame produce además aceite de palma y aceites de cocina y es el segundo mayor exportador de aceite de palma de América Latina. Eso a pesar de que dos grandes emporios, como Nestlé y Cargill, le suspendieron millonarios contratos. La página corporativa de Cargill especifica que el contrato fue suspendido debido a denuncias de “violaciones a los derechos humanos y degradación ambiental”.

Hame son las iniciales de su fundador, Hugo Alberto Molina Espinoza, quien inició su negocio con una refinería en la que se asoció con la todopoderosa United Fruit. Murió el pasado abril. Su empresa ha recibido denuncias no solo por desvío de ríos sino también por ecocidio, defraudación fiscal e incumplimiento de las leyes laborales. Aquí, en la La Blanca y Ocós, Hame y Banasa han sido denunciadas por 11 comunidades debido al desvío de los ríos Pacayá y Mopá. El juez resolvió un amparo a favor de los campesinos, pero los ríos no han vuelto a su cauce.

Felipe Molina, director ejecutivo de Hame, aceptó atenderme por teléfono. Hablamos apenas cinco minutos porque, dijo, tenía prisa, y me dejó hablando con sus gerentes. Pero alcancé a preguntarle por las acusaciones contra su empresa. “Hay activistas que recurren muy rápido a la denuncia de los hechos sin haber tenido acercamiento ni pedido explicaciones. Denuncia no es sinónimo de condena. Hay mucho ruido sobre denuncias. ¿Pero qué está fundamentado o no?”. Cuando mencioné condenas del Ministerio de Medio Ambiente y de instituciones relacionadas con derechos laborales e impuestos me remitió a sus gerentes. Antes de que se retirara alcancé a preguntarle por el apresamiento, hace año y medio, de uno de sus hermanos, acusado de defraudación fiscal por la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (Cicig). “Efectivamente hay denuncias contra miembros de mi familia pero son eso, denuncias”, dijo. El caso sigue abierto, su hermano atiende el juicio en libertad pero la Cicig, asediada por el Gobierno guatemalteco y los grandes empresarios como Molina, cesó sus funciones a finales de agosto de este año.

En La Blanca conocí también a Porfirio Escobar, un hombre recio de 64 años con las manos como dos enormes callos, al que es prácticamente imposible sacarle una sonrisa. Vive justo en la ribera del Pacayá, uno de los ríos desviados por las bananeras. Ahora mismo, en época de lluvias, el Pacayá más que río parece un riachuelo. El campesino hace un resumen del lugar: aquí el pescado sobraba porque el río era alimentado por las pampas y en el invierno el pescado pasaba de la pampa al río. En los noventa llegaron las bananeras y la palma. Se fue reduciendo la tierra. “En mayo de 2005, se acabó todo por los cambios de la naturaleza que hicieron las fincas. Los bordes, las desviaciones del río. Ese día el agua se topó con la borda y nos inundó a nosotros. Se acabó toda la siembra. En octubre vino el huracán Stan a quitarnos lo poquito que quedaba”.

En el patio de la casa, la esposa de Porfirio calienta agua sobre fuego de leña. Hoy comerán caldo de pescado. A la mano, sobre un tablón, una docena de mojarras famélicas esperan en una cubeta. Están cubiertas por una nube de moscas. Un par de mojarritas abren aún la boca, apenas sus cabezas libres de las succiones de las moscas. La mujer espanta la nube, toma una mojarra aún viva y la abre con una cuchilla para limpiar las vísceras. “Es lo más que sacamos hoy de ese río”, dice Porfirio. “Nos quitaron el recurso del pescado. Nos quitaron el recurso de la tierra. Ahora ya solo sembramos una cosecha al año”.

Dos hombres navegan por el río Pacayá
Dos hombres navegan por el río Pacayá

Atrás de él, una gallina se desploma. Muerta. Cuando Porfirio se percata la toma del pescuezo y pregunta a gritos a los otros miembros de su familia si alguien le dio de comer algo indebido. Nadie responde. Al fondo de la casa el hijo de Porfirio mira, en una vieja televisión, un capítulo de Ley y orden.

Le pregunto a Porfirio si aún hay migrantes que pasen por aquí. No. Hace días que no sabe nada de centroamericanos pasando en lanchas. Solo sabe de los emigrantes locales: “Los jóvenes se fueron. Señores grandes y señoras también, con hambre, se fueron. Nosotros en medio, por un lado las fincas y por el otro los narcos que compran fincas a precios elevados para lavar dinero. Todos nos despojan de las parcelas. A un muchacho de por aquí lo contrataron para que transportara carga, ¿me entendés? Llevó su primera carga. Luego otra más larguito y así. Se fue haciendo de billetes. Hizo su casa. Compró su camión, su carrito… Como una canción de Los Tigres del Norte. Cuando subió demasiado lo mandaron a matar. Es así. Si me meto a trabajar con ellos luego viene mi hijo. Verá un dinero bueno. ¿Y después? Mejor con el sudor del cuerpo. Pero el narco no es el problema aquí. El narco solo es problema si te metes con el narco. Aquí el problema son las bananeras”.

En una improvisada plataforma de madera con motor, sobre las aguas del río Naranjo, subimos al carro para cruzar a lo que queda del municipio de Ocós. Ya del otro lado entramos, como se entra por aquí a todos lados, por veredas entre bananeras. El mismo paisaje asturiano, los mismos caminos polvosos transitados por contenedores con los logos de Chiquita y Dole. Las mismas pistas de aterrizaje para las fumigadoras. La misma miseria. La industria guatemalteca de la palma africana exporta cada año 400 millones de dólares (363 millones de euros). El banano produce aún más. Poco parece llegar a los habitantes de estos caminos.

Cuando me quedé hablando con los gerentes de Hame, me dijeron que el Pacayá se había secado por el cambio climático. Después admitieron “fallos” pero ahora hacen estudios de impacto ambiental y redujeron el consumo de agua. Sus prácticas han mejorado desde la cancelación de los contratos de Nestlé y Cargill, con la esperanza de que más adelante reviertan la decisión.

Les pregunté cuál era su idea de desarrollo, habida cuenta de que en las zonas en las que producen su riqueza la gente vive en tal atraso. ¿Desarrollo? Ellos aportan, dicen, contratando a 10.000 empleados de la zona. Invierten también en salud y educación para sus empleados. El problema, me dijo uno de los gerentes, es la ausencia del Estado. Y en eso hasta el presidente guatemalteco, Jimmy Morales, está de acuerdo.

