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LA ERA DEL FÚTBOL LAS BARRAS BRAVAS.

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Juan José Sebreli. Las llamadas barras bravas en la Argentina, organizados y armado para provocar tumultos en los estadios, agredir y en ocasiones matar a los adversarios, así como también presionar a dirigentes, jugadores y técnicos del propio club, mediante la amenaza, la intimidación y el “apriete. Este fenómeno que se da, con mayor o menor intensidad, en todos los países en que se juega futbol, no es nuevo; existe desde la creación misma del futbol, y antes aun de su profesionalización. Aunque los factores actuales contribuyan a su mayor difusión, no puede, por lo tanto, atribuirse exclusivamente a la coyuntura económica política, social y cultural contemporánea como afirma con ligereza periodistas o improvisados sociólogos que desconocen la historia del futbol.

Roberto Arlt les dedicaba en el diario El Mundo una de sus “aguafuertes porteñas”: “Tan necesario es que los hinchas de un mismo sujeto se asocien para defenderse de las pateaduras de otros hinchas y que son como escuadrones rufianescos, brigadas bandoleras, quintos malandrinos, barras que como expediciones punitivas siembran el terror en los stadiums, con la artillería de sus botellas, y las incesantes bombas de sus naranjazos. Esas barras son las que se encargaban de incendiar los bancos de las populares, esas mismas barras son las que invaden la cancha para darle el ´pesto´ a los contrarios, y en determinados barrios han llegado a constituir una mafia, algo así como una camorra, con sus instituciones, sus broncas a mano armada, y las cascarillas monumentales que le dan nombre, prestigio y honra”. Como suele ocurrir con los escritores de ficción, Arlt supo predecir una tendencia que en aquellos tiempos sólo estaba en germen, ya que las barras eran todavía demasiados informes.

Las barras dejaron de ser espontaneas y efímeras, surgidas en la pasión del espectáculo, si es que alguna vez lo fueron, hacia fines de década del cincuenta y principios de la década del sesenta, cuando comienzan a organizarse en forma de bandas con tintes mafiosos; entonces se las llamaba, en la Argentina, “narras fuertes”. Las fechas no son casuales, las barras están formadas por jóvenes y adolescentes de clase baja de entre dieciocho y veinte años, es decir nacidos alrededor de 1945. En el caso de los hinchas europeos se trataba de la primera generación de posguerra. El caso argentino es particular; si los hinchas de la primera época del futbol argentino descendían de la inmigración europea de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la generación de las barras bravas organizadas era la de los hijos de los inmigrantes del interior que fueron a habitar el cinturón   obrero del Gran Buenos Aires, y mucho de ellos fueron los primeros pobladores de las incipientes villas miseria. Ya vimos al referirnos al hincha, que la crisis de identidad característica del adolecente es una causa del fanatismo futbolero. Ahora bien, esta generación de clase baja, nacida alrededor de 1945, tenía mayores motivos para la crisis de identidad, pues provenía de familias trasplantadas del campo o el pueblo de provincia, sin integrarse del todo a la vida urbana que la rechazaba. Debió soportar además una doble vuelta de tuerca, con la caída del peronismo en 1955, movimiento que creían haber recuperado, en parte, la identidad pérdida.

Las barras dejaron de ser espontaneas y efímeras, surgieron, hacia fines de la década del cincuenta y principios de la década del sesenta, cuando comienzan a organizarse en forma de bandas con tintes mafiosos; entonces se las llamaba, en la Argentina, “barras fuertes”. Las fechas no son casuales, las barras están formadas por jóvenes y adolescentes de clase baja de entre dieciocho y veinte años, es decir nacidos alrededor de 1945.

El caso argentino es particular; si los hinchas de la primera época de fútbol argentino descendían de la inmigración europea de fines del siglo XIX y comienzos de XX, la generación de las barras bravas organizadas era la de los hijos de los inmigrantes del interior que fueron a habitar el cinturón obrero del Gran Buenos Aires, y muchos de ellos fueron los primeros pobladores de las incipientes villas miseria. Ya vimos al referirnos al hincha, que la crisis de identidad característica del adolescente es una causa del fanatismo futbolero. Ahora bien, esta generación de clase baja, nacida alrededor de 1945, tenía mayores motivos para la crisis de identidad, pues provenía de familias trasplantadas del campo o el pueblo de provincia, sin integrarse del todo a la vida urbana que la rechazaba. Debió soportar además una doble vuelta de tuerca, con la caída del peronismo en 1955, movimiento con el que creían haber recuperado, en parte, la identidad perdida.

