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Europa: ¿el futuro del pasado?

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A cien años de la marcha de Mussolini sobre Roma, a cuarenta años de la Revolución Conservadora de Margaret Thatcher y en plena guerra de Ucrania, Europa está atravesada por interrogantes que tienen relación con el futuro de la Unión y su relación con el mundo.

El Covid y la guerra de Ucrania explican una nueva agenda que se aleja de un proyecto basado en la cooperación, en el multilateralismo, en el “dulce comercio” y en la ausencia de guerras. Esa Europa fue.

El interrogante central que hoy habita en Bruselas está asociado a una pregunta: ¿cómo convertirse en un polo geopolítico cohesionado cuando desaparecen las certezas?

La primera es el factor alemán. El pivot europeo fue Alemania y hoy el modelo germano está en crisis porque el trípode que lo sustentaba mutó: la industria germana depende del gas ruso, del mercado chino y del compromiso americano simbolizado en la OTAN.

Ese fue el triángulo que configuró el gran proyecto global/cooperativo de la Alemania de la post-guerra fría. Pero, como se sabe, en Washington el trumpismo hace a los EE.UU imprevisibles, al gas ruso lo administra Putin y la China de Xi abandonó el paradigma del “ascenso pacífico”. Rusia es un Estado-Nación Imperial y China un Estado/Partido.

El triunfo de Giorgia Meloni en Italia y el impensado retorno del thatcherismo en Gran Bretaña agregan un factor adicional. Si bien es cierto que hubo Brexit, desde el punto de vista político Londres siguió formando parte de un bloque geoestratégico, pero hoy la debilidad británica impacta. El liberalismo populista de la nueva premier L. Truss agrava el aislamiento internacional de Londres.

La apuesta a la “Global England” se evaporó con el debilitamiento de la Libra, la huida de capitales de la City y la ceguera del Partido Conservador que no advierte que la fórmula thatcheriana no tiene viabilidad. Cierra este fin de época la muerte de la Reina Isabel: sin ella el “imperio fantasma del Commonwealth” probablemente desaparecerá.

En Italia, el post-fascismo en verdad es un partido de derecha conservador. Legítimamente muchos observadores dudan, pero el modelo de G. Meloni es Hungría y Polonia. Roma dependerá de la buena voluntad de Bruselas para transferir los fondos que el premier Mario Draghi se comprometió a garantizar con reformas económicas.

Lo más nuevo en política exterior estará en sintonía con el traslado del centro de gravedad europeo hacia el Este. Polonia es el ejemplo: es la segunda ayuda militar a Ucrania, después de los EE.UU. El tema a observar es la compatibilización del orden jurídico europeo con Varsovia y Budapest. En definitiva, Roma se suma al despertar de las corrientes nacionalistas, pero atención: el 36% de los italianos no votó.

Ahora bien, el proyecto europeo nació en la posguerra y lo destacable fue el contexto: había paz. Hoy Europa está en guerra. Putin no ignora que parte de su suerte se juega en la fortaleza del proyecto europeo y del nexo entre Washington y Bruselas. La apuesta rusa consiste en erosionar al llamado “Partido de la Justicia” que apoya a Ucrania en el reclamo de la recuperación de los territorios invadidos.

El Kremlin confía en el “Partido de la Paz”, que no está dispuesto a perder confort por el apoyo a Kiev. El instrumento es el gas en el invierno que se avecina.

Putin se equivocó. Ucrania ganó la fase defensiva de la guerra y ahora Rusia entra en esa fase, un escenario impensable que Putin hizo posible porque no advirtió dos cosas: se libra una verdadera guerra de descolonización y la invasión ayudó a construir la nación ucraniana.

La suerte de su autocracia se juega en el campo de batalla, donde se destacan dos evidencias: el armamento de la OTAN es mejor y la moral de las tropas ucranianas es superior.

En paralelo, en la dimensión política global, los apoyos a Rusia están debajo de las expectativas y también se está erosionando el liderazgo moscovita en el ex-espacio soviético (guerras Armenia v.s Azerbaiján y Tajikistán vs. Kirguistán).

Cabe recordar que en esa inmensa geografía juega un factor decisivo: la población. Frente a la masa demográfica asiática, Moscú apuesta a preservar el bloque eslavo-cristiano que incluye Bielorrusia y Ucrania. Putin no ignora que el 15% de la población de Rusia es musulmana y en pleno crecimiento.

China es el aliado más importante de Moscú, pero ese apoyo tiene costos. Pekín acompaña, pero preserva sus intereses. Compra petróleo y gas ruso, y como la India, paga precios menores. No existen pruebas de ayuda militar y Pekín no parece dispuesta a incumplir las sanciones económicas impuestas por los EE.UU.

También resultó notable el compromiso chino de “proteger la soberanía” de Kazajistán, un país de Asia Central que fuera parte de la Unión Soviética y que Moscú siempre tuvo en “observación”. La guerra de Ucrania ha sido funcional a los intereses chinos. Le ha servido la experiencia para reflexionar acerca de una invasión a Taiwan y ,objetivamente hablando, Rusia al terminar la guerra será un país mucho más dependiente de China.

Finalmente, Putin acorralado ¿apelará al arma nuclear? La doctrina rusa alude a ella en el caso de una “amenaza existencial”: es el escenario tan temido de un otoño nuclear. En el mundo de las “operaciones especiales” de Moscú, en vez de nuevo orden se potencia el desorden internacional.

Carlos Pérez Llana es analista internacional.


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