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Escepticismo social y partidos sin programa

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 El escepticismo acerca de la capacidad del sistema democrático para dar respuesta a los desafíos que enfrenta la humanidad avanza en todo el planeta. Autoritarismos de diferente signo y fuerzas “antisistema” proliferan en distintas regiones del mundo.

En ese contexto global, nuestro país enfrenta grandes dificultades para avanzar hacia un futuro promisorio, lo que nos coloca frente al riesgo del surgimiento de expresiones autocráticas.

Hoy buena parte de las/os jóvenes se sienten sin un lugar donde edificar su porvenir, mientras las adultas/os se van quedando sin expectativas de mejorar sus condiciones de vida y las de sus familias. Esta situación ha llevado a un deterioro creciente de la confianza social en sus dirigencias y ha debilitado la credibilidad en las instituciones democráticas.

Apelando a una metáfora religiosa podríamos decir que la razón de nuestra frustración puede resumirse, al igual que los pecados capitales, en siete problemas, las siete “íes”: injusticia, inseguridad, indecencia, inflación, intolerancia, incertidumbre e indigencia, que nos afectan desde hace años y que tienden a agravarse con el correr del tiempo.

Frente a una sociedad que observa desesperanzada, el escenario político ofrece un panorama desalentador; a un año de las elecciones, las fuerzas políticas parecen más preocupadas por resolver sus conflictos internos, dirimir quienes serán las candidatas/os y buscar aliados, que por dar respuesta a las demandas sociales o proponer alternativas para enfrentar la crisis.

En las coaliciones dominantes, el FDT en el gobierno y JXC en la oposición, se libra una dura batalla interna entre los aspirantes a candidatos/as. Detrás de declaraciones de compromiso, cómo la clásica “no es momento de hablar de candidaturas”´, se esconde una pelea subterránea entre quienes quieren serlo.

Esta lucha, adelantada en el tiempo, perturba la gestión de quienes gobiernan y entorpece la acción política de los opositores. A la vez, el “internismo” distancia cada vez más a la política de la sociedad que contempla, con desdén, un espectáculo del que se siente completamente ajena.

Cabe agregar que, mientras las disputas internas crecen en ambos frentes, la confusión aumenta en aquellos sectores minoritarios que aún siguen interesados en la política. Es desconcertante leer declaraciones, ver o escuchar a dirigentes de una misma coalición sostener posiciones contradictorias a las de otras/os conmilitones.

Sobran ejemplos en el oficialismo y las oposiciones de actitudes, pronunciamientos y votaciones en el Parlamento que ponen de manifiesto el vacío programático de las alianzas y las enormes discordancias dentro de cada una de ellas.

En el oficialismo al enfrentamiento entre la Vicepresidenta y el Presidente es cada vez más agudo, mientras en la oposición un puñado de dirigentes y el ex Presidente Macri recurren al desgastado esquema de “halcones” versus “palomas” para intentar seducir, con discursos contrapuestos, a distintos sectores de la sociedad. Es así como el posicionamiento personal sustituye a las definiciones o las acciones estructurales necesarias para resolver la crisis endémica que padecemos.

De este modo advertimos la existencia de tres niveles de confrontación. El primer nivel es entre el oficialismo y la oposición, el segundo fronteras adentro de ambas coaliciones y el tercero, el más relevante, entre la sociedad y el conjunto de la dirigencia política.

Esta discrepancia, cada vez mayor, entre la ciudadanía y los dirigentes (o la política como actividad) es una señal preocupante pues, cuanto más grande es la distancia que separa a la sociedad de la acción política, mayor es el riesgo de que prevalezcan proyectos mesiánicos o soluciones autoritarias.

Si queremos contribuir a fortalecer nuestra democracia para alejarnos del canto de sirenas que nos proponen las alternativas “anarco-capitalistas´” o los neofascismos, necesitamos fuerzas políticas programáticas que dejen, para el momento electoral, sus naturales disputas internas y se pongan manos a la obra para recuperar credibilidad, haciéndose cargo de proponer a la ciudadanía planes de acción para remover los obstáculos que nos impiden ser una sociedad equitativa, más libre, más justa y más tolerante.

Rodolfo Rodil es ex diputado nacional. Fue vicepresidente de la Cámara de Diputados.


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