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Elige España entre izquierda y derecha (con aportes populistas polémicos)

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El mandato de Sánchez fue discutido desde el inicio, ya que no surgió de las urnas sino de una moción de censura contra su antecesor, Mariano Rajoy, cuya situación se había hecho insostenible tras las polémicas por el referendo secesionista catalán, por el desgaste de seis años y medio de gobierno y, finalmente, por unos escándalos de corrupción que golpearon de lleno a su Partido Popular. Rápido de reflejos, Sánchez pidió una moción de censura el 1 de junio del año pasado. Esta fue aprobada y el socialista logró abrirse camino al poder, una maniobra válida en un sistema parlamentario pero que la derecha siempre le reprochó como “golpista”. Por eso ahora va en busca de una legitimidad de origen a prueba de cualquier duda.

Aquí no se habla tanto de número y porcentaje de votos en la noche de los escrutinios sino de cuántas bancas obtiene cada partido. Eso, y la posibilidad de cerrar alianzas que den una mayoría, es la medida del triunfo. En ese sentido, el número mágico es 176 escaños en el Congreso de los Diputados.

La última encuesta de intención de voto publicada por el influyente diario El País le dio a Sánchez, candidato del Partido Socialista Obrero Español (PSOE, centro-izquierda), una proyección de 129 bancas; a Pablo Casado, del Partido Popular (PP, conservador) 75; a Albert Rivera, del liberal Ciudadanos, 49; a Pablo Iglesias del izquierdista Unidos Podemos 33; y a Santiago Abascal, de Vox (ultraderecha xenófoba), 32.

Como se ve, de cumplirse esos pronósticos, tanto el bloque de izquierda (PSOE-Unidos Podemos) como el de derecha (PP-Cs-Vox) quedarían lejos de la necesaria mayoría del Congreso. Para la derecha, además, sumar diputados la obligaría a hacer fondo blanco con el trago amargo de acercarse a Vox, un partido que no da para llevar a una fiesta por ser radicalmente antiinmigración, defensor de un programa “armas para todos y todas” y que ha hecho suya una adaptación del eslógan bolsonarista: “España por encima de todo”.

Así las cosas, todos necesitarían del concurso de agrupaciones menores, entre las que tallan fuerte los partidos regionales, incluidos los catalanes rebeldes, que han congelado la vida política española de los últimos años con su reclamo independentista. Más tragos amargos para quien pretenda gobernar este país.

No se entiende este momento político de España sin tomar en cuenta dos hechos nodales de los últimos años: la grave crisis económica de 2008 y el desafío independentista de Cataluña.

Podemos es hijo directo de la crisis, dado que surgió entonces como una propuesta horizontal para darle un cauce a los reclamos de los “indignados” que llenaban las plazas. Pero no todos los indignados eran de izquierda, como se vio, y ese camino, moldeado bajo la literatura populista del argentino Ernesto Laclau, encontró un techo para su crecimiento.

Ciudadanos es también hijo de ese estallido y, a su manera, también Vox. Si Podemos se alimentó de la defección de los desencantados con un PSOE demasiado identificado con “el sistema”, aquellos dos encontraron lo mismo en los desgajamientos del PP por su rol en esa calamidad y su derrumbe ético. La crisis, que instaló como una prioridad en la agenda la cuestión de la inmigración, terminó siendo el corazón que late en Vox.

A eso se sumó otra crisis, la desatada por el independentismo catalán.

Rajoy y el PP minimizaron en su momento ese desafío separatista; así les fue. El PSOE apostó siempre en esa región a una vía de diálogo de alcances brumosos, algo que obliga una y otra vez a Sánchez a asegurar que no indultará a los políticos independentistas sometidos hoy a juicio y que, con tal de retener el poder, no pactará con ellos.

Mientras, Ciudadanos, de origen catalán españolista, encontró allí un eje para intentar el salto hacia el predominio dentro de la derecha española, algo que aún le cuesta porque no todo en la vida es la “nueva política”. Y Vox, directamente, su esencia.

Empresarios “del Ibex”, esto es de primerísima línea, con los que conversó Ámbito Financiero pero que prefirieron no dar sus nombres para esta nota, sueñan todavía con una coalición amplia que una al PSOE y a Ciudadanos. No ven entre ellos diferencias insalvables, más allá del énfasis del primero en la preservación del Estado de bienestar y del objetivo del segundo de reducir la carga impositiva.

Bien mirado, la ecuación de una cobertura social amplia e impuestos en baja no suele tener resultados sencillos. Sin embargo, esos hombres de negocios fantasean con aquella suma porque le tienen temor al ingreso de lo que llaman “populistas” al Gobierno, ya sea de Podemos a uno de izquierda o de Vox a uno de derecha.

Junto a Podemos, el PSOE podría reactivar el gen, hoy recesivo pero siempre latente, de la suba de impuestos. Con Vox, el PP y Ciudadanos podrían adentrarse en caminos “a la brasileña” que la mayoría no quiere siquiera imaginar aquí.

Pero en medio de tantas alquimias con votos que ni se han emitido siquiera, otro fantasma persiste: el de un empate fatal que trabe mayorías viables y que mantenga al país enfrascado en debates que hacen a su gobernabilidad. Tal discusión resultaría demasiado primaria cuando de lo que verdaderamente se trata es de convertir la recuperación de la economía en algo más, que permita a tantas y tantas personas de clase trabajadora y media, muchos con estudios y posgrados, salir del círculo vicioso de los empleos precarios y los salarios de mil euros.

Para bien o para mal, el domingo a la noche esos enigmas comenzarán a develarse.

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