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La guerra, el «chantaje» de Putin y la alargada sombra de otra crisis marcan el curso político y fuerzan a la Unión Europea a reinventarse

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Una frase del pasado y otra del presente sirven para visualizar qué es realmente la Unión Europea. «Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas», dijo en su momento uno de los padres fundadores del proyecto, Robert Schumann; «Europa se hace en las crisis», añadió hace no mucho el Alto Representante, Josep Borrell, ya consciente de que el ahora, como el ayer, exige a la Unión adaptarse a una realidad compleja. Acaba el curso político pospandemia. Acaba el curso político de una guerra (que sigue). Acaba el curso político de otra crisis.

Si la de 2008 dividió a la UE entre norte y sur por las exigencias económicas, en esta es Vladimir Putin el que está intentando resquebrajarla, con el botón rojo de la energía como gran criptonita para una Unión que, en muchos sentidos, tendrá que reinventarse. El verano pasará y el invierno llegará con el gran peligro del frío. La Unión Europea se encuentra con retos que han servido para romper tabúes que parecían intocables hace no tanto: los primeros pasos se dieron para hacer frente a la pandemia, con la compra conjunta de vacunas o el fondo de recuperación, pero ahora la ayuda a Ucrania, las sanciones o la acogida de refugiados abren otras vedas.

La guerra de Putin y las sanciones sin precedentes

La madrugada del 24 de febrero de 2022 marcó un antes y un después para el mundo y la Unión Europea se dijo preparada. Fallaron los intentos diplomáticos de líderes como Emmanuel Macron, y Putin lanzó el ataque sobre Ucrania. Salieron entonces la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el propio Borrell para avisar al presidente ruso de que había roto la paz en el continente. Europa no sentía el peso de la guerra a ese nivel desde la II Guerra Mundial y no tardó en reaccionar, aunque lo hizo de forma gradual.

El primer enfoque que se dio fue el de las sanciones, con un primer paquete aprobado ya incluso antes del inicio de la invasión. En más de cinco meses de conflicto los 27 han pactado seis conjuntos de restricciones, no sin tiranteces, como las planteadas por Hungría o Eslovaquia para no vetar el petróleo, o las mismas de Budapest para no incluir en el listado de sancionados al patriarca Kirill, uno de los grandes defensores de Putin.

Con todo, la UE ha decidido prohibir la compra de petróleo, así como su importación o transferencia de Rusia a la UE. Lo mismo sucede con el carbón, pero eso sí, se ha previsto una excepción temporal para las importaciones de petróleo crudo que se suministra por oleoducto a aquellos Estados miembros de la UE que, debido a su situación geográfica, tienen una dependencia específica de los suministros rusos y carecen de opciones alternativas viables.

Las sanciones al principal banco ruso, Sberbank, la exclusión de entidades del sistema de intercambio de divisas SWIFT, la congelación de activos o la inclusión en la lista del propio Putin y de su ministro de Exteriores, Sergei Lavrov, han sido otros pasos dados en estos meses. El terreno verdaderamente pantanoso, no obstante, es el del gas. Y ahí se ha frenado la Unión en la adopción de medidas restrictivas, puesto que a ese nivel ni hay consenso ni se le espera. El mensaje después de tantas semanas es que la prioridad pasa por «la implementación de las sanciones ya aprobadas antes de abordar otras nuevas» porque el objetivo de la UE es castigar la economía rusa y, poco a poco, «dejar de financiar la guerra de Putin».

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y al Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, comparecen en rueda de prensa para condenar el ataque ruso a Ucrania.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y al Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, comparecen en rueda de prensa para condenar el ataque ruso a Ucrania.
COMISIÓN EUROPEA

La energía, el punto débil

El Kremlin sabe que el punto débil de la Unión es la energía. A principios de 2022, Europa compraba Rusia más de un 45% del gas natural que consumía. Para frenar esta dependencia, que en palabras de Borrell «ha llegado demasiado lejos» la Comisión Europea lanzó el plan Repower EU, cuyo objetivo principal es precisamente deshacer a la UE de la dependencia rusa. Ese camino marcado por Bruselas está ya negro sobre blanco y tiene cuatro objetivos, que pasan por reducir en dos tercios las importaciones de gas ruso ya en 2022, aumentar las reservas propias al 90% y acelerar los acuerdos con otros socios, como Emiratos Árabes o Azerbaiyán. Se darán muchos más detalles a la vuelta del verano.

