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En la Antártida argentina, bajo el imperio de los vientos

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A las ocho y diez de la noche, el biólogo se prepara para salir por la puerta del alojamiento nuevo de la Base Carlini, la más “científica” de las 13 bases argentinas (las seis permanentes, las siete temporarias) en Antártida. Todavía faltan veinte minutos para la cena, pero el hombre quiere ver televisión, charlar con los cocineros, relajarse después de un día intenso. Afuera, el viento acecha desesperado.

El biólogo se pone las botas, la campera y el gorro. Mueva la palanca que traba la puerta. Intenta salir. Sale. El alojamiento principal, donde está el comedor, queda a la derecha: a unos cientos cincuenta metros, por lo menos. El hielo resbaladizo y la fuerza lateral hacen que patine hacia la izquierda. El biólogo regresa: quiere probar si en la puerta que da al este hay menos viento. Propone esperar unos minutos.

Sin embargo, unos minutos después, aquí, el viento seguirá sucesivo y puntual. Tan violento que en días de ráfagas continuas, si uno abre los brazos e inclina el cuerpo hacia atrás, no cae; apoyado sobre los talones, queda suspendido. Por esa fuerza animal, durante unos segundos, siente que está flotando.

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Vista panorámica, Base Doctor Alejandro Carlini, Antártida Argentina.

Debido a la forma en que aúllan, a los vientos que giran cerca del paralelo 60, que delimita el continente Antártico, los llaman “Los 60 bramadores” (Shrieking Sixties). Se mueven de oeste a este en ese círculo, una especie de franja, un anillo de baja presión que se genera por el movimiento de la atmósfera a escala planetaria. Y si bien pasa algo parecido en el Polo Norte, allí la masa continental los interrumpe, los disipa, los enfrenta hasta callarlos. Aquí, océano puro, la circulación es mucho más libre: por efecto de la rotación de la Tierra se desvían, se aceleran, no se detienen.

Culpables de olas de más de diez metros de alto en el estrecho de Drake, tienen fama de ser más poderosos que los que soplan alrededor del paralelo 40 (Roaring Forties: “rugientes cuarentas”, al sur de Oceanía) y los que circulan próximos al paralelo 50 (Furious Fifties: “furiosos cincuenta”, al sur de Argentina, Chile y Nueva Zelanda).

En 1520, Fernando de Magallanes sintió su fuerza en la barba hirsuta. Luego, por cientos de años, marinos de todos los continentes han repetido la frase: “Debajo de los 40 grados, no hay ley. Debajo de los 50, no hay Dios. Debajo de los 60, al agua la agita el Diablo”.

Incansables, estos vientos que pueden llegar a los 320 kilómetros por hora funcionan como una barrera que aísla el continente antártico: encierran el frío y lo recorren.

Hay vientos que soplan del oeste y traen masas de aire húmedas y relativamente cálidas. Hay vientos que soplan del este, que vienen del Mar de Weddell, más secos, más fríos. Hay vientos blancos. Hay vientos que no tienen color.

También hay otros, llamados catabáticos: se producen cuando el aire cercano a la superficie se enfría y, como si resbalara, desciende siguiendo las pendientes. A medida que circulan, se hacen más gélidos, más densos, más veloces.

Cuando no encuentran obstáculos a su paso, los vientos no suenan. Se mantienen en silencio. Pero al rozar con la aspereza de las rocas húmedas, la suavidad del liquen, el laboratorio argentino, la nieve, el cerro Tres Hermanos, las plumas de un skúa o el lomo de un elefante marino, surge un silbido constante. El viento ulula incansable.

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Base Carlini. Vientos Antárticos


Base Carlini. Vientos Antárticos

En la Base Doctor Alejandro Carlini, dos hombres miden el viento. Uno es alto y tiene barba, el otro más bajo: la cabeza rapada. Hablan poco. Quizás acostumbrados por su trabajo que requiere paciencia y temple. O, tal vez, elegidos para hacerlo por su condición apacible.

Trabajan en turnos. Durante todo el año, sin importar la cantidad de luz que envuelva la base, uno cubre las primeras doce horas del día, el otro las siguientes. Permanecen en una habitación junto a un barómetro, que registra la presión momento a momento, y un barógrafo, que asienta la variación en una hoja cuadriculada (una especie de electrocardiograma de la presión antártica, que suele ser baja y muy cambiante: en la Base Carlini, la normal es de 994 Hectopascales). A fin de mes, las hojas se ponen en un sobre y, cuando se puede, se mandan a Buenos Aires.

Cada tres horas, aunque llueva, nieve o haya un viento que lastima, se ponen el buzo, la campera, las botas, los guantes y el gorro, salen de la habitación de meteorología y caminan unos treinta metros hacia donde está la zona de medición, una especie de casita de pájaros con la bandera argentina. Allí hay termómetros y un pluviómetro: un aparato que mide la cantidad de agua caída. A unos metros, un heliógrafo (instrumento particular y hermoso) registra las horas en las que el sol alumbra.

Entre salida y salida, descansan, pero tampoco tienen mucho tiempo. Hay que bajar los datos, organizar las planillas.

Cada vez que el Hércules está por acercarse a la Antártida, el hombre de barba o el de cabeza rapada recibe un mensaje de la Base Marambio: “Empecemos a hacer horario”. Cuando hay un vuelo, se necesitan datos más precisos. Y el tiempo entre una emisión y la siguiente se reduce: cada sesenta minutos, uno u otro debe abrigarse, salir y revisar los termómetros, el pluviómetro, el heliógrafo, volver, y pasar esos números a un código numérico, complejo y de lectura internacional, que se manda a Marambio. Desde allí, la información se retransmite a Buenos Aires, donde se programan las salidas y las entradas del Hércules a la Antártida.

Aclaran: hacen parámetros, no estadísticas. Se llaman Alberto y Rolando. Pero año a año, base a base, los nombres de los argentinos y las argentinas que viajan al sur, bien al sur de este planisferio irreal en el que cada territorio asume una escala arbitraria, cambian.

Se mantiene la fuerza en los cuádriceps para resistir el embate del viento, el asombro ante la inverosimilitud del paisaje, el orgullo por la soberanía argentina y la obediencia, precisa, a los dictados de la naturaleza: cuando el viento sopla indómito, nada más importa y se posterga todo lo que haya que hacer.

Federico Bianchini es periodista y escritor.


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