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LA ENSEÑANZA DEL BONOBO. | 7miradas

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Son tiempos adecuados para analizar el fenómeno de la compasión y empatía, imprescindibles para el ejercicio de la política y la fidelización del electorado. Se sabe que son sentimientos naturales en los mamíferos, en particular de los bonobos y por lo tanto en los humanos. ¿En particular con los humanos? No tanto. La formación, el temperamento, es estado económico personal,  modifica esos sentimientos y a veces pareciera enmudecerlos. En fin. No en vano estudiosos de la política analizan la conducta de esos mamíferos.  Hay mucho material para leer al respecto.  Entre otros “El Bonobo y los diez mandamientos” de Frans de Waal. Muy recomendable.

Ultimas evidencias de altruismo animal: Por ejemplo, los antropoides abrirán voluntariamente una puerta para permitir el acceso de un compañero a la comida, aunque pierdan una parte en el proceso. Y los monos capuchinos están dispuestos a obtener recompensas para otros, como vemos cuando los colocamos uno al lado de otro e intercambiamos fichas de colores con uno de ellos. Una ficha premia sólo a su poseedor, mientras que la otra premia a ambos. Y no lo hacen por miedo, porque los monos más dominantes (que tienen menos que temer) también son los más generosos.

Las buenas acciones también se dan espontáneamente. Una vieja hembra, Peony, pasa sus días al aire libre con otros chimpancés en la estación de campo del Yerkes Primate Center. En los días malos, cuando su artritis se exacerba, tiene problemas para caminar y trepar, pero las otras hembras la ayudan. Peony puede tener muchas dificultades para subir al entramado donde varios chimpancés se han congregado para una sesión de acicalamiento, pero una hembra más joven, sin ser parienta suya, se pondrá debajo de ella para empujarla con ambas manos hasta que Peony se haya unido al resto del grupo.

Un ejemplo típico es la manera en que los chimpancés consuelan a compañeros afligidos, abrazándolos y besándolos, una conducta tan predecible que hemos documentado miles de casos, literalmente. Los mamíferos son sensibles a las emociones ajenas y reaccionan ante los necesitados. La razón principal por la que la gente llena sus casas de carnívoros peludos en vez de, por ejemplo, iguanas o tortugas es que los mamíferos ofrecen algo que los reptiles nunca podrán ofrecer: afecto. Los mamíferos demandan afecto, y responden a nuestras emociones.

La empatía requiere conciencia del otro y sensibilidad a las necesidades ajenas. Probablemente comenzó con el cuidado parental, como el que encontramos en los mamíferos, pero también hay evidencias de empatía en aves. Descendientes de la bandada de gansos de Lorenz han sido equipados con transmisores para medir su ritmo cardiaco. Puesto que cada ganso adulto tiene una pareja fija, esto abre una ventana de empatía. Si un ave se enfrenta a otra en una pelea, el corazón de su pareja comienza a acelerarse. Aunque ésta no intervenga, su corazón delata su preocupación por la situación. Las aves también sienten el dolor ajeno.

Se descubrió más tarde la conexión entre mente y corazón: la meditación compasiva hace que el corazón se acelere más cuando el sujeto oye sonidos de aflicción humana.

Es más que evidente que nuestro pensamiento moral simplemente no ha sido capaz de mantener el paso de un progreso tan rápido en nuestra adquisición de conocimiento y poder.

Mientras un bonobo joven se balancea colgado de una cuerda, apareciendo y desapareciendo de nuestra vista, y llamando nuestra atención golpeando el vidrio cada vez que pasaba delante de nosotros, comentábamos lo mucho que se parecía su expresión facial a la risa humana. Se estaba divirtiendo, especialmente si nos hacíamos los asustados cuando golpeaba la ventana. Ahora nos resulta inimaginable que las dos especies del género Pan se tomaran por la misma en el pasado. Hay una famosa fotografía del experto estadounidense Robert Yerkes con dos antropoides jóvenes en su regazo, que él consideraba chimpancés. Esto era antes de que supiera de la existencia del bonobo. De hecho, Yerkes hizo notar que uno de los dos antropoides eras mucho más sensible y empático que ningún otro chimpancé que hubiera conocido, y también parecía más inteligente. Su libro Almost Human trataba principalmente de este chimpancé, al que calificó de genio antropoide, sin saber que en realidad estaba tratando con uno de los primeros bonobos vivos que llegaron a Occidente.

