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La furia, el zombie, la amenaza y el fiscal

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Durante esta semana en la ciudad de Buenos Aires, volver después de trabajar fue un martirio. Los colectivos en conflicto pasaban, si pasaban, tras eternidades de espera.

Esa odisea, ese calvario, fue solo uno entre tantísimos y en todo el país.

Pero precisamente esas esperas nocturnas de micros que no llegaban nunca representan escenas paradigmáticas y masivas. Aguardar, ilusionarse con una luz que aparece en el horizonte que podría ser el colectivo que nos devuelva a casa, otear con esperanza y detectar que no es, que se trata de otra decepción, que se hace muy difícil esperar con esperanza.

Y continuar aguardando, mientras las filas nocturnas se alargan, como las horas interminables, como el tiempo que se doblega como los relojes de Dalí, vencido por los vehículos que paralizados empobrecen aún mas la vida de millones.

Es muy duro no poder volver. Ilusionarse con la luz en la noche, pero la noche no se va.

No llegar. No disponer de la posibilidad de diseñar un plan para descansar, para reencontrar el hogar. Es una barrera que nos paraliza en inhóspitas paradas donde no paran los móviles, y donde sí quedan parados los transeúntes que no pueden moverse con normalidad porque así son las cosas aquí.

Entonces tras la frustración hay que salir a buscar alternativas y regresar como se pueda. Y todo para volver a salir al otro día, para una nueva Odisea, menos poética que la de Ulises, sin cantos de sirena, más bien con alaridos descoyuntados que se emiten por todos lo medios. Los chillidos de alguien que acusa para no ser acusada, o -también- de confusiones adormiladas (para decirlo con benevolencia) de quien juega con fuego irresponsablemente en un campo inflamable y minado de erupciones potenciales.

La furia, según las definiciones clásicas alude a un desorden del espíritu, a una violencia que configura una rabia amenazante. No toda furia es criminal literalmente ni deriva en ataques físicos.

Pero produce tenso desconcierto, insiste en el error, y además, persevera en una cartografía esquemática; el furioso ocupa el centro del mundo. Y el resto es tangencial.

El furioso produce temor, división y también devoción, que suele ser una derivación del miedo. Se idolatra al que se teme. Idolatrar es lo opuesto de respetar, aunque el idólatra despliega la apariencia de la sumisión, suele estar mas veces de lo que se piensa inundado de falsedad, conveniencia y espectacularidad.

La historia abunda en ejemplos de adoradores de los demonios del cólera y del descontrol. Sin embargo, los devotos también suelen ser traidores. «Cuántas veces con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas engañamos al diablo mismo»: Shakespeare.

Hay otra forma de devastación psíquica, o más bien en éste caso psicopolítica, que es la variante zombie del sí mismo. Ocurre cuando alguien se pierde en una lontananza que pretende ser astuta y que se embadurna con sus propias confusiones y se hiere a sí mismo, pero no sólo a sí mismo.

El zombie como fantasma con poder es un clásico de la filosofía política y de la literatura de todos los tiempos.

Los fantasmas son vengadores, también lo enseña Shakespeare. El fantasma del padre de Hamlet, (para quien esté interesado en el tema), sólo clama venganza.

El zombie fantasmático está sumido en el resentimiento.

Es zombie, pero atraviesa su edad de la ira reprimida que brota sin embargo bajo la forma del disparate.

Suele enunciar horrores, motivado más o menos conscientemente por un sentimiento oculto de represalia frente a quien lo domina.

“Nisman se suicidó, espero que Luciani no haga algo así”.

Además de la amenaza, acontece el desbarajuste que esa frase le produce a su jefatura encolerizada por el juicio que con fundamentos la atormenta.

El espectáculo desmoralizador de una persona encrespada y desesperada, emanando altisonancias e incoherencias y de un zombie aturdido jugando con fuego honra con fundamentos a la desaforada historia de la irracionalidad.

Es el lado oscuro, la dimensión oculta de la exposición política, pero no demasiado oculta.

La geografía más relevante y sufriente de todas es la de una sociedad atenazada entre la furia y el zombie.

Singularmente, quien encarna hoy la furia fue la consorte del denominado “furia”, por sus explosiones habituales, y su torrencial afición por los caudales.

Por momentos parece que nada tiene sentido. Otra vez Shakespeare: “La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”.

Hay un discreto principio de esperanza.  En éste país, no todos somos idiotas.


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