Pocos días después de mi conversación con los ejecutivos del grupo, Felipe Molina recibió de manos de Morales un reconocimiento en memoria de su padre. El presidente anunció la apertura de consulados en países productores de palma africana; y nuevas carreteras en las zonas de grandes plantaciones. Después pidió ayuda a los agroindustriales guatemaltecos: “Se habla de que no hay presencia del Estado, pero es que el Estado tiene recursos muy limitados y ustedes lo saben. Si ustedes pueden ayudarnos a realizar proyectos de proyección social allí, serán bienvenidos y se los agradecerá la nación y la historia se los reconocerá”. Lo escucho y no dejo de pensar en los tiempos de la United Fruit, que construyó el ferrocarril y las escuelas y las clínicas y las aduanas y exigía a Guatemala que se lo reconociera mediante reformas legales y exenciones tributarias a su favor. Hace 70 años.

II. LA RUTA DEL SEÑOR NGU

Emmanuel Cheo Ngu salió de su casa en Bamenda el 30 de julio de este año, con su esposa Antoinette y sus cuatro hijos. Condujo siete horas hacia el sur de Camerún, hasta el aeropuerto de la ciudad de Douala. Allí se despidió de su familia e inició su expedición aérea rumbo a Quito (Ecuador).

El señor Ngu era profesor de una escuela secundaria pública en la región anglófona de Camerún, donde fuerzas separatistas resisten desde hace dos años contra el Gobierno francófono de Paul Biya, quien preside un régimen dictatorial desde 1982. El conflicto ha dejado casi dos mil muertos y medio millón de desplazados.

Antoinette, la viuda de Emmanuel Ngu, me contó por teléfono que su esposo huyó porque creía que lo iban a matar. Su mejor amigo, un colega llamado Oliver, fue decapitado en mayo pasado. Ngu quedó atrapado en el conflicto. Recibía amenazas de muerte de los separatistas; y las fuerzas del dictador lo apalearon hasta deformar uno de sus dedos. Le dejaron tales cicatrices que permitieron, meses después, el reconocimiento de su cadáver.

No es un caso único. En la explanada de la estación migratoria Siglo XXI, en Tapachula, encontré a miles de africanos huyendo de dictaduras y regímenes corruptos apoyados por Gobiernos europeos a cambio de protección a empresas europeas que se lucran de la extracción de recursos en el continente negro; o por problemas que tienen su origen en las administraciones coloniales.

Los migrantes africanos tienen todos en sus teléfonos videos terribles de la situación en sus países: hombres decapitando a una mujer; adolescentes ejecutados por uniformados; linchamientos públicos; balaceras indiscriminadas contra población civil. Imágenes que confirman lo que escriben los corresponsales de la prensa internacional y las organizaciones de defensa de los derechos humanos.

Europa ha cerrado las puertas a inmigrantes africanos. Se ahogan por miles intentando cruzar el Mediterráneo en pateras o terminan en campos de detención o esclavizados en Libia.

En consecuencia, miles atraviesan ahora medio planeta para llegar a Estados Unidos. Ese era también, a grandes rasgos, el plan de Emmanuel Cheo Ngu: Llegar a Estados Unidos y pedir asilo. Allá viven dos de sus hermanas y su mamá. Pero los viajes no se hacen a grandes rasgos. No los viajes de los migrantes.

Emmanuel hizo la larga travesía con su primo Forché Takwi, de 19 años. El primer vuelo los llevó de Douala a Estambul. Solo cambiaron aviones. Su última escala aérea fue Panamá, pero allí no bajaron porque no tenían visado. Volaron a Ecuador y de vuelta a Panamá por caminos peligrosos, por los que entran quienes no pueden bajar en el aeropuerto porque no son europeos ni estadounidenses ni tienen visa.

Llegaron a Quito el 2 de agosto y viajaron en autobuses hasta el pequeño puerto de Turbo, en la costa norte de Colombia. Allí se embarcaron en una lancha que los llevó hasta Capurganá, penúltima playa colombiana en el Caribe. Es un pueblo aislado, sin acceso por tierra, que vive principalmente de ese segmento de turistas de aventuras que huye de los lugares que recomiendan las agencias de viajes y que llega allí en las mismas lanchas en las que navegaron Emmanuel y Forché. Capurganá es también puerta de entrada a la selva del Darién.

Forché Takwi cuenta ese trayecto:

“Conocíamos la ruta porque nos la habían dicho unos amigos. Es la que hacen todos los cameruneses. En Capurganá le pagamos a una gente para que nos llevara. Cuatro noches y cinco días caminando en la selva. El cuarto día nos asaltaron unos ladrones. Salieron de la nada. Nos rodearon. Nos robaron todo el dinero. 2.000 dólares. 1.000 a Emmanuel y 1.000 a mí. Un chico no les quiso dar el dinero y le dispararon allí mismo. Era un chico de Camerún, a quien apenas habíamos conocido unos días antes en Capurganá. Los guías nos dijeron que nos fuéramos de inmediato para no atraer más problemas. Agarramos las mochilas y seguimos el camino. Ni siquiera nos dio tiempo de saber quién era el muchacho. Allí quedó tirado. Muerto. Nos fuimos”.

Nomás llegar a la Ciudad de Panamá, Emmanuel Cheo Ngu llamó a su esposa Antoinette. No le contó del chico muerto ni del asalto. Solo le dijo que la parte más peligrosa del viaje ya había pasado.

Le envió también fotos de su paso por la selva que ella me reenvió. Aparece en medio de un grupo de migrantes africanos. Viste una camisola del Barcelona, unos shorts sobre mallas deportivas y, a manera de calzado, unos crocs. No parece la vestimenta más apropiada para cruzar una de las regiones más inhóspitas del continente americano.

En la izquierda, Ngu antes de partir. En el centro y derecha, durante su paso por el Darién
En la izquierda, Ngu antes de partir. En el centro y derecha, durante su paso por el Darién

Otros africanos con los que hablé en Tapachula coinciden en que el Darién es el peor tramo del camino. Que están expuestos a la voluntad de las mafias, de traficantes y cuatreros. A todos les robaron. Algunas mujeres son violadas. Todos han atestiguado o escuchado las historias de asesinatos en la selva. Allí quedan, muertos sin nombre, pero con familias en África que esperan noticias de ellos. Me confirmaron que esta fue también la ruta del segundo ahogado, Atabong Michael Atembe.

Como el camino de los centroamericanos hacia Estados Unidos, el de los africanos por el Darién está lleno de muertos y desaparecidos. Pero entre migrantes también hay unos más jodidos que otros: si los africanos sobreviven al Darién, aún tienen que atravesar el camino de los centroamericanos. La frontera de Guatemala con México, que para los centroamericanos es el inicio del infierno, para los africanos es el último tramo de su odisea.