En este sentido, el caso alemán es el más paradigmático de cómo Putin tiene la sartén por el mango y al mismo tiempo la UE necesita, sí o sí, reinventarse a nivel energético. Al bloqueo en la tramitación del gasoducto Nord Stream 2, Berlín ha unido un apoyo sin precedentes a las sanciones -después de décadas de amiguismos con Moscú- y una apuesta por despegarse del gas llegado desde Rusia: ha pasado del 55% antes de la invasión al 35%, según los datos facilitados por el Gobierno germano. Pero no es suficiente y el país ha reabierto, por ejemplo, el debate sobre la vida de las centrales nucleares.

Esta situación tan delicada ha hecho que vuelva la brecha norte-sur que se vio en 2008, pero invertida, con ‘ventaja’ para países como España o Portugal (no tanto Italia, muy dependiente de Moscú). Así se desprende del último acuerdo alcanzado por los Estados miembros, justo antes del parón veraniego. Los 27 se han comprometido a reducir un 15% su consumo energético, con excepciones para países como España, dada la falta de interconexiones con el resto de la Unión. El norte ahora pide solidaridad al sur, pero Moncloa defendió que no puede asumir un recorte tan drástico: para la ‘excepción ibérica’ (España y Portugal) se quedará en torno al 7%. 

Ayuda a Ucrania: material militar, refugiados, adhesión

Paralelamente a una especie de nueva guerra fría con Putin, la UE ha roto múltiples tabúes a la hora de ayudar a Ucrania. Uno de ellos, sin duda, ha sido el envío de armas (a través de cada Estado miembro) a Kiev para que se defienda de la invasión. La Unión no nació con vocación militar, pero la realidad es caprichosa y las remesas de armas han ido llegando a territorio ucraniano, quedándose eso sí cortas en muchos casos ante las peticiones del Gobierno de Volodímir Zelenski. El escalón subido sirve, como se repite en Bruselas, para «estar al lado del agredido, y no del agresor». La ayuda económica también ha sido importante: hasta ahora supera ya, sumando todo, los 2.000 millones de euros a nivel de préstamos. Además, está sobre la mesa la opción (todavía poco realista) de que la UE pueda usar los bienes confiscados a oligarcas rusos para reconstruir Ucrania.

A nivel de refugiados también Bruselas ha tomado decisiones históricas. Y es que cuando solo había pasado una semana de la invasión los 27 aprobaron activar por primera vez -se creó hace dos décadas- la directiva de protección temporal, que garantiza la acogida automática de quienes huyen de una guerra. Hasta el 6 de julio, se habían registrado más de 5,6 millones de llegadas de refugiados ucranianos a países como Polonia (1.207.650), Alemania (867.000), República Checa (388.097), Turquía (145.000) e Italia (141.562). Cerca del 90% de ellos son mujeres y niños, que además corren un mayor riesgo de sufrir violencia y abusos, incluyendo tráfico de personas, contrabando y adopción ilegal.

Una refugiada ucraniana, en la estación de tren de Przemysl, en Polonia
Una refugiada ucraniana, en la estación de tren de Przemysl, en Polonia.
DAREK DELMANOWICZ / EFE

A nivel político se ha iniciado, en tiempo récord, el proceso de adhesión de Ucrania a la UE. La solicitud de Kiev llegó 48 horas después del arranque de las hostilidades por parte de Rusia y en el último Consejo Europeo del curso los líderes acordaron otorgar al país el estatus de candidato (siguiendo las recomendaciones de la Comisión Europea), igual que a Moldavia. Eso sí, Zelenski tiene deberes como la lucha contra la corrupción, el control a la incursión de la oligarquía en política o una reforma de la justicia, entre otros puntos. No obstante, el proceso de entrada se puede alargar durante décadas, más si se tiene en cuenta que se trata de un país en guerra (nunca se había otorgado el rango de candidato a un Estado en esa situación).

