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Grieta for export: cómo se polarizó al extremo la política en EE.UU.

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El presidente estadounidense Donald Trump Fuente: AP



En la Argentina, algunos países de Europa y también en

Estados Unidos

, la política se desplazó del debate de ideas y proyectos hacia un ámbito más irracional y visceral con un agigantamiento de la polarización entre “buenos” y “malos”, fenómeno definido por varios sociólogos norteamericanos como “tribalismo”.





























En Estados Unidos, en el inicio de la campaña con miras a las elecciones del año próximo, la política ya se divide en términos drásticos donde, según el instituto Pew Research,
el 45% de los republicanos y el 41% de los demócratas consideran que la otra parte es directamente una amenaza a la salud del país.

“Dios se manifestó en las urnas. Eso fue una respuesta a nuestras oraciones para que Dios cambie la dirección en que iba nuestro país”, dijo el pastor evangélico Franklin Graham, en relación al triunfo de

Donald Trump

que le permitió llegar a la presidencia.






















A diferencia de la Argentina, donde la línea divisoria está marcada por el apoyo o rechazo a determinado líder, en Estados Unidos cada bando se alinea detrás de un partido según valores morales, religiosos o sociales, en un proceso que lleva ya varias décadas.















“Si uno mira lo que ocurría hace medio siglo, hoy hay mucha más polarización en los partidos y también entre la gente común, lo que afecta la forma en que nos movemos, quiénes son nuestros amigos, y hasta la percepción sobre la situación del país”, comentó a LA NACION Jay Van Bavel, neurocientista social de la Universidad de Nueva York.

El especialista, autor del trabajo
“El cerebro partidista” (The partisan brain), sostiene que los seres humanos, sin importar su grado de inteligencia o educación, son por naturaleza “tribalistas” o “grupistas”. Y cuando forman esas “tribus”, modifican su comportamiento y la percepción hacia los otros, y hasta sufren una alteración en los patrones de activación del cerebro. Así, las personas dejan de percibir la realidad con sus ojos para pasarla por el filtro de sus creencias.















Una de las características comunes de la “grieta” en Estados Unidos y otros países es, por ejemplo, la disputa por la verdad, aunque sea evidente. Van Bavel recordó un experimento reciente en el que se mostró a republicanos y opositores la foto del día de la asunción de Trump, comparada con la de Barack Obama. El magnate republicano sostuvo públicamente que la suya había sido la ceremonia más concurrida de la historia, aunque las fotos aéreas mostraban una ostensible diferencia a favor del demócrata.








Sin embargo, en el experimento en el que se mostró ambas fotos a 1388 personas,
el 15% de los votantes republicanos dijo que “veía” más gente en la asunción de Trump.




Las fotos de la ceremonia inaugural de Obama (izquierda) y de Trump (derecha) Fuente: AP





Los psicólogos sociales explican que ante la “disonancia cognitiva” entre lo que uno ve y lo que cree, surgen las justificaciones y el calificativo de “fake news” o “alternative facts”.

Pero el actual presidente es sólo el emergente de un proceso que lo trasciende.








El psicólogo social Matt Motyl hizo el año pasado un mapeo de cómo se fue polarizando el voto entre republicanos y demócratas desde 1992 hasta 2016. Hace 27 años la diferencia entre votos republicanos y demócratas no superaba los 20 puntos porcentuales en la mayoría de los condados. Ahora la inmensa mayoría de los norteamericanos vive en “burbujas” zonales homogéneas, dominadas ampliamente por un solo partido, demócrata o republicano, por más de 20 puntos porcentuales. Además, más del 60% de los votantes manifiesta no tener ningún interés en conocer los argumentos de la otra parte.

De la misma forma, años atrás no había una línea divisoria clara entre los dos sectores respecto de temas referidos a valores humanos, sociales o religiosos. Pero el analista político Robert Shapiro investigó de qué manera se fue ampliando la brecha. “Desde los años 70 republicanos y demócratas se fueron diferenciando en temas económicos pero también en cuestiones como el aborto, los derechos de los homosexuales, el medio ambiente, la atención de la salud y muchos otros asuntos internos, y también en política exterior. Los demócratas prefieren en general la diplomacia y los republicanos el uso unilateral de la fuerza”, señaló Shapiro a LA NACION.

En 1975, por ejemplo, el 18% de los republicanos y el 19% de los demócratas estaban a favor del aborto “bajo cualquier circunstancia”. Hoy la diferencia se amplió al 11% y 46%, respectivamente.

De todas maneras, Shapiro destacó que la polarización no es un fenómeno exclusivamente estadounidense: “Vemos algunas similitudes en otros países, también por causa de la decepción económica y los problemas de inmigración, lo que llevó al auge de líderes populistas. Pero la gran diferencia es que Estados Unidos tiene aún instituciones y normas más estrictas para el respeto del estado de derecho que, al menos hasta ahora, sirvieron para limitar los efectos negativos del populismo”, señaló.











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