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LA ILUSIÓN HIPERPRESIDENCIAL. | 7miradas

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Por: Luis Tonelli. La constitución Nacional pone a la figura del Presidente en el centro de nuestro sistema político. La reforma de 1994 pretendió moderar ese hiperpresidencialismo, pero poco pudo hacer contra la ilusión de los Presidentes (todos y todas, ya que aquí no hay cuestión de genero que valga) de tratar de gobernar en solitario, haciendo que los demás poderes vayan a la saga de sus decisiones.

El caso del actual presidente, Mauricio Macri, no es una excepción, sino antes, una confirmación casi por el absurdo. Macri llegó sin mayorías en ninguna de las cámaras, lo que significaba simplemente que la obligación de negociar las leyes en el Congreso.

Optó por un esquema de Presidencialismo Segmentado, con contactos bilaterales con gobernadores y legisladores, para no darle espacio a nadie en el firmamento político, salvo a su estrella. Y en política hay tres modos para coordinar las acciones de todos los actores que se necesitan para llegar a una decisión política (y en un sistema como el nuestro de división de poderes, multiplicados por los tres niveles de gobierno, la coordinación de muy difícil): 1) mediante la organización jerárquica 2) mediante las sanciones -con la violencia como última ratio y 3) mediante el dinero.

El presidente detesta la organización política, no ha tenido mayor capacidad de sanción, y tuvo el dinero que le permitió el famoso gradualismo hasta que se le acabó imprevistamente, y más pronto de lo que él pensaba. El gradualismo, significó no tanto postergar el ajuste necesario, como lo piden siempre los recortadores seriales -y que después se dan cuenta que al recaudar menos, se necesita más ajuste, y así hasta la inanición.

El gradualismo representó, en buen romance, no encarar ninguna de las reformas estructurales que necesita la economía argentina para ganar productividad y competividad.  Estando en minoría, la única forma de llegar a ellas era a partir de generar trabajosamente un acuerdo de gobernabilidad con los sectores de la oposición leales, con el empresariado y con los sindicatos. Tarea nada sencilla, dada la dispersión del poder en la Argentina -en esto tiene un buen punto el Gobierno, tomada la cuestión estáticamente-.  Pero, esa situación significaba tener que producir esos actores, empoderar a algunos, incentivarlos a reunirse.

El Gobierno entendió esa anemia social como positiva. No necesitaba dividir para triunfar, porque ya estaba todo atomizado. Entendió que todo consistía en generar gobernabilidad diaria (o sea, mantenerse en la montura del caballo) y comunicar en términos de lo que la G.E.N.T.E. quería y que no pasaba por la política.

En eso dispositivo, hubo dos cosas, por lo menos, discutibles. Empiezo por el último: la comunicación de cosas laterales a la política resulta solo en épocas normales y de evaluación positiva del gobierno. Cuando comienza la crisis, y la aprobación va para abajor, esas cosas nimias generan irritación.

Los asesores del Presidente ven que en su mensaje en el Congreso la opinión pública valoró que le parar el carro a la estudiantina K que lo puteaba, y de allí colige que es bueno que el Presidente se muestre enojado. La cuestión demanda más sofisticación en el análisis y menos conductismo berreta. La G.E.N.T.E. reaccionó “de que se queja este niño rico que se está sacando las ganas de ser Presidente si los que la pasamos mal somos nosotros”.

La otra cuestión, más importante, es que la mentalidad empresarial del de descubrir diariamente oportunidades de negocios, no le prestó atención a las demandas de cambios estructurales (pese a que Macri es ingeniero y que la empresa familiar, entre otras cosas, produjo mucho de la infraestructura del país).

El gradualismo representó un triunfo parlamentario del Presidente, pero le insumió muchísimo dinero y sobre cuestiones importantes pero no sobre las reformas estructurales que le permitiera bajar los costos de gobernabilidad y aumentar la productividad y competitividad.

Así llegamos a la situación extrema por la que pasa el gobierno de CAMBIEMOS: elecciones presidenciales en las que puede ser derrotado, y un deambular por el borde del abismo de una crisis económica, que no quedará saldada solo por las elecciones, cualquiera sea el resultado de ellas.

El país necesita un compromiso de las fuerzas políticas con las reformas estructurales necesarias, en momentos en que recrudece la competencia electoral. Con una fuerza política en la Presidencia que descree de los acuerdos con la oposición y con una fuerza política, el kirchnerismo, que aparece descreyendo del consenso democrático de 1983.

Que los dioses nos sean loados.


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