El señor Ngu y su primo Forché se costearon el resto del viaje con dinero prestado a otros cameruneses. Cruzaron el Suchiate sobre una balsa el 16 de septiembre, seis semanas después de su salida de Bamenda. Estaban a 11.000 kilómetros de casa en línea recta. Pero entre vuelos, buses, lanchas y a pie habían recorrido 22.000 kilómetros.

Se registraron en la estación migratoria de Tapachula y solicitaron papeles para atravesar México. Como provienen de países sin representación diplomática, México considera apátridas a los africanos. Como a los demás migrantes, les otorga un permiso de estancia temporal que les prohíbe abandonar Chiapas, antípoda mexicana de la frontera con Estados Unidos.

Después de varias semanas durmiendo a la intemperie en las tiendas de campaña instaladas en la explanada de la estación migratoria, el primo Forché se fue por tierra hacia el norte, con coyotes. Emmanuel Ngu prefirió quedarse.

1. Bamenda (Camerún)

Siete horas en coche

coche

2. Aeropuerto de Douala (Camerún)

En avión

avión

3. Estambul (Turquía)

En avión

avión

4. Ciudad de Panamá (Panamá) No pueden bajar porque no tienen visado

En avión

avión

5. Quito (Ecuador)

En autobús

bus

6. Puerto de Turbo (Colombia)

En lancha

lancha

7. Capurganá (Colombia)

4 días a pie por la selva del Darién

andar

8. Límite del tapón del Darién (Panamá)

Vehículo

coche

9. Ciudad de Panamá

Vehículo

coche

10. Río Suchiate (frontera con Guatemala, a la altura de Tapachula, México)

En lancha

lancha

11. Frontera con México

Vehículo

coche

12. Tapachula

Vehículo

coche

13. Puerto Madero

(Se sube a la lancha que tenía que llevarle hasta EE UU. La lancha naufraga)

naufragio

El recorrido de Emmanuel Ngu es una reconstrucción basada en el testimonio de su primo Forché Takwi, con quien viajó. La distancia y el tiempo para viajar de un punto a otro ha sido calculada teniendo en cuenta el trayecto entre el lugar de partida y el destino, el camino más rápido para llegar y la velocidad media de los vehículos en los que se desplazaban.

Antoinette recuerda una conversación telefónica con su esposo durante esos días: “Me dijo algo que me preocupó: que descubrió que la policía era muy corrupta en México, que no podía protegerlos. Llevaba casi un mes en [el sur de] México y las autoridades no les daban pase a la capital. Que estaban como rehenes y que México no era un país seguro. Me dijo que se movía al norte, no me dijo cómo”.

El 10 de octubre, pocas horas antes de embarcarse en la fatídica lancha, Emmanuel Cheo Ngu grabó un mensaje en WhatsApp para Antoinette. Cumplían 10 años de casados y 70 días de haberse separado. “A pesar de estar tan pero tan lejos no puedo olvidar nuestro aniversario. 10 años de altas y bajas… Gracias por estar allí. Por ser una buena esposa y una fantástica madre. Por demostrarle al mundo que yo tenía todas las razones para casarme contigo. Con compromiso, concentración y fe podremos hacer todas las cosas que queremos hacer. Probablemente este es el momento correcto. Probablemente Dios estaba esperando por 10 años de nuestra relación y a partir de aquí las cosas comenzarán a funcionar. Tengamos fe y hagamos que suceda. Que nuestro amor sea más fuerte para que el mundo siempre pueda tomarnos como ejemplo”.

Escuche el mensaje que Emmanuel Cheo Ngu envió a su esposa

Después anunció en Facebook su aniversario nupcial e incluyó fotos familiares. Abajo se acumularon 42 reacciones de sus contactos: felicitaciones, bendiciones, feliz aniversario… La 43 interrumpe todo el hilo con un breve texto: “Él ya no existe”. El siguiente dice simplemente “Rip” y otro más pregunta por qué su nombre está en los periódicos mexicanos. Así supo Antoinette que su esposo había muerto. Así lo supo también Cecilia Ngu, 25 años, policía residente en Minneapolis, Minnesota. Sin saber exactamente adónde ir, Cecilia Ngu voló a Chiapas para buscar a su hermano.

III. EL CORRIDO DE OCÓS

Fui a Ocós porque sabía que allí embarcaban migrantes en lanchas y los dejaban en México. Pero hacía algunos años que no escuchaba historias de coyotes o de centroamericanos embarcados allí; y quería comprobar si la ruta aún existía.

Solo hay dos maneras de llegar a Ocós: por tierra, transitando la única calle que baja desde Tecún Umán, o en la plataforma flotante en la que pasamos el carro desde La Blanca, a través del río Naranjo. Víctor Peña, el fotógrafo, hizo esfuerzos para maniobrar su cámara con discreción desde que bajamos en la ribera occidental del río. Estábamos en tierra de narcos.

Nos metimos entre las bananeras hasta tomar una vereda que no sale en los mapas, que corre junto al Suchiate y que, de tan estrecha e irregular, apenas pudimos transitar. La vereda termina cerca de la desembocadura, en un caserío al que llaman apropiadamente Los Faros porque allí se encuentran los últimos dos faros de América Central: dos bloques rectangulares de concreto pintados como una bandera guatemalteca. Allí termina también el pequeño casco urbano de Ocós, con su línea de casas vacías frente al mar y su silencio sospechoso.

Ocós es una playa sin veraneantes. Un pueblo fantasma. Pero no es silencio ni aparente calma que inviten a la contemplación.

En la estación lluviosa, el mar es un lodazal contaminado por las aguas crecidas del Naranjo y el Suchiate. Caminamos un par de kilómetros sobre una lengua de arena transitable en marea baja, hasta la desembocadura del Suchiate. No encontré vida en la playa: ni cangrejos, ni jutes, ni caracolas ni estrellitas. Nada. Lo más cerca de la vida con que tropecé fueron troncos y ramas que el río trajo hasta el mar y que el mar devolvió a la tierra. Eso y el cadáver de un cachorro de perro que debe haberse ahogado revolcado por las olas truculentas de Ocós, minutos antes de mi paso.

Esquivé una masa de basura compuesta por botellas de soda y agua, jeringas, vidrios, zapatos, bolsas y toda suerte de productos de plástico. (Apunte curioso: la primera playa panameña, La Miel, al otro extremo del istmo, es también una alfombra de basura escupida por las aguas. Centroamérica comienza y termina en basureros).