La estructura de las barras es aproximadamente la misma en todos los países: de tipo autoritaria y jerárquico, y formada en círculos concéntricos. En el centro están los “jefes de la hinchada” que pueden ser uno solo o unos pocos, indiscutidos y encargados de organizar las operaciones, que no deben ser tan extremas como para hacer peligrar la supervivencia del grupo, pero si lo suficiente como para justificar la existencia del mismo. Los jefes viven de lo recaudado en la barra, aunque a veces tienen un segundo trabajo al servicio de algún político de turno, sin descartarse tampoco un empleo público en la intendencia del lugar o en el Concejo Deliberante. El segundo círculo es el núcleo duro compuesto por alrededor de veinte a cincuenta individuos, en su mayoría menores de 25 años con una antigüedad en el grupo de por lo menos tres años, bien asentados en el mismo después de haber pasado las pruebas. Muchos de ellos son desocupados y adoptan también fuera del fútbol conductas desviadas, a veces delictivas. Su función es recibir las órdenes del jefe, transmitirlas al resto de los componentes y protagonizar las peleas. Un tercer círculo está compuesto por un grupo más numeroso de individuos jóvenes y menos antiguos en el grupo, y por eso más inestables, que aspiran a formar parte del núcleo duro y secundan a éste en sus acciones violentas.

Las ganancias de las barras provienen ante todo de los subsidios de los dirigentes de los clubes, los aportes de los jugadores y directores técnicos, el cobro de los sectores políticos que los apoyan, la reventa de entradas cedidas por el club, la explotación de kioscos en las adyacencias del estadio, la venta de gorros, escuditos, fotos, banderines y otras insignias, las rifas con premios inexistentes, y a veces también el trágico de drogas y el robo. La mitad de lo recaudado es para las cabecillas, el resto para la compra de distintas mercancías y servicios, pago de teléfonos celulares, compra de armas, alquiler de vehículos, drogas.

La violencia de las barras no puede asimilarse a la violencia de, las multitudes en los tumultos, que se escudan en el anonimato o en la fuerza que da el número, porqué éstas no están organizadas, surgen espontáneamente y se disuelven con rapidez. Tampoco puede asimilarse a la violencia de las sectas extremistas o terroristas, porque carecen de ideología, y no tienen una formación tan rigurosa. Es preciso pues reconocer que las barras futbolísticas constituyen un fenómeno original y especifico, que debe ser analizado en su inmanencia.

En nuestro país la relación entre barras y dirigentes es aún más estrecha. Los barrabravas acuden a los entrenamientos, hacen sus reuniones e la confitería del club o en el lobby de los hoteles donde se alojan los equipos cuando viajan al exterior, guardan sus insignias y aun sus armas en las dependencias del club. Algunos dirigentes rinden homenaje a los barrabravas muertos en peleas. Cuando Matutina, barrabrava de River, fue asesinado, el entonces presidente del club, Rafael Aragón Cabrera, regaló la bandera oficial para que cubriera el féretro. El apoyo delos dirigentes de River Plate a sus barra bravas  -viajes a Brasil y Japón entre otras cosas prerrogativas – fue revelado por uno de sus jefes, Ramón “Rito” Barrios en el juicio por el asesinato de un hincha de independiente. La barra de River viajó a Japón en el final de la Copa Intercontinental en 1996, con pasajes comprados por el tesoro del club, Jorge Arias, en la agencia Rotamund, y con el sponsor de Adidas.

Una muestra de esta complicidad la dieron los dirigentes de Boca en su relación con el peligroso jefe de la barra, Jose Barritta alias el Abuelo. A pesar de haber sido detenido por el asesinato de Roberto Basile en 1982, y antes de ser condenado por el doble asesinato de hinchas de River, Barritta gozaba de privilegios en el club, participaba de las reuniones de la Comisión Directiva, compartía cenas con los dirigentes, les cedieron las instalaciones de la ex Ciudad Deportiva para la fiesta de su casamiento, y el estadio para homenajear a jugadores y también a Antonio Cafiero, uno de sus protectores. Cuando en 1986 Carlos Heller asumió el cargo de vicepresidente, denunció a Barritta por haberle arrojado  una piedra a su hija, pero en menos de cuarenta y ocho horas fue liberado por la gestión de sus influyentes amigos, y desde entonces aparecieron carteles acusando a Heller de “judío y comunista”. La barra se dedicó a demás a boicotear al equipo y hasta festejaba los goles del cuadro rival. Los dirigentes no pudieron soportar esta situación. En 1990 el presidente Antonio Alegre invitó a su casa a Barritta y se aceptaron las condiciones de la barra, cesión de entradas y viajes pagos entre otras cosas. Mauricio Macri, a poco de asumir la presidencia de Bocas, proclamó que se trataba de “una barra simpática”, y en otra ocasión exageró “En Boca no hay barra brava. Están presos”. Poco después, en septiembre de 1997, en un chárter contratado por el club para un partido en Chile viajaron catorce barrabravas que promovieron una pela, a su regreso en el aeropuerto, con la barra de Independiente que esperaba un vuelo a Brasil. A pesar de la presión de Barrittas, nada parece haber cambiado en Boca.


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