Aprecio a los bonobos precisamente porque su contraste con los chimpancés enriquece nuestra visión de la evolución humana. Nos muestra que nuestro linaje no viene marcado sólo por la dominancia masculina y la xenofobia, sino también por el anhelo de armonía y la sensibilidad hacia los otros. Puesto que la evolución procede a través de los linajes masculinos y femeninos, no hay razón para medir el progreso humano sólo por el número de batallas ganadas por nuestros varones contra otros homininos. La atención al lado femenino de la historia no haría ningún mal, como tampoco la atención al sexo. Por lo que sabemos, no conquistamos a otros grupos, sino que los hicimos desaparecer haciendo el amor más que la guerra.  La humanidad moderna porta genes neandertales, y no me sorprendería que fuésemos portadores de genes de otros homininos.

Los chimpances machos ejercen el poder supremo y están constantemente pugnando por el rango. Tanto es así que escribí un libro entero, “La política de los chimpancés”, sobre sus intrigas y maquinaciones. Siendo estudiante, empecé a leer a Nicolas Maquiavelo para obtener intuiciones que los textos de biología no podían proporcionarme.

Por supuesto, los otros primates no tienen estos problemas, pero incluso ellos aspiran a cierta clase de sociedad. En su comportamiento reconocemos los mismos valores que perseguimos nosotros. Por ejemplo, en el caso de los chimpancés, se ha visto a hembras tirar del brazo de machos enemistados para reconciliarlos tras la pelea, y quitarles armas de las manos. Además, los machos de alto rango ejercen regularmente de árbitros imparciales para zanjar disputas en la comunidad. Par mí, estos indicios de preocupación comunitaria son un signo de que los cimientos de la moralidad son más antiguos que la humanidad. Por otro lado, ¿qué pasaría si extirpáramos la religión de la sociedad? No acabo de ver cómo la ciencia y la visión naturalista del mundo podrían llenar el vacío y convertirse en aspiradoras del bien.

Cuanto mayor es el contraste, más enigmático resultaba el origen de la conducta altruista. Ejemplos de tales enigmas no faltan, por supuesto. Las abejas mueren poco después de picar a los intrusos en defensa de su colmena. Los chimpancés se rescatan unos a otros de los ataques de los leopardos. Las ardillas emiten llamadas de alarmas que advierten a otras ardillas de algún peligro. Los elefantes ayudan a levantarse a sus congéneres caídos. Ahora bien, ¿por qué un animal debería actuar en beneficio de otro? ¿No contradice esto las leyes de la naturaleza?

Los mamíferos tienen lo que yo llamo impulso altruista, en el sentido de que responden a signos de aflicción en otros y se sienten impulsados a mejorar su situación, reconocer las necesidades ajenas, y reaccionar en consecuencia, ciertamente no es lo mismo que una tendencia pre programada a sacrificarse en bien de los genes.

Las decisiones morales son viscerales. Nuestras emociones son las que deciden, y luego la razón humana hace lo que puede para encontrar justificaciones. Los antropólogos demostraron la existencia de un sentido de la justicia en individuos de todo el mundo, los economistas encontraron que las personas son más cooperativas y altruistas de la que sugería la visión del Homo economicus, los experimentos con niños y primates pusieron de manifiesto un altruismo sin necesidad de incentivos, se dijo que los bebés de seis meses conocían la diferencia entre portarse mal y portarse bien, y los neurólogos descubrieron circuitos cerebrales para sentir el dolor ajeno. El círculo se completó en 2011, cuando se declaró oficialmente que los seres humanos somos supercooperadores.

Cada nuevo avance era otro clavo en el ataúd de la teoría de la fachada, hasta que la visión dominante había dado un giro de 180 grados. Ahora se acepta ampliamente que nuestro cuerpo y nuestra mente están diseñados para permitirnos vivir juntos y cuidar unos de otros, y que las personas tienen una tendencia natural a juzgar la conducta ajena en términos morales. En vez de ser un barniz externo, la moralidad viene de adentro. Forma parte de nuestra biología, lo que viene sustentando por los muchos paralelismos que encontramos en otros animales. En poco más de una década hemos pasado de las exhortaciones a enseñar a nuestros niños a portarse bien, ya que nuestra especie carece de inclinaciones naturales en este sentido, al consenso de que nacemos para portarnos bien y que los chicos buenos llegan primero.


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