De la ambición a la realidad: ¿una UE más soberana?

Una de las obsesiones de Borrell desde la fallida salida de Afganistán el pasado verano es hacer de la UE un actor más soberano, más despegado de Estados Unidos a nivel de Defensa. Y la guerra en Ucrania empuja ese relato. Pero todo se ha enfriado sobre todo si se tiene en cuenta que Rusia ha conseguido lo contrario de lo que buscaba y ha terminado por reforzar a la OTAN. La Alianza Atlántica insistió en que la UE es una organización «complementaria», postura compartida por muchos Estados miembros. Rusia es la principal amenaza, pero China se ve como el gran desafío. Y ahí la Unión huye del consenso: es el principal socio comercial y cuantos menos problemas con Pekín, mejor.

Así, el primer punto en el que quiere avanzar la Unión es en la creación de una fuerza de acción rápida -con unos 5.000 efectivos- para actuar en situaciones de emergencia, así como de un fondo común para invertir no solo en material militar sino también en industria. «Se trata de invertir más, pero mejor y juntos», repiten desde Bruselas. El ejército europeo, con estas circunstancias, es más una ensoñación de los defensores de la integración europea que una posibilidad real.

Una economía otra vez golpeada

Con todo, la economía queda completamente golpeada de nuevo mientras los Estados miembros avanzan en la recepción de los fondos de recuperación pospandemia. En este sentido, España es el socio más avanzado y acaba de recibir el segundo tramo de su partida, que asciende a 12.000 millones de euros. Estos estaban sujetos entre otras cosas a la aprobación de la reforma laboral. Solo Italia aspira a recibir más ayudas que España, pero la crisis política que ha derivado en elecciones anticipadas (el próximo 25 de septiembre) en el país transalpino amenaza con frenar las reformas auspiciadas por Draghi y por tanto el desembolso del dinero correspondiente. Mientras, se ha dejado en un segundo plano la reforma de las reglas fiscales de déficit y deuda, suspendidas también en 2023.

El buque ucraniano cargado de cereal.
El buque ucraniano cargado de cereal.
EFE

Pero la crisis alimentaria acecha y preocupa en Europa. Eso sí, parece que puede comenzar a paliarse después del desbloqueo entre Rusia y Ucrania para la exportación de cereal. Así, ya salió desde Odesa el primer buque cargado de grano, con destino a Líbano, con más de 26.000 toneladas. Además, hay otros 16 barcos esperando la orden para que el alimento pueda fluir sin problemas. «La UE acoge con satisfacción la salida del primer barco comercial del puerto de Odesa tras meses de bloqueo por parte de Rusia. Este es un primer paso hacia la mitigación de la crisis alimentaria mundial«, expresó la Comisión Europea.

¿Más integración?

Este curso, por otro lado, acogió la Conferencia sobre el Futuro de Europa (CoFoE) en la que se puso sobre la mesa una suerte de refundación del proyecto europeo. Esto devuelve a la palestra la opción de la reforma de los Tratados -el último, el de Lisboa, entró en vigor en 2009, antes de la recesión-, algo defendido por el Parlamento Europeo y a lo que se abre también la Comisión. Pero entre quienes deciden en último término, que son los Estados miembros, no hay ni mucho menos consenso. Lo que sí es cierto es que la UE afronta un cambio de época, quizás más exigente que nunca, con muchos frentes abiertos. La Unión del mañana quizás se parezca muy poco a la que se conoció en 2008 y a la que quería ser antes de la invasión rusa de Ucrania.


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