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HOJARASCA | 7 miradas

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Vicente Palermo*. En declaraciones bien conocidas, el gobernador Gerardo Morales ha dicho que la deuda que actualmente se está negociando la contrajo el gobierno de Cambiemos.

Las palabras cuentan, pero también cuentan los silencios. El Presidente, su gobierno, vienen macaneando sobre el punto desde el inicio de su gestión. Pero los dirigentes de Cambiemos no dijeron ni mu. Más allá de declaraciones aisladas, no dieron debate, no buscaron redefinir los términos de la discusión (a pesar de que los números sean claros: el incremento de deuda durante la gestión Cambiemos representa tan solo el 16% del stock de deuda actual). Siendo así, ¿puede extrañar que Morales, en un cortoplacismo algo pícaro, aparezca ante la opinión pública como haciéndose cargo del relato kirchnerista?

Se agranda entonces una hojarasca que no solamente es perjudicial porque mina más la legitimidad de las élites políticas, sino también la confianza entre los propios políticos. Aunque parezca insólito se continúa en ese juego: Alberto Fernández y el kirchnerismo engatusando y, por ejemplo Morales, jugando a la verdad para pillar de sorpresa a toda la primera línea de Cambiemos, en especial la del PRO. Si se trata de un ajuste de cuentas el momento es pésimo; si se trata de preparar el lanzamiento de una candidatura, el modo es peor.

El problema es que detrás de esta hojarasca hay un juego imposible. Las genuinas fuentes de la deuda no son, por supuesto, la maldad congénita de los inversores financieros, la inmisericordia del FMI, su complicidad con determinados sectores políticos internos (el relato kirchnerista es bastante infame y simplista: el gobierno anterior habría contraído arbitrariamente la deuda con el propósito siniestro de orquestar una gigantesca fuga de capitales), o los intereses del mercado internacional.

El problema de la deuda, en pocas palabras, es doble: por un lado, la brecha, que ha crecido a lo largo del tiempo, entre los recursos con los que somos capaces de contar sin endeudarnos (por vías tales como las exportaciones, las inversiones directas, la repatriación de capitales, etc.) y los recursos que gastamos o invertimos (de todo tipo, incluyendo nuestras importaciones y la emisión monetaria que integra la conexión fiscal entre deuda y sector público).

Por otro lado, la evaporación de la confianza pública en la moneda argentina, que ha dejado, prácticamente, de ser moneda, al perder sus funciones de unidad de cuenta y reserva de valor. La deuda externa es la expresión inevitable de esta brecha de larga data.

Desde luego, las decisiones políticas cuentan, sobre todo cuentan las dificultades extremas para tomar las más sensatas. En el marco de una economía en la que se perfilaron estos problemas al menos desde el Rodrigazo (1975). Pero, si tomamos este siglo, hay tres momentos destacables.

En la década del 2000, hubo una oportunidad que se dejó pasar, una decisión por omisión. Fue el recordado período de los superávits gemelos, con tipo de cambio alto y gasto fiscal relativamente bajo. Era la oportunidad de fortalecer estos pilares, y crear las condiciones de confianza internacional necesarias para la administración de una deuda pública sustentable.

No se siguió por este camino; más bien, se potenciaron las fuentes causales de la deuda y del deterioro de la moneda y la Argentina regresó en pocos años – al esfumarse las condiciones internacionales favorables – a la brecha entre recursos genuinos y compromisos de gasto, y dolarización de hecho.

En el marco de este legado, otra decisión fue la del gobierno de Cambiemos. Mal o bien administrada, se puede resumir en pocas palabras: mantener la deuda para no tener que ajustar ni la economía ni el gasto público.

¿Había alternativas políticas viables? Quizás. ¿Era sensato esperar que nuestros problemas estructurales se resolvieran solos, que los capitales privados regresaran al camino de inversión de plazos largos?

Con el diario del lunes, o más bien del viernes, sabemos que no. Cuando la transición electoral creó una crisis de confianza, el gobierno, que no había explicado nunca claramente la fragilidad del edifico económico y estatal, menos pudo dar cuenta de ella. Tomó la decisión de contraer deuda que no era nueva, sino básicamente pago de intereses, enderezada a cimentar la confianza. Como en experiencias anteriores, no sirvió.

Ahora estamos delante del tercer escenario de decisiones políticas. Se opta por un camino posible en el corto plazo, quizás el único hoy por hoy políticamente viable para este gobierno, pero espantoso: reducir el déficit vía inflación, mientras se afirma que no hay ni habrá ajuste y que “el secreto es crecer”.

Tiene de “contracíclico” la etiqueta. Y la promesa de corregir los desequilibrios para 2027. Medidas macroeconómicas son indispensables, pero insuficientes, y si se ensayan distintas fórmulas separadas de cambios en terrenos como el impositivo, la calidad del gasto público, la educación, el mercado de trabajo, la innovación tecnológica, la identificación de cooperación local y nacional para el desarrollo económico, etc., no cambiaremos mucho.

Sin tomar el toro por las astas, seguiremos entonces en un juego imposible, porque cada esfuerzo fracasado nos pone en condiciones peores para volver a intentarlo. No hay ningún malabarismo macroeconómico que pueda solucionar el problema (crecimiento sin reformas). Malabarismo en el que hemos creído recurrentemente.

 

Vicente Palermo es politólogo y escritor. Miembro del Club Político Argentino


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