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Ensayos mágicos

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Los días pasan y el tiempo parece haber multiplicado sus horas. Hace solamente un par de meses que se ha instalado   el nuevo Gobierno y, sin embargo, la sensación es que el camino recorrido ha sido demasiado largo. Posiblemente, esa sensación encuentre su razón en la reiteración de los viejos problemas que cíclicamente debemos atravesar los argentinos.

Desde el siglo XIX  nuestra propensión a endeudarnos ha marcado nuestros días y,  casi como mendigos compulsivos,  nos ha hecho pasear por el mundo   pidiendo las ayudas que después nos cuesta devolver. Siempre, entre nosotros,   encontramos al culpable de nuestras desventuras, pero también, con la misma facilidad con la que lo identificamos, volvemos a caer en su hábito de pedir los auxilios que se esfuman en instantes.

Lógicamente, cada uno de esos ensayos mágicos para salir adelante,  implica el sufrimiento posterior de obtener los fondos, para poder repetir el intento  de que, un nuevo acreedor,  confíe en que habremos de devolver lo que tan seriamente solicitamos.

Claro está  que el único modo de pagar nuestras deudas es haciendo una diferencia entre lo que percibimos y aquello otro que gastamos, ecuación tan sencilla que no merece ninguna explicación. Lo que también es cierto,  es que habitualmente no estamos muy dispuestos a reducir nuestros gastos –que siempre creemos son los que merecemos- y entonces solemos echar mano de aquellos fondos   que debieran destinarse a otros menesteres.

En esta ocasión, una vez más  para poder afrontar el gasto, se han tomado los fondos de la seguridad social como la vía para obtener la liquidez que las restantes actividades no han generado. En ese uso, la búsqueda apunta a generar una disponibilidad del orden de los 5000 millones de pesos, lo que se ha hecho con el nuevo modo de cálculo de las actualizaciones jubilatorias.

No obstante  el claro origen del ahorro, y con el obvio propósito de colocar a otro en el centro de la disputa, se han alzado las voces sobre los mal llamados regímenes de privilegio, que en verdad son solo espaciales, y que se busca derogar por haberlos convertido en la causa de nuestras desazones.

De ese modo, las jubilaciones de los Jueces parecen ser el origen de todos los males de la Argentina, seguramente del haber pedidos créditos que luego fueron mal usados, de no encontrar el modo de pagarlos o de cualquiera de las otras circunstancias que rodean la pobreza de la que venimos haciéndonos dueños hace ya tiempo.

Así planteadas las cosas, parecería que estas líneas están destinadas a defender un régimen diferencial que, quizás, el país no esté en condiciones de solventar. De ser así, aquí deberían aparecer las razones que nadie ya quiere escuchar, que si los jueces aportan más que los pertenecientes a otras cajas, que si sus sueldos son intangibles para asegurar su independencia, que no pueden ejercer otra actividad junto con la Magistratura, y muchas más que por conocidas no vale la pena exponer.

Es posible que aquello que perciben triplique el máximo de las jubilaciones que los otros habitantes del país pueden recibir, lo que supondría una diferencia irritante que debiese analizase como superar, pero   lo que es seguro es que, aun suprimiendo totalmente dichas jubilaciones, ni el Anses vería saneadas sus cuentas ni la redistribución del monto total de dichas prestaciones al resto del sistema generaría un beneficio advertible para la clase pasiva -17 millones de jubilados y pensionados, contra los menos de ocho mil pasivos del Poder Judicial-.

Siendo esto así, cual es el motivo entonces,  de la insistencia en demonizar a los Jueces como los causantes de un infortunio económico al que son ajenos y al que no contribuyen? Quienes recorren los pasillos de   los Tribunales descubren que el comentario habitual hoy día,  es conocer el nombre de quien ya ha presentado su decisión de jubilarse y dejar el cargo, habida cuenta que la ley enviada deja en claro que solo se aplicará hacia adelante, por lo que la huida oportuna,  mantiene  el régimen al que durante su actividad creyeron tener derecho  aquellos que transitan entre los expedientes, desde hace más de treinta años.

Ese temor, y la colaboración ofrecida desde otros estamentos, permite sospechar que lo que se busca es modificar la composición del Poder Judicial que dejara un amplio terreno para cubrir con nuevos integrantes que , quizás, estén más proclives a entender la Administración de Justicia como lo sugieren alguno de los integrantes de colectivo K.

Cabría preguntarse si la esperanza de que las detenciones que se dicen arbitrarias tengan fin, no depende de que exista un cambio en el modo de aplica la ley por una nueva generación de Magistrados, nacidos al final de un privilegio. (Que quizás en el futuro pueda volver a instalarse,  como ya ocurrió).

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