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LA CAMPAÑA INVERTIDA. | 7miradas

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Por: Luis Tonelli. Es lógico que la oposición, en su afán por desalojar al oficialismo, se exceda en sus promesas, mientras que, dado que el gobierno, exhibe lo que hizo hasta el momento, confíe en los instintos siempre conservadores del electorado, bajo el lema “más vale pájaro en mano que 100 volando”.

Sin embargo, entre todas las paradojas que coleccionamos los argentinos, hoy tenemos la de una campaña inversa: luego de las P.A.S.O., la oposición -confiada en su triunfo- se ha vuelto parca en el adelanto de sus medidas de gobierno, mientras que la campaña de Junto por el Cambio se basa en promesas que hoy suenan un tanto cándidas dado que en el medio de una crisis abismal, prometen recomposición salarial y crecimiento para el año que viene -si es que Mauricio Macri permanece en el poder-.

Promesas que se ven acompañadas, también, de un cambio de formato absoluto de campaña (¿y de convicciones?) ya que el Presidente se ha decidido por realizar una caravana en 30 ciudades que replica lo que los políticos han hecho por siempre: dar arengas electorales desde la tribuna recorriendo el país.

Así parece finalizar la fe del Gobierno en las nuevas tecnologías de la comunicación, de campañas 4.0, donde el Whats App iba a ser el instrumento secreto que permitiría llegar personalmente, luego de un supuesto fracaso de la campaña en las P.A.S.O.

Y digo supuesto fracaso, porque lo que falló no fue la campaña electoral, sino la política electoral. Si la evaluamos en términos de campaña, Macri logró más votos que los ha que había sacado todo CAMBIEMOS en las P.A.S.O. del 2015.  Pese a la malaria, el desgaste de cuatro años en el poder, la crisis y la mar en coche.

Pero si Macri hizo una muy buena elección, Alberto Fernández exhibió números de otro mundo: sencillamente, alcanzó casi el porcentaje de votos que Daniel Scioli había logrado ya en el ballotage, donde el electorado solo podía votar por uno o por otro o por ninguno de los dos.

Macri no pudo, no supo y no quiso dividir al peronismo (en la falsa confianza que el kirchnerismo espantaría el voto peronista moderado) y, por el otro lado, permitió que el electorado no peronista se dividiera (en la confianza que el temor al kirchnerismo si no en las P.A.S.O. sino en la primera vuelta, le permitiera ganar en el ballotage como en el 2015).

Los números causaron la catástrofe. El miedo al kirchnerismo no se dio electoralmente, pero si cundió pánico en los mercados y en el mundo de las relaciones internacionales, y el país se acercó nuevamente al abismo de una catástrofe.

De allí también la otra paradoja: el gobierno puede realizar tranquilo una política de superoferta mientras trata de estabilizar el dólar utilizando reservas que Alberto Fernández ya considera propias, sin temor a generar una catástrofe porque ya nadie le cree. Por otra parte, el candidato de la oposición ensaya diferentes modos para tanto tranquilizar a los mercados como para no alienar a la militancia K, que en la confianza del triunfo le ha salido a marcar la cancha. Así los dichos de Grabois, Zaffaroni, y González, H. son dirigidos más al candidato propio, que al gobierno ajeno.

Alberto F. recaló primero en la experiencia portuguesa para zafar de la crisis, para luego mencionar la vía charrúa a la estabilidad, aunque pronto economistas de diferentes procedencias le bocharon esos modelos. Si se quiere ir por las buenas con el mercado, y no hacer quitas, el problema es que el país necesitará de un superávit impresionante que otra que lo que dijo Avellaneda que “la deuda será honrada con el hambre y la sed del pueblo”. Superavit sin crecimiento es ingobernabilidad asegurada. Y si hay ingobernabilidad, entonces los tiempos de Alberto Fernández se acelerarán (como se aceleraron siempre que el poder político estuvo en el banco de suplentes, y el poder delegado en el trono presidencial).

Claro está que los políticos son siempre conservadoramente audaces, e intentan primero no pagar costos políticos, lo que a la postre los lleva a pagarlos todavía más caros. De allí el chiste que circula, que se pregunta directa y pícaramente por ¿Quién será el segundo ministro de economía de Alberto Fernández?, sin preocuparse por quien va a ser el efímero primero.


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