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José Ignacio Rucci, arquetipo del sindicalismo argentino

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“Porque uno de los peores enemigos que tienen los enemigos del Movimiento Obrero es que el trabajador piense, y esta CGT piensa”, José Ignacio Rucci

El movimiento obrero organizado, elegido por Perón como columna vertebral de la revolución justicialista, mostró a lo largo de su historia un férreo compromiso con el país y con el bien común de todos los argentinos. Al día de hoy calumniado por los enemigos de la Argentina del trabajo, ha dado muestras de su empeño por lograr condiciones laborales dignas para los trabajadores tanto en el plano material como en el plano espiritual. Protección del salario, pero además, defensa de los valores de la familia argentina y de su elevación cultural y moral. Es en este contexto donde surge la figura preclara de José Ignacio Rucci, arquetipo del sindicalismo justicialista, que defendió estos principios a lo largo de toda su trayectoria sindical.

Como hombre del interior de la Patria, nacido en la provincia de Santa Fe en el seno de una familia trabajadora, había visto con sus propios ojos el dolor de los obreros y campesinos en plena década infame. Había experimentado la ausencia de leyes para los humildes y el olvido estatal de sus familias. Y, fundamentalmente, había visto y experimentado que el Justicialismo había llegado para cambiarlo todo.

Por eso, con tan sólo 23 años, a un año de asumido el primer gobierno peronista, inicia en 1947 su carrera gremial defendiendo apasionadamente el nuevo esquema legislativo que daba plena dignidad al trabajador por primera vez en nuestro país y que expresaba también un modelo sindical humanista y cristiano arraigado en la tradición de nuestro pueblo. Rucci comprendió junto a los millones de argentinos con poco libro pero con mucho patriotismo, que la tercera posición justicialista de base cristiana que se realizaba en Argentina además de un modo de concebir la inserción independiente de nuestro país en la política internacional, daba a luz un nuevo concepto de justicia en función social como armonización de la libertad y los derechos individuales con la solidaridad social y el amor colectivo.

La más alta realización de los principios morales del cristianismo que el mundo esperaba y no se realizaban. Occidente era y lo es en nuestros días, un cementerio humano y espiritual. En respuesta, el Justicialismo otorgó a los argentinos lo que el mundo negaba a la humanidad: la realización de sus aspiraciones materiales y temporales en este mundo con epicentro en la dignificación de la familia como organización base de la comunidad, con la promesa de lograr también sus aspiraciones eternas en el otro.

Rucci mantuvo durante toda su vida la lealtad al General Perón. Para él, como para el pueblo trabajador, su caída en 1955 era la revancha de los ricos contra los pobres. Y en el período de la Resistencia cumplió un  papel central para que no se olviden los mejores años vividos por nuestro pueblo y para que se concrete el retorno del líder al país en noviembre de 1972, luego de 17 años de exilio.

De delegado de base llegó a Secretario General de la CGT en 1970 siendo expresión del más alto nivel de conciencia y organización de los trabajadores argentinos en toda su historia. Asumió la conducción nacional en medio de las intrigas y maniobras que el gobierno militar de entonces intentaba por todos los medios para impedir la vuelta de Perón. Rucci mostró un comportamiento político intachable, constituyéndose en la voz y la acción del General en medio de los devaneos políticos y sindicales. Mantuvo firme el ideario justicialista en medio de la pelea derecha-izquierda, serviles a la estrategia imperial que dividía el movimiento nacional.

Tanto es así que su lealtad al proyecto de liberación nacional lo llevó a firmar en representación de la CGT el Pacto Social en 1973, siendo plenamente consciente que esa rúbrica pasaba a ser su sentencia de muerte. Como hombre al servicio de una Causa, a imitación del General, de Eva Perón y de Isabel Perón, no dudó en afrontar el destino que le esperaba. La única forma que los cipayos de adentro al servicio de los poderes foráneos tenían para sabotear el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional era sacando de juego a su mejor soldado.

Porque Rucci no era cualquier dirigente, sino el hombre elegido por Perón para llevar adelante la política de concertación económica y social que buscaba la unidad nacional para la reconstrucción de la Argentina. Con Rucci, el país hubiera tenido otro porvenir, otro destino. Su cruel asesinato, un día como hoy hace 48 años, fue además el preludio de la tragedia de los argentinos: un parteaguas que preanunció el final de una época y el comienzo de otra, con ribetes trágicos que hoy explican que el sesenta porciento de los argentinos vivan en la pobreza, que el trabajo haya sido sustituido por el asistencialismo y que el patrimonio nacional de los argentinos esté en manos extranjeras.

José Ignacio Rucci merece el recuerdo y la gratitud de los argentinos porque fue un mártir de la unidad de los argentinos, aplazada al día de hoy. Y nuestra castigada gente necesita arquetipos donde mirarse y reconocerse en valores, fe compartida y que refuercen la autoestima nacional y el sentido de realización comunitaria. En la figura de Rucci, los argentinos sin distinción partidaria, tenemos un gran ejemplo de insobornable lealtad y profundo amor por la causa de la Patria, que debe ser ofrecido como modelo a seguir.

En estas horas necesitamos que su espíritu renazca en cada dirigente sindical, que se eleve la mirada, que se salga del lodo donde parecemos revolcarnos. Se exigen conductas intachables, patrióticas, con el oído en las necesidades del Pueblo y nada de intereses sectoriales, personales, ni de casta.

No es imaginería, es evidente en sucesivas elecciones pendulares, de castigo. La Argentina pide a gritos ser escuchada, la Argentina real, la que duele. El movimiento obrero organizado es no solo la última trinchera de organización y realidad, es por mandato el responsable de la custodia de los derechos de los trabajadores, que no podrán perdurar fuera de una comunidad que no se realiza, y en su lugar se frustra y disgrega cada día más; el movimiento obrero tiene un rol en el diseño institucional del país al que aspiramos, y podrá ejercerlo en unidad de concepción de un programa y de acción para realizarlo.

El mejor homenaje a Rucci lo hicimos esta semana. En el comité central confederal de CGT, camino al Congreso del 11 de noviembre. Donde se dio la muestra de unidad que necesitamos. Todos trabajaron para poner lo personal, lo sectorial de lado en pos de la unidad que se demanda. Son los gestos que devuelven la esperanza.

En recordar a nuestros mejores hombres y mujeres, siempre tendremos la oportunidad de recuperar el camino correcto. El sacrificio de ellos no habrá sido nunca en vano, siempre que haya quienes puedan mirarlos y buscar ser reflejo.

La imagen inspiradora de solidaridad y humildad de José Ignacio Rucci es símbolo de aquella Argentina grande, comunitaria y solidaria que fuimos y que volveremos a ser. Aquella que enseñó que donde había una necesidad, había un derecho. Donde había una necesidad había siempre un dirigente sindical. Donde había una necesidad había siempre un pastor, un vecino. Un club de barrio, una unidad básica, un humilde comedor de familia.

En este día decimos: gracias, compañero José Ignacio Rucci, por su ejemplo inmortal. Y damos gracias a Dios porque nos dio la posibilidad de tener de guía y estrella a este gran hombre en su amor y en su ofrenda al servicio de la Argentina…




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