Los ranchos de playa en Ocós parecen vacíos, pero si uno aventura segundas miradas puede advertir signos de vidas desconfiadas: algunas casas con altos muros tienen en cada esquina torretas de concreto con apenas una mirilla; allí hay ojos que lo siguen a uno. Y cámaras por si los ojos no vieron.

Estos fueron, durante muchos años, los territorios de Juan Ortiz López, conocido como Hermano Juan o Chamalé, uno de los narcos más poderosos de Centroamérica. Comenzó pasando migrantes a México en las balsas que cruzan el Suchiate y después contrabandeó mercancía entre ambos países, actividades tradicionales en la franja fronteriza. Cuando fue capturado, en marzo de 2011, Chamalé era uno de los principales traficantes de cocaína, la sucursal guatemalteca del cartel de Sinaloa.

Funcionaba así: las avionetas que venían de Ecuador, Venezuela o Colombia arrojaban los paquetes con cocaína en el mar; y los lancheros de Chamalé la desembarcaban en Ocós. De aquí la enviaba otra vez por lancha a México o la subía por tierra hasta Tecún Umán.

Al conocerse su captura, cientos de guatemaltecos, que veían en Chamalé a un benefactor, se manifestaron frente a la Corte Suprema de Justicia, en la capital, exigiendo su liberación. Antes que él cayó su socio, Mauro Ramírez, apodado Lobo de Mar. Ambos fueron extraditados y juzgados en Estados Unidos. El llamado cartel de Ocós básicamente se desintegró ese año. Pero no desapareció.

Una pequeña parte del cartel quedó a cargo de Wilson Wilfredo Luarcas, apodado El Primazo, jefe de seguridad del extraditado Lobo de Mar. Se limitaba a coordinar las lanchas para recoger los paquetes en el mar y trasladarlos a Tecún Umán. De allí hacia México, la operación corría a cargo de otros actores en Tecún Umán.

El Primazo cayó preso a principios de este año y él mismo pidió su extradición a Estados Unidos porque, dijo, en la cárcel lo quería matar otro reo al que apodan El Taquero, por su habilidad con el cuchillo, aunque nunca ha cocinado ni un huevo duro.

Donis, hermano de El Primazo, instalado en Tecún Umán como enlace, se cruzó a México para comer un mediodía de marzo. Allí llegaron cuatro sicarios a asesinarlo. El vídeo del crimen circuló ampliamente en Guatemala. Pero aún así quedó una pequeña organización en Ocós para mantener el servicio de lanchas.

La otra red criminal de Ocós, la de traficantes de migrantes, fue desmantelada en 2015. Conversé recientemente con un fiscal guatemalteco que participó en aquel operativo. “Tuvimos que entrar por aire, mar y tierra, porque esa zona es muy peligrosa. Fue un operativo conjunto de Policía y Ejército. Como solo hay una calle para llegar, todos en el pueblo sabían que un gran operativo iba en camino desde que pasamos Tecún Umán. Parecía una película porque, como no sabían por quién íbamos, nos cruzamos con la mitad del pueblo que iba para afuera en sus carros”. La banda de coyotes tenía dos hoteles donde mantenía a los migrantes hasta que los lancheros encontraban condiciones para navegar. En ese operativo capturaron a 12 personas.

No sabíamos si aún había tráfico de migrantes en Ocós, pero sí que el narcotráfico continuaba. Me lo dijo un periodista local:

—Yo, cuando me entero de que hay muertos en Ocós, espero media hora.

—¿Media hora para qué?

—Si nadie me ha llamado en media hora, entonces bajo.

—¿Quién te llama?

—Los señores. Me llaman para decirme que no cubra el muerto. Y pues, si sos periodista en estos rumbos, ya sabés que no vas.

—¿Te han llamado muchas veces?

—14.

Pasamos los primeros cuatro días en Ocós buscando lanchas y no encontramos nada. El quinto día entramos con un local a quien llamaré Luz que, por razones obvias, pidió no ser identificado. La experiencia que enseguida contaré me recordó esas enormes maquetas con trenes eléctricos que pasan por un pueblo y se pierden en las montañas y vuelven; maquetas que tienen botones en el perímetro que, a medida que se van apretando, encienden luces en lugares que no habíamos visto: un botón prende un foquito en la taberna donde dos marineros beben cerveza; otro botón ilumina una cueva en la montaña desde la cual un felino vigila el valle. Uno más y, adentro de la estación, los pasajeros jalan maletas o compran boletos. Todo lo que veíamos antes de apretarlos.

Luz fue apretando uno por uno los botones de Ocós. “¿Ven esos carros que vienen por allá? El de adelante es un narco, el de atrás es su seguridad… Por esta vereda a la derecha se llega a otra vereda que corre junto al río. Por allí no se vayan a meter. ¿Ya se metieron? Uy, es que allí es botadero de muertos. ¿Lanchas? ¿No las vieron? Vengan, se las voy a enseñar”.

Luz nos guió hasta un puente que cruza un pequeño estero. Nos detuvimos y señaló hacia el sur, a unos 10 metros de distancia. “¿Ven aquellos matorrales? Allá detrás del árbol… ¿No las ven?” Sí, las vimos. Allí estaban las lanchas. Apenas asomaban, blancas y azules. Frente a la Alcaldía tomamos una pequeña calle de tierra y llegamos al embarcadero. Tres muchachos descamisados descansaban, recostados sobre un árbol. Uno fumaba. Cuando nos vieron llegar se alertaron y uno llamó por teléfono. Nos quedamos un par de minutos allí, sin bajarnos del carro. Dimos la vuelta para salir y vimos una camioneta negra venir de frente hacia nosotros. Se desvió para dejarnos pasar y nos fuimos.

A la derecha, la zona que Luz denomina “botadero de muertos”. A la izquierda, Silveria Flores recoge leña
A la derecha, la zona que Luz denomina “botadero de muertos”. A la izquierda, Silveria Flores recoge leña

—Aquí es como la Colombia de Pablo. Si no obedeces, te cae el plomo. Si obedeces te echan la mano—, dijo Luz.

—¿Qué significa obedecer?

—No joderlos, pues. Y no te joden.

Seguimos el tour del señor Luz. Pasamos por grandes construcciones desiertas y él mismo nos las fue explicando. La casa de allá era de una pastora evangélica que cayó presa por tráfico de drogas. Debajo del templo tenía una bodega con droga. Aquella construcción de allá, un edificio abierto e inconcluso de tres plantas frente a la plaza, esa es de una mujer detenida por lavado de dinero. Quería construir un mega restaurante.

