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Historia de una silla

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Las ves y parece que nunca hubieran vivido en otra casa; así de cómodas lucen, pero el idilio es reciente. Elegimos estas sillas hace pocos meses en el Rastro, el mercado de pulgas madrileño, entre las decenas de variados estilos y épocas que tiene José, colgadas del techo de su negocio de muebles de segunda mano. Nos gustaron porque aunque elegantes no son presuntuosas sino livianas y firmes.

“Es un jueguito de comedor de clase media española, de mediados del siglo pasado. Lustradas y retapizadas pueden quedar muy bien”, alentó el anticuario y nos convenció.

Estuvimos largo rato preguntándonos cuál sería el color original de la madera bajo el barniz viejo (¿haya?, ¿roble?, ¿fresno?). José nos recomendó al lustrador que las llevaría a un tono similar al de la mesa que habíamos conseguido en otro mercadillo, y a Carlos, el tapicero. Hicieron un amoroso trabajo y el juego de seis sillas, dos silloncitos de un cuerpo y uno doble (diez puestos en total) rejuveneció, engalanado con la tela floreada que escogimos para ellas.

“La felicidad es el olor de un auto nuevo”, decía Donald Draper, publicista de raza e inolvidable protagonista de la serie Mad Men. Yo, sin embargo, he preferido siempre las cosas con memoria: el sabor del tiempo en la tapa de un escritorio; arañas antiguas que pertenecieron a los abuelos de la familia y dieron luz a reuniones donde los adultos de hoy eran niños preguntándose qué serían de mayores.

¿Qué nos lleva a escoger objetos que pertenecieron a otros por sobre las tendencias novísimas en decoración? La calidad es decisiva: la veta de la madera, el mármol de las cómodas, la opalina de alguna lámpara que ya no se fabrica, pero hay algo más: la buena sensación que deja en el cuerpo sumarse a la cadena de la vida, reutilizando.

Las historias que encierran esas cosas también pesan. Si no las sabemos, las imaginamos. Completamos datos con leyendas y disfrutamos de imaginar eso que no nos cuenta quien las pone en nuestras manos.

Una silla del juego usado que compramos en el Rastro tiene una pata herida, visible sólo para quien la mira dos veces. No sé cómo fue, pero he elegido creer que hace muchos años alguien muy joven, cometiendo una travesura, rebanó parte de la madera y dejó en ella su marca como quien borda el nombre de un amor en el tronco de un árbol. Su secreto cena en casa cada noche.


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