—¿Y el otro restaurante, ese frente a la playa, con las puertas abiertas, en el que no hemos visto a nadie en cinco días…?

—Ese es de doña Edilma.

—Pero está vacío

—Sí. Ni cocineros ni meseros ni clientes. Así es aquí.

—Pero está la puerta abierta…

—¿Y qué le van a robar? ¿A doña Edilma?

Edilma Navarijo fue alcaldesa de Ocós cuando el municipio incluía también La Blanca, entre 2008 y 2016. Ella y su esposo, Carlos Preciado, tuvieron un crecimiento económico notable en los años anteriores a su ingreso a la política. En Ocós hay quienes los recuerdan de novios: él manejando una bicicleta vieja, descalzo, y ella sentada en la tijera de la bicicleta. Los años de prosperidad les permitieron rápidamente hacerse de tierras y construir viviendas y negocios.

Alrededor de 2007, Edilma Navarijo de Preciado inició una relación extramarital con un hombre que ya tenía su propia leyenda negra en Guatemala: Víctor Soto Diéguez, jefe de investigaciones de la Policía Nacional Civil, involucrado en la masacre de reos en el penal de Pavón y en el encubrimiento por el asesinato de tres diputados salvadoreños al Parlamento centroamericano. A partir de entonces, Soto Diéguez visitaba Ocós con frecuencia.

La relación extramarital dividió a la familia Preciado Navarijo a tal grado que Carlos, el hijo mayor del matrimonio, fue rival de su mamá en las elecciones para alcalde. Ella ganó. Poco después, en una reyerta aún no esclarecida judicialmente, el esposo de la alcaldesa y otro de sus hijos murieron baleados. Soto Diéguez terminó ese día con una herida de bala también. En Ocós, todos señalan al jefe policial como responsable de la muerte de los Preciado.

Vivian Preciado, la hija de la alcaldesa y del muerto, fue detenida por encubrir a Soto Diéguez, el presunto asesino de su papá. El jefe policial se libró de pagar por ese crimen, pero fue finalmente condenado a 33 años de prisión por ejecuciones extrajudiciales en la cárcel de Pavón. Edilma Navarijo, desde entonces, viaja con frecuencia a la capital guatemalteca para visitarlo en prisión.

Luz apretó también esos botones. Cuando pasamos enfrente de la casa de Edilma Navarijo la señaló: “Aquí estaba ella con Víctor Soto y vino el hijo de ella, Carlos, y disparó contra la casa. Soto se encabronó y se fue para la casa de ellos. Dale para adelante, vamos a ver la otra casa. Allí todavía vive Carlos… Aquí es. Pues se vino para acá con sus hombres y disparó parejo. Parece que había una reunión familiar y mató al señor y a otro de los hijos”. Le pregunté si la noticia había salido en los periódicos o en los noticieros. Me dijo que sí. Ese día, al parecer, el periodista local sí cubrió la noticia.

En enero de 2020, Edilma Navarijo tomará posesión como alcaldesa de La Blanca. Pero ahora convive con dos de sus hijos en la política. Carlos, el que estaba enemistado con ella, fue electo alcalde de Ocós. Vivian, la hija acusada de encubrir a Soto Diéguez, es diputada por el departamento de San Marcos. La familia Navarijo es la nueva dinastía política en este rincón de narcos y bananeras.

Madre e hija son miembros del partido Unión del Cambio Nacional, cuyo candidato a la Presidencia, Mario Estrada, fue arrestado en Miami en abril pasado, dos meses antes de la elección. La DEA grabó una reunión entre Estrada y emisarios del cartel de Sinaloa en la que el candidato les prometió, si ganaba las elecciones, entregarles el control de las Aduanas y de la Policía. A cambio, pidió 12 millones de dólares (10,9 millones de euros) para financiar su campaña y un pequeño atajo: que el cartel asesinara a Thelma Aldana, candidata presidencial que le superaba en las encuestas. Para fortuna de la candidata, los narcos sinaloenses eran en realidad agentes encubiertos de la DEA.

Dos semanas antes de su captura, Estrada recibió en su rancho al presidente guatemalteco Jimmy Morales. En su defensa, Morales dijo que se reunieron para coordinar una transición pacífica y ordenada después de las elecciones.

Intenté hablar con la diputada Vivian Preciado Navarijo y, a través de ella, con Edilma, su mamá. No obtuve ninguna respuesta. Ahora estábamos frente a la casa de su hermano Carlos, alcalde electo de Ocós. Las ventanas estaban abiertas y parecía que alguien acababa de levantarse del estudio. Tocamos la puerta y el timbre durante más de 10 minutos. Nadie salió.

Hay otro alcalde en la zona, 20 kilómetros río arriba, que es hoy el hombre fuerte de los territorios del sur: Erik Súñiga, alias El Pocho, alcalde de Tecún Umán. Notas de El Periódico de Guatemala lo señalan como el heredero de Juan Chamalé y padrino de las operaciones del cartel de Sinaloa en la región. Es decir, el jefe.

Todo lo ilícito —drogas, contrabando, tráfico de migrantes— pasa por Tecún Umán. Súñiga ha colocado un sistema de cámaras que registran quién entra y quién sale de la ciudad y desde allí controla también el único camino a Ocós. No tiene que preocuparse por adversarios o rivales políticos: no tiene ninguno. Los habitantes, además, le apoyan mayoritariamente. Luz lo explica: “En Tecún Umán comenzaron a instalarse las maras y estaban dando muchos problemas. Pero ese problema ya no lo tenemos. Erik se encargó. También se encargó de los ladrones. Tecún Umán es hoy un lugar seguro”.

Una corte de Texas solicitó su extradición en abril pasado. “Ha asistido y coordinado el transporte de varias toneladas de cocaína viajando a través de Guatemala hacia México”, dice la investigación de la DEA que da pie a la solicitud judicial. Pero en Guatemala los alcaldes gozan de inmunidad. Ya fue abierto un proceso de antejuicio contra Súñiga, pero no ha prosperado.

La gran pregunta en la ciudad fronteriza es qué hará su alcalde en enero, cuando termine su periodo y pierda la inmunidad. No pudo competir para su reelección porque el Tribunal Supremo Electoral anuló su candidatura debido a la solicitud de extradición. Pero pasó algo digno de narcocorridos: como no había tiempo para reemplazarlo, su candidatura quedó vacante, pero tampoco hubo tiempo para reimprimir las boletas electorales. A pesar de que todos en el municipio sabían que él ya no competía, y que había sido acusado en Estados Unidos por narcotráfico, igual votaron por él. Dejará la alcaldía en enero, pero asumirá su planilla.

Salimos de Ocós convencidos de que la ruta marítima desde Guatemala ya no existe. Que las fronteras, dinámicas y cambiantes para adaptarse a las realidades dictadas por los flujos migratorios, el crimen organizado y las decisiones políticas, han vuelto a moverse.

Varios migrantes me contaron en México que se pasan con casi absoluta libertad el río, subidos en las balsas de siempre. Lo comprobé también cuando crucé el puente, rumbo a Tapachula. En los lugares tradicionales de desembarco de migrantes en Ciudad Hidalgo, ahora hay puestos de la recién creada Guardia Nacional. Sirven simplemente para que los migrantes ya no desembarquen allí. Se cruzan río arriba, donde la Guardia no llega, porque por algún lado los tiene que dejar pasar. Por donde se cruzaron Emmanuel Ngu y Forché Takwi y Atabong Michael Atembe y los tres mil africanos que encontré en Tapachula.

Pero si los cameruneses ya estaban en México… ¿Dónde se embarcaron Emmanuel Cheo Ngu, Atabong Michael Atembe y el tercer hombre que terminó ahogado? ¿Para qué subieron en una lancha que los llevaría durante horas, de noche, por un mar picado? Me hice estas preguntas, desde luego, cuando supe del accidente en Puerto Arista. Porque cuando crucé el puente de Tecún Umán y entré a territorio mexicano, dos días antes, ni siquiera pensaba escribir sobre cameruneses ni había escuchado esos nombres: Atabong Michael Atembe. Emmanuel Cheo Ngu. Emmanuel Cheo Ngu.

IV. LA NUEVA FRONTERA

El 12 de octubre, casi 3.000 migrantes salieron en caravana de Tapachula rumbo a la Ciudad de México. Por la carretera a Oaxaca marcharon juntos salvadoreños, hondureños, cameruneses, haitianos, ghaneses, cubanos, mauritanos, congoleños, venezolanos, sierraleoneses, angoleños, eritreos…

Se dijeron inspirados por los centroamericanos que un año antes marcharon en masa hasta la frontera con Estados Unidos. Pero el México de 2018 no es el mismo de finales de 2019. Si entonces el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador aún predicaba humanismo y solidaridad con los centroamericanos y ofreció permisos de trabajo para todos, ahora ese mismo gobierno convirtió la frontera sur en el muro de Donald J. Trump, pagado por los mexicanos. Creó la Guardia Nacional para impedir el paso de los migrantes.

Todas las carreteras de salida de Tapachula, salvo la que conduce a Guatemala, están selladas por la Guardia Nacional y la Policía Federal. Allí está hoy la nueva frontera entre México y Centroamérica.

Migrantes, africanos, caribeños y centroamericanos caminan por la Autopista 200 en Chiapas
Migrantes, africanos, caribeños y centroamericanos caminan por la Autopista 200 en Chiapas

Los cuerpos de seguridad cerraron el paso de la caravana en Huixtla; detuvieron a cientos y los demás se vieron obligados a volver a tiendas de campaña cubiertas con plástico negro en la explanada de la estación migratoria, expuestos a inundaciones, donde deben caminar dos kilómetros a un río para bañarse, orinar y defecar, porque el Gobierno mexicano ni siquiera les ha puesto baños móviles; donde dependen de organizaciones no gubernamentales para alimentarse y vestirse; donde todos los días reciben los insultos y el rechazo de una ciudad cuya capacidad para recibir migrantes ha sido rebasada. Donde ellos tampoco quieren estar, porque su destino es otro.

“A mí no me sorprende ni la corrupción ni los coyotes ni los migrantes. A mí lo que me sorprende es el odio que he visto contra ellos en las últimas semanas”, dice Luis García Villagrán, director del Centro de Documentación Humana, una organización dedicada a la defensa de los migrantes. Villagrán calcula que en Tapachula hay aproximadamente 50.000 migrantes, equivalente al 10% de la población local. Cincuenta mil visitantes extranjeros y ni un solo turista.

A Emmanuel Ngu lo vieron en la estación migratoria pocos días antes del naufragio. Pero una mañana desapareció. “Iba para Puerto Madero. Allí se embarcan”, me dijo un camerunés. El mismo lugar que mencionó, en Puerto Arista, un fiscal de Chiapas que investigaba la muerte de los africanos. Ubicado también como lugar de embarque por los medios locales que dieron a conocer el naufragio. Puerto Madero, Chiapas. Allí estaba el punto inicial de la nueva ruta marítima.

A solo 30 kilómetros de Tapachula, y junto a una base naval mexicana, Puerto Madero es un pequeño poblado de pescadores y restaurantes deprimidos que ofrecen pescado frito y la posibilidad de bañarse en piletas a las que llaman piscinas. Fuimos a las dos cooperativas de pescadores. En una de ellas, sobre plástico negro, cientos de aletas de tiburón eran secadas al sol. Los pescadores dijeron no saber nada del naufragio del que toda la costa chiapaneca hablaba. Es más, nunca habían visto un africano en Puerto Madero. Ni en ningún otro lado. Nunca han visto un africano. Nunca han visto un hombre negro.

No encontramos allí policías, ni fiscales, ni agentes de migración, ni miembros de la Guardia Nacional.

En cuanto a los sobrevivientes del naufragio, el periódico mexicano Animal Político reveló que fueron trasladados por las autoridades mexicanas a Tuxtla Gutiérrez, la capital del Estado, y encerrados en una dependencia conocida como La Mosca. Un defensor de migrantes que logró hablar con los sobrevivientes dijo al periódico que ninguno de ellos recordaba el nombre del puerto en el que se embarcaron.

El 14 de octubre contacté a Cecilia Ngu, la hermana de Emmanuel. Estaba a punto de abordar el vuelo en compañía de su cuñado, Walters Feh. Quedamos de vernos en Tuxtla. Antes de cortar me dijo: “Pero no crea lo que dicen los periódicos mexicanos. Ya vi las fotos. Le aseguro que ese muerto no es Emmanuel Cheo Ngu. Ese no es mi hermano”.

Cuando aterrizó en Tuxtla Gutiérrez, Cecilia Ngu tenía en su teléfono una nota de un periódico oaxaqueño. El tercer muerto, el que encontraron el 12 de octubre en la playa de Cachimbo, Oaxaca, fue identificado por las autoridades de ese Estado también como Emmanuel Cheo Ngu. Es decir, un cuerpo en Chiapas y uno en Oaxaca fueron registrados por las autoridades de cada Estado como la misma persona.

Pero Cecilia no necesitaba informes: las fotos del hombre de Oaxaca eran, sin duda, las correspondientes a su hermano. Emmanuel Cheo Ngu era el tercer muerto. No el primero.

Cecilia Ngu y Walters Feh se subieron al auto en Tuxtla y tomamos la carretera para buscar el cuerpo de Emmanuel. “Él nunca me dijo que se había ido de Camerún. En los últimos meses nos comunicábamos por WhatsApp pero no me dijo nada”, dice Cecilia. “Ahora sé que iba a Minneapolis, a reunirse con nosotros. Si yo hubiera sabido, nunca lo hubiera dejado subirse a esa lancha. Nosotros somos gente de montaña, no tenemos nada que hacer en el agua. Emmanuel no sabía nadar”.

Cecilia quiso ir a Cachimbo atendiendo a una tradición camerunesa: enterrar a su hermano, cuando esto sea posible, en la tierra donde nació, pero con un puñado de tierra del lugar donde murió. Una tormenta nos impidió el paso más allá de Ixhuatán. Tuvo que conformarse con coleccionar un poco de tierra mojada del pueblo más cercano de donde perdió la vida su hermano.

Supimos que el cuerpo de Emmanuel Cheo Ngu había sido trasladado a Ixtepec, un municipio oaxaqueño de paso de migrantes. Dormimos allí. Por la mañana fuimos al cementerio en el que le practicaron la autopsia. No tuvimos suerte. Fue trasladado pocas horas antes a una funeraria privada porque en Ixtepec no hay cámara frigorífica y el cuerpo llevaba ya varios días descomponiéndose a la intemperie.

La Fiscalía de Atención al Migrante de Ixtepec, bajo cuya autoridad estaba el cuerpo de Emmanuel Ngu, nos confirmó el traslado a una funeraria en Matías Romero, a 70 kilómetros de distancia. Antes de irnos, mostraron a Cecilia fotos del cuerpo de su hermano tomadas en la playa. Por primera vez en todo el viaje, la mujer policía se quebró. De inmediato reconoció a su hermano en aquel cuerpo hinchado, descompuesto y con la palidez de la muerte que lo alcanzó en una tierra lejana. Cecilia Ngu había llegado justo a tiempo para rescatarlo de su último abandono: una fosa común. Tomamos la carretera hacia Matías Romero.

La funeraria Reysan, en Matías Romero, parece una fantasía de David Lynch. La entrada está adornada con cintas naranjas y negras, calabazas, duendes de plástico, espantapájaros y brujas. Junto a la puerta, un mapache encadenado lucha por moverse más allá del metro de radio que le permite la cadena. Adentro, una mecedora de madera que ya pasó sus mejores años y dos sillas de plástico hacen las veces de recepción, frente a dos filas de ataúdes. Un mono araña con la cadera rota intenta moverse entre los sillones de la sala. Dos jaulas con loras alebrestan al simio.

Arriba, los restos del naufragio de Ngu. Abajo, sus pertenencias
Arriba, los restos del naufragio de Ngu. Abajo, sus pertenencias

La funeraria es también residencia de la propietaria, Araceli Valdivieso. Residir en una zona de paso la ha especializado en migrantes. Cuando un centroamericano muere o es muerto en la zona, es ella frecuentemente quien traslada los restos al país de origen. Al siguiente día, nos dijo, salía para Nicaragua con el cuerpo de un migrante asesinado por el amor de una mujer. Pero una cosa es llevar un cuerpo en carro a Nicaragua. África es otra cosa.

Cecilia y Walters ingresaron al cuarto en el que habían preparado el cuerpo de Emmanuel Ngu. Ella buscó las cicatrices en el cuerpo deforme que tenía enfrente. Allí estaban: la marca de la herida en el tobillo derecho y la uña que nunca volvió a crecer en el dedo gordo del pie izquierdo; las huellas de la violencia en Bamenda que lo empujaron hacia su último viaje. Las razones de su huida aún visibles en un cuerpo por lo demás casi irreconocible, en una muy extraña funeraria de un pueblo mexicano al otro lado del mundo. Un muerto solitario.

Solos frente al difunto, en familia, Cecilia y su cuñado reprodujeron mensajes que otros parientes les enviaron previamente para despedirse del señor Ngu, para decirle que lo esperan en casa, que allá volverá, al pueblo que lo vio nacer y crecer y que lo expulsó. Que allá lo recibirán cuando vuelva.

El último viaje del señor Ngu

Cuando vuelva en una caja proporcionada por Araceli Valdivieso.

Antes de marcharnos de la funeraria, los familiares del muerto advirtieron que necesitarán tiempo para costear el traslado del cuerpo. Araceli Valdivieso les tranquilizó: “Se puede quedar aquí el tiempo que haga falta. Tengo aquí cuerpos desde hace ocho años, imagínense…”. Les ofreció también cremarlo. Es más barato llevarlo en una urna, les dijo, y menos burocrático. Cecilia Ngu se negó: “Nuestra costumbre es enterrarlos. Si no hay cuerpo no hay muerto. Nadie creerá en Bamenda que unas cenizas son los restos de mi hermano”. Volvimos a la fiscalía de Ixtepec para levantar el acta de defunción. Allí me despedí de la hermana y del cuñado del señor Ngu.

Llamé a Cecilia Ngu a Minneapolis hace dos semanas. El cuerpo de Emmanuel seguía en la funeraria Reysan de Matías Romero, varado por trámites burocráticos. Le pregunté si sabía algo más del naufragio. “No. Pedí a las autoridades mexicanas que me dejaran hablar con los sobrevivientes. Solo ellos saben qué pasó. Pero no me dejaron hablar con ellos”.

Parece que la ruta marítima en la que fallecieron los cameruneses ha sido, al menos temporalmente, clausurada. Los caminos de los migrantes están cambiando una vez más. No solo allí: diez días después de que Emmanuel y Forché aterrizaron en Quito, el Gobierno de Ecuador anunció que los cameruneses y ciudadanos de otros 11 países africanos requieren ahora visa para ingresar a su territorio.

El 22 de octubre, varios periódicos mexicanos reportaron que el director del Instituto Nacional de Migración de México, Felipe Garduño, inauguró una muestra fotográfica que reconoce los aportes de migrantes a México durante más de un siglo. Allí mismo le preguntaron sobre los migrantes africanos varados en Tapachula. “¡Así sean de Marte los vamos a deportar! ¡Los vamos a enviar a la India, a Camerún, hasta el África!”, dijo Garduño. Y dio por inaugurada la exposición.

Dos jueces de Chiapas frenaron las amenazas interplanetarias de Garduño. En respuesta a seis demandas de amparo interpuestas por 350 migrantes africanos, concluyeron que México incumplió las leyes mexicanas al impedirles el libre tránsito más allá de Chiapas; y, al ser apátridas, el Estado mexicano debe protegerlos.

La resolución sentó precedente legal, por lo que cubre no solo a los demandantes sino a todos los africanos varados en Tapachula. En menos de tres días, México otorgó dos mil residencias permanentes.

Debo contar, finalmente, algo más: he visto la lista de los africanos que demandaron al Estado mexicano. Uno a uno registraron sus nombres en secuencia numerada. El 112 pertenece a Atabong Michael Atembe. Firmó seis semanas antes de morir. Es el segundo ahogado.

No aparece Emmanuel Cheo Ngu en la lista. Pero es válido suponer que, si estuviera vivo como los dos mil africanos que hoy tienen residencia permanente, el profesor de Bamenda llamaría a Antoinette y le contaría con su voz pausada y optimista que continuaría seguro su camino al norte.

Pero decirlo así puede prestarse a la infeliz conclusión de que a los tres cameruneses los mató la impaciencia. Es más preciso apuntar la responsabilidad estatal, en sintonía con la resolución de los jueces: murieron porque las autoridades mexicanas incumplieron sus propias leyes. Si las hubiesen respetado en vez de sucumbir a las políticas del presidente de Estados Unidos, ni Atabong Michael Atembe, ni Emmanuel Cheo Ngu, ni la otra víctima que el Estado de Chiapas aún cree que se llamaba Emmanuel Cheo Ngu, habrían necesitado abordar una lancha. Hoy los tres estarían vivos.

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Sobre este proyecto

La frontera desconocida de América

José Luis Sanz / Javier Lafuente

Ha sido ignorada por décadas. La franja de tierra que conecta México con Centroamérica no tiene la fotogenia de un muro, ni la leyenda que el cine y los medios estadounidenses han dado al río Bravo o los desiertos de Arizona. Se la ha tratado como una frontera latinoamericana más: desordenada, salvaje, porosa y silenciosa. Pero se trata de la línea divisoria que más personas cruzan cada día en el continente americano; una de las más transitadas del mundo. Es cruce obligado para los cientos de miles de centroamericanos que caminan hacia el norte. Más de 120.000 migrantes han sido detenidos en México cada año en el último lustro. Se estima que un 90% de la cocaína que llegará a Estados Unidos ha tocado en algún momento suelo centroamericano antes de burlar la frontera con México. Es una torpeza hablar de migración, de narcotráfico, de esta región entera, sin adentrarse en este límite.

Un conocimiento raquítico se cierne sobre dos fronteras separadas por unos 5.000 kilómetros. La lejanía de Estados Unidos agrava el desinterés por la línea del sur: una frontera remota que no se puede contar en ciudades, sino en aldeas, ejidos y caseríos; que no se relata en la voz de gobernadores, sino de alcaldes, líderes comunales, militares, campesinos y coyotes. Para entender esta línea hay que perderse en veredas de tierra.

Son 1.138 kilómetros delineados por el cauce del río Suchiate en su camino hacia el Oeste, al Pacífico; el Usumacinta que cruza la frontera entre Guatemala y México en busca del Golfo; y desdibujada por la selva guatemalteca a medida que busca el Caribe. Una frontera de orografía complicada y de difícil acceso en buena parte de su trazado. Algunos de sus municipios tienen su propio idioma y a veces sus propias leyes de silencio. Muchas de las comunidades más olvidadas – y agredidas – por el Estado guatemalteco, como los Queqchís o los Cakchiqueles, se refugiaron cada vez más en lo recóndito de esta frontera. Y otras poblaciones, como los menonitas de Belice, encontraron en el olvido de estas tierras el área perfecta para asentarse y construir una vida. En muchos de sus puntos, el Estado es un concepto difuso. Casi todas las políticas de seguridad de los sucesivos Gobiernos mexicanos en las últimas tres décadas han tenido como campo de operaciones este pedazo de tierra en el que Norteamérica se estrecha para convertirse en istmo, pero ni la implementación ni el fracaso de esas políticas mereció más atención que algunas frases sueltas. Hasta ahora, la frontera sur ha vivido y evolucionado alejada de los focos y las preguntas incómodas.

Las maniobras antimigratorias de Donald Trump han abierto una nueva etapa de protagonismo. Su presión para que México contenga de manera más agresiva el flujo de migrantes y su reciente acuerdo para que Guatemala se convierta en primer receptor de deportados para el resto de la región centroamericana derivaron en la militarización de partes de la frontera. Del lado centroamericano del Suchiate, Trump encuentra un cómodo silencio: ninguno de los tres presidentes del triángulo norte centroamericano -que aporta más del 90% de migrantes que cruzan la frontera con México- ha hecho un reclamo público a los Gobiernos estadounidense y mexicano por su pacto de empezar “el muro” del norte en esta franja del sur.

También la construcción del “tren maya”, con el que el presidente Andrés Manuel López Obrador quiere conectar desde Cancún hasta Palenque, pasando por Tenosique, promete transformar la zona. En ambos casos es incierto el impacto que las nuevas políticas tendrán, no solo en la ecología de la zona sino para los ecosistemas migratorio, laboral y criminal de esta parte del continente americano. La frontera sur de México es una incógnita en rápida mutación.

EL PAÍS y EL FARO nos hemos unido para tratar de destripar este territorio y verterlo en relatos. Como parte de la alianza que iniciamos en abril para contar Centroamérica fuera de sus fronteras, durante los próximos seis meses equipos conjuntos de periodistas de los dos medios, más de 20 personas en total, trabajarán para desvelar las identidades, conflictos y preguntas que esconde esta zona, para narrarla por entregas y en múltiples formatos.

Es una apuesta arriesgada, no solo por la compleja realidad que pretendemos mostrar sino también por las características propias de la zona, una de las más olvidadas y una de las más violentas del planeta.

Aspiramos a ahondar en lugares que, a priori, creemos conocer, como Tapachula o Tecún Umán; al tiempo que penetramos en otros más inhóspitos y recónditos como Xcalak, Ixcan, Bethel o Laguna del Tigre. Trataremos de ilustrar un mosaico formado por indígenas mayas, comunidades garífunas y misquitas, o blanquísimos asentamientos menonitas; por flujos humanos que arrancaron en Centroamérica, África o Asia; por largas extensiones de cultivos legales e ilegales; por pobreza, desigualdad, poderes políticos indefensos y grupos armados en constante recomposición; por países que se deshacen allí donde se encuentran.

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